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Tribuna:

Anatomía de una generación

Una sociedad está tejida por tres generaciones: la remanente, la dominante y la emergente. La remanente la forman aquellos que en fases anteriores tuvieron el poder y las decisiones en sus manos, y aún siguen enhiestos como testigos de una época agotada, ejemplos de dignidad o exponentes de desafueros y desacatos que merecen el rechazo de sus sucesores. La generación dominante es la que tiene en sus manos los recursos jurídicos, económicos y sociales para imponer sus ideas y proyectos. La emergente es aquella que naciendo en un contexto nuevo se descubre, bien en concordancia con lo vigente, bien en distancia refleja o en rechazo explícito. Dentro de cada una de ella hay luego muchas variantes y una sintonía de pensamiento que religa unas a otras más allá de la mera sucesión cronológica. La buena salud de una sociedad deriva del protagonismo que en la debida proporción otorga a cada una de ellas

Para entender nuestro momento histórico es necesario mirar, sobre todo, a aquella generación que recibió su formación universitaria entre los años 1968 y 1985, en que España vivió simultáneamente dos revoluciones: la común a Europa que desemboca en el mayo del 68 y la específica de nuestro país. A esa generación le ha tocado vivir las cuatro transiciones que han conducido España a la era moderna: la económica, que se inicia con los planes del desarrollo del 59; la religiosa que tiene su epicentro en el Concilio Vaticano II (1962-l965); la política que llega a su punto cumbre con la Constitución de 1978; la moral, que se inicia con la alternancia de los partidos en el poder.

Estos fenómenos han sido de tal hondura y complejidad que han desbordado la capacidad de análisis primero y de respuesta después por parte de las minorías dirigentes de nuestro país, con el peligro de considerarlos demasiado alegremente como resolubles por uno de esos golpes a los que estamos acostumbrados los españoles, bien sean los heroicos de santidad, los militares con asalto al poder, o los de violencia ciudadana siempre renaciente. Por ello, la experiencia de concordia, consenso y unidad que culminó en la aceptación de un marco común, vinculante para todos los españoles en 1978, es un hecho indeleble en la historia y conciencia españolas. Fue un milagro moral a la vez que una conquista histórica, que es perfeccionable pero no eliminable.

Una de las razones que explican nuestro malestar y desasosiego es el drama interior de esa generación crecida en los años 1968-1975, hoy responsable de la orientación de la nación. Casi todos habían crecido dentro del catolicismo y a partir de un momento dado pasaron al marxismo, proyectando sobre él las esperanzas utópicas de una revolución española a la vez que de un orden mundial en el que ya no reinaría la justicia, toda libertad sería posible y las cuestiones últimas del deber, sentido y salvación quedarían disueltas una vez que la política y la economía, como infraestructuras determinantes de todo lo real, hubieran superado las contradicciones vigentes en la sociedad. Pero ha sucedido lo contrario: lo que en los años setenta se consideraba superado (cultura, religión) resulta ahora de máximo interés

Esa generación sucumbió a la tentación de la facilidad e inmediatez, ignorando primero la complejidad del hombre y luego la realidad de España, cuyas raíces están en el siglo XIX, cuando la invasión napoleónica frenó el proceso de maduración y modernización de España escindiéndola espiritualmente en dos mitades. Por esos años las reales tareas no eran sólo el cambio político y social sino sobre todo llevar a cabo las cuatro revoluciones que Europa ya estaba consumando y que nosotros sólo habíamos esbozado. Los problemas urgentes ocultaron los importantes: la revolución científica (como paso de la actitud ingenua a la crítica y de mera contemplación de la realidad al dominio y reconstrucción de ella); la revolución intelectual (paso de la sujeción del individuo bajo el poder establecido a la emancipación de la razón con su ejercicio público y político); la revolución política (paso de los viejos regímenes autoritarios de unión e indiferenciación de poderes a la independencia y autonomía de cada uno de los órdenes); la revolución industrial (paso del mundo rural a la ciudad y de la producción casera de supervivencia a la producción diferenciada de productos para el mercado). Haber pensado que resolviendo el inmediato problema político, se resolvían esas tareas de fondo, fue el equívoco de ciertas minorías directivas. La trampa fue suspirar por la revolución como cambio total en lugar de adentrarse por el realismo duro de las reformas permanentes, que mantienen la justeza de las cosas y desde ella crean justicia para las personas a largo plazo.

¿Dónde está aquella generación hoy? Para responder a esta pregunta habría que recordar los procesos interiores que vivió y su desenlace. Creció en un catolicismo sin raíces intelectuales de largo alcance que le permitieran descubrirlo en su validez y universalidad más allá de la historia española y de la coexistencia con el franquismo. Luego paso al marxismo, haciendo una extraña mezcla con el cristianismo y convirtiendo a éste casi en un mesianismo social y político. Todo esto iba oscura e inconfesadamente unido a la fascinación por un sistema po

-lítico, cuyas entrañas de violencia, injusticia y miseria se desvelaron decenios después. Entre tanto, la realidad diaria iba por otros caminos y aquellos sueños y utopías tenían que confrontarse con las exigencias concretas. La política había desplazado a la moral, a la cultura y a la religión. La actitud ideológica (confianza absoluta en un proyecto para resolver los problemas de la sociedad e incluso de la vida personal) había desplazado la actitud personal de atenimiento a toda la realidad, a la confianza en el trabajo bien hecho, a la profesión acreditada en el servicio, a la fe que creciendo desde la raíz de la persona la abre al Eterno a la vez que la religa al prójimo.

Esta generación dominante se encuentra psicológica y moralmente ante un abismo: no cree ya como sus padres y a ellos no les creen sus hijos. Éstos se han convertido para ella en el drama absoluto: los mimaron como soberanos; rompiendo con todo lo que consideraban prejuicios anteriores. Pensaron que aligerando la vida hasta el límite y dejando al ser humano crecer en el despliegue de instintos, él alcanzaría sin más los ideales, virtudes y actitudes morales; siendo bueno y servicial, solidario y revolucionario. Los hechos niegan tales esperanzas, dejando a esta generación sumida en total perplejidad. Ella esperó que los ideales de la modernidad, derivados del profetismo hebreo, del evangelismo cristiano y de la ilustración europea, serían también una evidencia para sus hijos; que las ideas de Sócrates, Jesucristo, Descartes, Kant, Feuerbach, Marx y Freud pasarían a sus almas casi por transmisión espontánea. Su tragedia es que sus hijos ya sonríen ante esos ideales. Ellos son fruto de algo que no sabemos cómo denominar: ¿posmodernidad?, ¿pensamiento débil?, ¿atenimiento a la finitud para degustarla y fenecer sin pasión ni heroísmo?, ¿ideales de Nietzsche cambiados en moneda de cobre? La reacción de esta generación, hijos que rompieron con sus padres en los años setenta y ahora ellos padres sin hijos sucesores, es el resentimiento y la acusación contra el cristianismo en unos casos o contra sí mismos en otros; o el simple aturdimiento por no poder darse razón de los hechos y sentido a sus vidas, ahora ya sin aliento de largas esperanzas.

En aquellos años, una vez descartada la religión, eligieron tres grandes salidas posibles: la política, el psicoanálisis y la filosofía. Todo se les ha desfondado: consideran que la política ha perdido sus anchos horizontes para convertirse en técnica de canje y poder; el psicoanálisis se ha revelado incapaz de responder a las preguntas del sentido, esperanza y salvación que más allá de traumas y conflictos inmediatos el paciente espera resolver; la filosofía ha enmudecido en España por incapacidad, silencio culpable o compraventa política. ¿Deberemos recordar a Julián Benda, La traición de los intelectuales?

Nuestra primera tarea es hoy la reconstrucción moral, cultural y religiosa de la conciencia, comenzando por esa generación avocada inexorablemente a una anagnórisis o reconocimiento humilde y lúcido de su historia, a una diagnosis de sus responsabilidades y problemas actuales, a una decisión de verdad ante el futuro, que incluye el retenimiento de los ideales posibles y el atenimiento a las exigencias y límites que la existencia personal, familiar y social implica. La educación, en el amplio y noble sentido del término, es hoy el problema, pero debe ser también la palanca de solución para muchas herencias y heridas, a la vez que para muchos proyectos y esperanzas. Hoy no educan protagonistas personales sino poderes anónimos. Sólo habrá libertad con dignidad cuando personas, grupos e instituciones con rostro transparente, sean capaces de romper el silencio que hoy reina sobre lo esencial y desenmascaren la represión vigente sobre reales problemas y tareas comunes, a la vez que pongan su vida e ideas por ellas.

Olegario González de Cardedal es catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de julio de 2006