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Necrológica:

Mário Cesariny, poeta y pintor

Fue uno de los máximos exponentes del surrealismo portugués

Mário Cesariny de Vasconcelos nació en Lisboa, el 9 de agosto de 1923. Pintor y poeta mayor, dramaturgo, ensayista y novelista, fundador y principal representante del surrealismo portugués, murió el 26 de noviembre de madrugada en su casa de Lisboa a los 83 años de edad.

Amigo de André Bretón, al que conoció en París en 1947, y amante de la rebeldía, el humor y la experimentación continua, Mário Cesariny, que arrastraba un cáncer desde hace años (lo que no le disuadió de fumar tres paquetes diarios hasta el final), mantuvo siempre viva su inquebrantable voluntad subversiva, que lo llevó a alinearse contra la dictadura de Salazar pero también contra el dogmatismo del 25 de abril: "Salazar me declaró vagabundo, la Revolución de Abril acabó de enterrar al surrealismo".

En los dos o tres últimos años, Cesariny, que siempre se consideró un "apestado", había vivido una especie de resurrección. Incluso aceptó volver a dibujar cuando el galerista Carlos Cabral lo convenció para realizar con otros dos surrealistas amigos suyos (Cruzeiro Seixas y Fernando José Francisco) una docena de cadáveres exquisitos (obras colectivas hechas en cadena, al estilo clásico del surrealismo). Cabral comentó ayer: "Cesariny era antes que nada un ser superior, el ser más admirable que conocí. No tengo memoria de alguien que tuviese, en tantas áreas, tanta calidad y tanta genialidad".

Otro joven amigo, el crítico de arte João Pinharanda, que organizó la gran retrospectiva de su obra pictórica que se ha expuesto hasta el pasado día 19 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, contribuyó a concederle en 2002 el Gran Premio de la Fundación EDP, lo que unido a esa antológica, inaugurada en Portugal en 2004, rescató a Cesariny del semianonimato. "Fue un personaje fundamental de la pintura portuguesa, aunque no daba a la pintura la importancia que le daba a la poesía", dijo ayer Pinharanda.

Para hablar de ese doble regreso, Cesariny recibió a este diario en su casa lisboeta hace tres semanas. Sordo pero absolutamente lúcido, disidente hasta de sí mismo, todavía lleno de humor y de ironía a pesar de tener la movilidad muy reducida ("¡me tienen que subir a casa los bomberos en brazos!"), el poeta parecía feliz durante esa entrevista, que infelizmente fue la última que concedió. En el perfecto español que aprendió de su madre, una salmantina de origen italiano, Cesariny recordó numerosas anécdotas y algunos hechos cruciales de la historia del surrealismo. Le gustaba hablar de Eugenio Granell, el pintor que luchó con el POUM en la Guerra Civil: "Era un tipo único que no necesitó ir a robar el arte sagrado a los negros de África como Picasso ni quiso dedicarse a hacer dibujos de criançinhas (niños) como Miró", decía en su estilo provocador y sincero.

Pensaba que su vena surrealista venía de su familia española: "Mi tío Pablo, un hermano de mi madre que fue actor de teatro, se escapó de casa cuando tenía 12 años. Estuvimos mucho tiempo sin noticias suyas. De repente supimos que había formado una compañía de teatro. Se llamaba Del Río y Rossi. Un día llegó a Salamanca y toda la familia fue al teatro. Daban Don Juan Tenorio. De repente sale Don Juan, ¡y era Pablito! Los padres se pusieron a aclamarlo en medio de la función".

Cesariny dijo una vez de Fernando Pessoa: "Viajaba siempre en primera clase. Aunque estuviera parado". No tenía nada contra él, pero siempre prefirió a Pascoaes: "Ése era un mago, el viejo de la montaña". De sí mismo, decía que era un "poeta bastante sufrible en un tiempo en el que el techo está muy bajo".

Pero no por ello tenía intención de capitular. "El surrealismo no puede morir nunca porque tiene varias edades, es transversal y muchas veces subterráneo. A pesar de todo, seguimos vivos, quizá ignorados y en las catacumbas, pero vivos. Aunque nos hace falta un poco más de locura. Los surrealistas se están haciendo demasiado racionalistas", concluía.

El poeta y dirigente socialista Manuel Alegre calificó ayer a Cesariny como "uno de los mayores poetas portugueses de siempre" y como "una voz única que quedará en la Historia". Entre sus obras, Alegre destacó La pena capital, que a su juicio "marcó la poesía portuguesa del siglo XX". El presidente de la República, Cavaco Silva, también recordó a Cesariny como una "cumbre de la literatura y el arte portugués".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de noviembre de 2006