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Entrevista:AQUÍ, UNOS AMIGOS

Iñaki Gabilondo: "Sería divertido que hablásemos de la familia"

Ángel Gabilondo: "¡A ver si esta conversación va a parecer un 'gabilondeo'!"

Dos hermanos, dos Gabilondo. Se lo propusimos a Ángel, de 57 años, filósofo metafísico, rector de la Autónoma de Madrid: le daba pudor. Iñaki, de 64 años, comunicador, director del informativo de Cuatro, dijo que sí, pero mantuvo el mismo aire de familia, el pudor. Se encontraron en el hotel Santo Mauro, en Madrid, y tomaron té. Unos amigos.

Ángel. Cómo estamos de salud, en general, todos...

Iñaki. Pues muy mal. La sociedad tiene bulimia, le produce un estrago enorme el estómago social.

Ángel. Corremos el riesgo de que aparezcan políticos higienistas; hay que cortar aquí y a lo mejor habría que ir a otro concepto de salud. A mí me parece que falta amistad y comunicación. Conozco gente que no tiene ninguna enfermedad pero que no tiene salud. Hay un problema de educación, de cultura y de salud.

Iñaki. Yo te oigo decir que lo que ha salido mal es la educación. Me sorprende el camino que estamos recorriendo hacia el galopante analfabetismo.

Ángel. Hacen falta personas que copen determinados espacios públicos, ejemplares, con capacidad de liderazgo, que crean lo que dicen, que vivan de acuerdo con lo que piensan.

Iñaki. Pero eso depende de qué modelo esté en vigor y hay muchas referencias. En este momento todas están suscritas al éxito. Los grandes deportistas, por ejemplo. No es que exista Alonso, es que Alonso gana.

Ángel. Vamos a hablar de los romanos.

Iñaki. Yo soy muy romano.

Ángel. El olor de los naranjos, la sensualidad: todo eso te hace menos peligroso. La gente que no disfruta el placer es muy peligrosa.

Iñaki. El Epicuro correcto, el que nos enseña Emilio Lledó [filósofo sevillano].

Ángel. Existe gente que me resulta atractiva porque en el contexto en el que están no pueden ser clasificados, crean mundos distintos.

Iñaki. Lo asombroso es que la gente no sea toda así. Pero si en el año 2000 después de Cristo todavía no nos hemos enterado de qué vamos a morir. ¿Qué más datos necesitamos para saber que nos vamos a morir? Eso relativiza.

Ángel. Yo creo que cuando vives le das intensidad a la vida tomando este café. Lo experimentas de una manera tan importante que el hecho de ser mortal le da al instante eternidad.

Iñaki. A mí no me importa morirme, lo que me importa es no saber vivir. Y es imposible no saber vivir si no eres consciente de que te vas a morir. El éxito y el fracaso son dos impostores. ¿En el mundo en que vives habláis de estas cosas habitualmente?

Ángel. No tanto.

Iñaki. Cuando en una reunión surgen estos asuntos, la gente te mira como si estuvieras metiendo mano a una niña de 12 años. Hay un pacto para vivir en la superficie. No es moderno.

Ángel. Padecemos una absoluta soledad; uno debate sus propias cuestiones porque no tiene con quién conversar. Es imposible la amistad intensa con alguien, todo está lleno de conocidos.

Iñaki. Una cosa divertida sería hablar de la familia.

Ángel. A ver si va a ser esto un gabilondeo.

Iñaki. Nosotros somos muchos hermanos, todos muy trabajadores: quisiera saber qué nos traspasaron nuestros padres.

Ángel. Yo creo que la educación es contagio. Se suele hablar de un aire, un aire de familia. Un lugar donde compartes. Eso es ética. La ética es un espacio. Ethos significa espacio, la madriguera donde están todos los animalitos juntos.

Iñaki. Si actualmente damos por sobreentendido que la relación con los hijos es un proceso dificilísimo, una técnica, en nuestra casa nunca nadie dijo una palabra sobre estas cosas y nos sentimos herederos de algo de eso.

Ángel. Querer es que alguien entregue su propia vida por otro. Nuestros padres siempre estaban, siempre volvían. Siempre supimos que al abrir el armario, la nevera, nunca faltaría nada. Eso produce una estabilidad afectiva y una dimensión comunitaria. Para mí, vivir, es vivir con otro.

Iñaki. Nadie solo es un individuo.

Ángel. Y ahora que ya no somos jóvenes, la idea de orfandad. Te quedas huérfano y te falta esa llamada, un referente.

Iñaki. Es verdad. Cuando murió nuestra madre, a mis hijos, cuya madre había muerto cuando ellos eran pequeños, les dije que ellos se habían sentido como unos pollos perdidos y yo, cuando ella se murió, me sentí huérfano. ¿Sabes qué ocurre? Que ahora me gustaría hablar con mi padre de mayor a mayor.

Ángel. A mí también. Ahora entiendo por qué me parecían guapos y presumidos: hay que ponerse en la pelleja de tener 40 años y verte rodeado de hijos.

Iñaki. A nuestro padre lo atropelló la vida. Se sintió decepcionado por muchas cosas y se fue retirando. Se murió poco a poco, cuando le dio la gana.

Ángel. A ti te podría pasar eso.

Iñaki. Perfectamente. Empezó a retirarse, pero ya estaba allí. No se sabe muy bien por qué se murió.

Ángel. ¿Te estaba pasando eso a ti?

Iñaki. Me estaba pasando antes de ponerme enfermo, me estaba pasando eso.

Ángel. No tiene que ver con la profesión.

Iñaki. Lola [Lola Carretero, esposa de Iñaki], que lo sabe, me decía: "Ten cuidado, tú eres de los que no salen, te quedas aquí en el cuarto y un buen día...". Esa sensación la percibí, pero tuve un chute, una activación de las ganas de vivir.

Ángel. En la radio te habías encontrado a ti mismo, y en un momento determinado haces una audacia juvenil, que es quizá la suma de la madurez y un acto de libertad consciente, pero había algo de despedida en tu marcha de la radio.

Iñaki. La salida de la radio ha sido un alivio. Había dos peligros, una vida como un trapense y un enconamiento que no me hacía feliz. Iba la cosa muy bien, pero entre todos me estaban empujando a ser estandarte y no me habían preguntado si ésa era la vida que quería vivir. Yo no he vuelto a la SER todavía, no he vuelto a Gran Vía, pero me alivié.

Ángel. Cuando hablo de retirarse, hablo de irse a la mitad, no al final: una copa de buen vino, un libro, un poco de música, que huela bien, que no llevemos mucha ropa...

Iñaki. En eso tengo mucha capacidad de construir atmósferas gratas.

Ángel. ¿Y crees que en el norte somos un poco así pero que nos da miedo?

Iñaki. ¿Tú conoces algún sitio más goloso que Donosti?

Ángel. La percepción de un pueblo con esa sensualidad que a veces no se atreve a dar.

Iñaki. Respecto al proceso de paz, creo que estamos en vísperas de un gran cambio. Primero vendrá la eliminación de la violencia; segundo, la recuperación de la convivencia y una vida más dulce. Hemos sufrido una enfermedad moral. Me acuerdo cuando ETA no existía. He visto el proceso entero, cuando comenzó, y cómo va a acabar. La degradación moral que significa la aceptación de la violencia como fórmula para influir en decisiones políticas es tan grave que tardaremos tiempo en recuperarnos.

Ángel. ¿No crees que no basta el liderazgo político? Tiene que aparecer la sociedad civil con toda su contundencia. Hay que ganar esa luz, en comunicación, valores, amistad. Retomar la salud social, porque teníamos esta enfermedad, y tengo el temor de que no estemos a la altura de las circunstancias.

Iñaki. Yo tengo un enorme temor, el de la dificultad. Que un partido como el PP diga que esto es una traición ya nos anuncia que será la escalada del Everest. ¿Qué ley resuelve todo? O nos matamos o nos reconciliamos. O trasladamos el juego de Capuletos y Montescos a otra generación y a 50 más o acabamos con esto. La historia nos ha enseñado que se acaba con grandes decisiones, o si no, estaríamos en la guerra del Peloponeso.

Ángel. La última pregunta. ¿No te vas a dedicar a la política? ¿Qué le dirías a la gente que quiere políticos parecidos a ti?

Iñaki. Yo no me creo que nadie diga eso. Yo no valgo para eso. No tengo capacidad para integrarme en ningún grupo ideológico, ni me siento capaz de dar recetas a sus necesidades. Creo que las recetas no están en la suma de todos ni en uno solo. Nada más imposible que yo me dedique a la política. Me resulta imposible. Conozco tanto a los políticos... No, no. En cambio, en el circo, a lo mejor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de agosto de 2006