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COLUMNA

Juez, periodista o Felipe González

Cuando sea más mayor quiero ser juez, periodista o Felipe González. Los dos primeros porque en el ejercicio de su oficio y en nombre de la justicia y la libertad pueden convertirse en guerreros del antifaz, que es una de las vocaciones perdidas de todo salvapatrias. El tercero porque, como ha demostrado en el congreso del Instituto de Empresa Familiar que comanda Juan Roig, se permite el lujo de decir lo que los demás piensan sin que nadie le llame hereje o traidor a la causa zapateril.

De los dos primeros objetivos para cuando alcance la edad adecuada ya hablaremos otro día en profundidad. Eso de ejercer el poder sin pasar por las urnas es todo un logro de las democracias modernas. Los nuevos justicieros. Antes también pasaba con los médicos, maestros y curas, pero desde que el estado del bienestar los proletarizó el pueblo los liquidó de los altares.

El caso de Felipe González, por otros motivos, es todavía más interesante. De entrada debo confesar que siempre he sentido una gran atracción por el que considero el mejor político de la democracia española, incluso con sus meteduras de pata ya conocidas, Pero si fue bueno como gobernante sus posiciones en la dulce mecedora de la jubilación merecen aún mayor estima. Su mediación con Irán me pareció sorprendente. Pero a ver quién es capaz de presentarse ante el mundo como mediador del líder de la república teocrática de Irán, Mahamud Ahmadineyad, sin que tiemblen las escrituras. ¡Qué lujo pasar de lacayos y sicarios! Y, además, cobrar por hora casi lo mismo que Bill Clinton.

Pero la intervención de González ante los empresarios familiares en Valencia fue toda una lección de pragmatismo que deberían aprender sus correligionarios, que no estaban muy complacientes con sus palabras. González dijo que en dos o tres años se acaba la bonanza económica de España. Algo que debió sentarle a cuerno quemado a Zapatero e incluso a Francesc Camps. Uno porque navega con su cambio de régimen sobre las tranquilas aguas del consumo desesperado y las hipotecas y el otro porque "si estamos bien, para qué cambiar".

Aunque lo que más me gustó fue el toque de orejas a los sindicatos. "Salarios y cotizaciones deben establecerse por productividad de hora trabajada y no por trabajador", dijo. Francisco Pérez y un servidor ya teníamos ganas de escuchar esta afirmación en boca de un político de la izquierda: hablar de productividad, qué herejía. Y casi mayor fue el gusto que me dio al poner en entredicho a las universidades, para que hagan ofertas atractivas y aporten valor al mercado de trabajo. ¡Se atrevió a tocar a los intocables! Pero eso sólo lo puede hacer Felipe González. Le debe encantar ser políticamente incorrecto. ¿Universidades? Magnífico estuvo cuando recordó que la brecha de la competitividad entre Estados Unidos y Europa se abre cada vez más. Algunos se quedaron con la boca abierta porque pensaban que acabar con esas diferencias sólo es cuestión de poner más ordenadores en las universidades y prohibir que los niños jueguen con la consola.

Me quedé con las ganas de que declarara falsa la teoría de Jesús Caldera sobre el superávit de la Seguridad Social que generan las cotizaciones de los inmigrantes, pero eso debe ser ya demasiado para el cuerpo de un ex presidente que a fuerza de ver la realidad ha abrazado el posibilismo socialista frente al socialismo utópico reinante. Por eso los asistentes al congreso de empresas familiares estaban encantados. "¿Cuándo vuelve?", se decían unos a otros los empresarios valencianos a los que siempre embelesó.

Aunque me da la sensación de que Felipe González, que incluso se permite hablar de que debe reabrirse el debate sobre la energía nuclear, no está por asustar demasiado al personal con las verdades del barquero. Bastante disfrutará con ver ahora a Zapatero buscando un pacto global sobre política hidrológica con todos los presidentes regionales. Eso ya lo hizo González en los años ochenta y se llamó Plan Hidrológico Nacional, con trasvase del Ebro incluido y con los aplausos de Cristina Narbona, Pla, Burriel, Signes y muchos más. Pero entonces Carod-Rovira se llamaba Jordi Pujol.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006