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Reportaje:POSTALES DE VERANO | De Sant Antoni a La Nau (Xàbia)

Mar oriental, refugio de bandidos

MARIANO SÁNCHEZ SOLER

Desde el cabo de Sant Antoni hasta el de La Nau, el Mediterráneo aparece ante nuestros ojos en toda su apoteosis. Acantilados, islotes encrestados, montañas, calas y el mar. El mar de verdad. No el exprimido en las ubres del turismo de masas. El Mare Nostrum. El que guarda historias y leyendas interminables. Y en su corazón: la ensenada de Xàbia ("llano al pie de la montaña"), una ciudad que "tiene al norte el elevado Montgó, y al sur los montes que entran en el mar y forman los cabos más orientales del reino de Valencia, que los marinos llaman de San Martín y de la Nau, y los naturales distinguen de otro modo".

Así lo relataba el botánico Antonio Josef Cavanilles, en su Observaciones sobre la historia natural del Reyno de Valencia (1795), quien añadía: "La inmediación al Mediterráneo hacen deliciosa la situación de Xábea (...). Sus altos muros defienden de las sorpresas que los corsarios argelinos pudieran intentar, como hacían ántes con sobrada freqüencia (sic). Lo tortuoso de la costa, y los recodos que hay en el promontorio meridional o cabo Martín, les facilitaban sitios oportunos para dar sus golpes con presteza y seguridad".

Gracias a la ruda orografía, Xàbia estuvo aislada hasta finales del siglo XIX

Acababa el siglo XVIII, se había firmado la paz en el mar y las correrías de piratas africanos como Dragut y Barbarroja parecían cosa del pasado. Además, los jefes de cuadrilla de las bandas familiares de Xàbia, las bandositats, formadas por los Xolbis, Cruanyes, Bas, Erades o Sapena, que asolaron la comarca con sus crímenes, habían sido convertidos en capitanes del Ejército Real en Milán y Flandes, con mando propio, tras una complicada negociación política. El Mediterráneo quedó pacificado. Todavía no habían llegado los últimos corsarios de la costa, esos saqueadores autodenominados "agentes urbanizadores". Pero esa ya es otra historia.

Gracias a la ruda orografía, Xàbia estuvo aislada del resto de la Marina Alta hasta finales del siglo XIX, pero se convirtió en un enclave privilegiado para el comercio y el intercambio con otros pueblos del Mediterráneo. Estaba volcada al mar en su vértice más oriental, y el macizo del Montgó (el Hemeroscopeión de los antiguos navegantes) era una referencia en las rutas de cabotaje. Son importantes los vestigios de asentamientos desde la edad de Bronce, de fenicios y griegos mil años antes de Cristo; existen restos de una piscifactoría y una necrópolis romanas; huellas de visigodos, de árabes... Tras la conquista cristiana, la costa de Xàbia se convirtió en frontera; y para su defensa fueron diseminados castillejos y torres vigía en la Mesquida, Ambolo, Prim...

El litoral se alza en el cabo de Sant Antoni, con brusquedad, después desciende a Xàbia y sigue hasta el de San Martín, donde se articulan los salientes, las pinadas verdes y luminosas, la isla del Portixol, Cap Negre, Punta Plana, la isla del Descubridor..., por fin el cabo de la Nau y el faro que ilumina a los perdidos navegantes. Cortes y fracturas en caída limpia. Otra visión del mar que huye hacia el horizonte y nos da la espalda, mientras la orilla se derrama hacia el sur, desde Sant Antoni, hasta las grandes dunas de Guardamar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de agosto de 2006