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Crítica:

Muestras de realidad

Los modestos peñascos de la sierra de Guadarrama han seducido a muchos artistas con su azulada silueta y la luz de sus atardeceres. La Casa Encendida exhibe hasta enero una exposición de la Biblioteca del bosque de Miguel Ángel Blanco y la obra de los pintores pioneros.

La sierra de Guadarrama no posee la sobrecogedora sublimidad de los Alpes que pintó Caspar Wolf, con sus vertiginosos desfiladeros y sus impetuosas cascadas, ni sus ríos poseen el pintoresquismo de los que surcan aquellos parajes de Gales que cautivaron a William Gilpin, pero su azulada silueta y la luz de sus atardeceres fue capturada por Velázquez en algunos de sus cuadros. Cuando a medidos del siglo XIX la pintura de paisaje comienza a ser practicada en España por artistas como Carlos de Haes y sus discípulos, la sierra que da cobijo a la Villa de Madrid será uno de sus escenarios frecuentados. Desde entonces estos modestos peñascos de granito, cubiertos de toscos pinos, encinas y coscojas, con algunas dehesas ganaderas, serán el lugar de retiro de científicos, como Ramón y Cajal, de poetas, como Luis Rosales, y de artistas, como Martín Rico, Joaquín Sorolla y, en la actualidad, Adolfo Schlosser y Miguel Ángel Blanco (Madrid, 1958). Precisamente este último, desde su taller en Cercedilla, ha recorrido infatigable todos los rincones de esta sierra recogiendo muestras de elementos minerales, vegetales y animales con los que construye su obra.

VISIONES DE GUADARRAMA

Miguel Ángel Blanco y los artistas pioneros de la sierra

La Casa Encendida

Ronda de Valencia, 2. Madrid

Hasta 7 de enero de 2007

Escribo "su obra" en singular ya que se dedica a un único trabajo: construir una "biblioteca del bosque" que habría hecho las delicias de Borges por lo que tiene de insólita e infinita. En ella, cada libro es una caja, al abrir un libro-caja suelen aparecer unos dibujos, grabados o estampaciones que velan el contenido material que se guarda en su interior. Ese contenido, compuesto como un cuadro, está formado por testigos de un paisaje que hablan del sitio en el que han sido recogidos, de las condiciones meteorológicas, de los elementos inertes del suelo y de las formas insólitas que adopta la vida.

Ya se han visto, y he tenido ocasión de comentar, otras exposiciones donde se han mostrado los libros de Miguel Ángel Blanco, pero ésta pretende unir su trabajo con el de los pintores pioneros que, desde la segunda mitad del siglo XIX, empezaron a buscar, como ahora hace él, en la sierra de Guadarrama los motivos temáticos para su trabajo. En esta exposición se pueden ver algunos cuadros de Martín Rico, Carlos de Haes, Jaime Morera, Aureliano de Beruete, Juan Espina y Sorolla que rodean unas grandes vitrinas de pino donde se exhiben las obras de Blanco. No sólo parece saludable esta comparación anacrónica sino que en la exposición se puede apreciar uno de los cambios más significativos que ha experimentado el arte de la posmodernidad: mientras que los pintores decimonónicos "representan" el paisaje, los artistas actuales "presentan" físicamente el paisaje. Así Miguel Ángel Blanco recoge, clasifica, ordena, compone y, a la postre, construye elementos reales que ofrece a la contemplación estética en unos escaparates que, recordando las vitrinas de Joseph Beuys, muestran lo real. Es decir, una nueva categoría de la ficción artística.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de octubre de 2006

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