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COLUMNA

'Come prima'

¿Me he perdido algo? Ayer coincidían en las informaciones Tres Tristes Trasgos que emponzoñaron mi infancia y mi primera juventud. Tres pesadillas familiares: por la familiaridad con que eran tratadas en mi familia y por lo a menudo que me amenazaron. La primera y más inesperada: el regreso de Perón. Otra vez arriba y abajo con el fiambre, te vas a poner las botas, querido Tomás Eloy Martínez. ¡Perón! Menuda tabarra. Mi madre estaba enamorada de él: "No es tan guapo como Mussolini, pero es muy hombretón", no paraba de repetir, mientras echaba venablos contra Evita. Aunque a mamá quien la perdía en tocando el Punto G del fascinante fascio era el conde Ciano, que cualquier día de estos va a reaparecer también, salvo que ya lo haya hecho y sea la condesa Aguirre.

¿De qué disponía para enfrentarme a semejante situación de caos amatorio doméstico? De lo mismo que ustedes. Del Trasgo número dos, la Bomba. Entonces la llamábamos -familiarmente, por supuesto- la atómica, y las historias verdaderas sobre lo que les había pasado en Hiroshima y Nagasaki a las niñitas que no querían comer me persiguieron desde los dos años de edad, indefectiblemente unidas, además, a la ingestión de una cucharada de aceite de hígado de bacalao.

Y a los 18, con el estreno del primer novio y gracias al No-Do, supe que existía la tercera pesadilla, llamada Valla o, mejor, Muro: pero entonces creíamos que era mal asunto. La muralla de Berlín que alejó nuestros amores, pero un día en su confín volverán a nacer flores: así versaba una vieja canción. Valla o Muro, pues, para prohibir que alguien salga: medida aceptada hoy sin aspavientos y hasta genialmente acogida. China es la última que ha ido al supermercado de los impedimentos a por unos bloques de hormigón y unas alambradas. No se preocupen los constructores de pisos si quiebran las inmobiliarias por exceso de cinismo: se forrarán con los muros mundiales. Igual que se forran las empresas de seguridad gracias a la desestabilización, por imposición de democracia, de países sospechosos de no tener armas nucleares.

No es que me haya perdido nada. Lo que ocurre es que me choca descubrir por las altas tecnologías lo peor del mundo de ayer, redivivo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de octubre de 2006