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Crítica:

Sabiduría en cuentagotas

Mucho sentido en pocas palabras. Eso son los aforismos, frases cargadas de sabiduría e ingenio. Se publican ahora tres muestras del mismo género pero de épocas distintas. Pensamientos y rivarolianas es la primera antología publicada en España de Antoine de Rivarol, arquetipo de intelectual del siglo XVIII. Entretanto, Aforismos de Zürau, de Franz Kafka, es una colección de apólogos del narrador checo, y Sentencias e impresiones, una brillante compilación de citas de Josep Pla.

El encanto del aforismo está en la condensación, en la promesa de una gran cantidad de sentido encerrada en unas pocas palabras, un arte del chupito literario-filosófico. Que más tarde esa promesa se cumpla o no depende del escritor. En los aforismos se busca sabiduría o ingenio, lucidez, humor o desparpajo, pero siempre en pequeñas dosis equívocas. La frase única o el puñado de oraciones ha de ser diáfana, pero no necesariamente resolutiva o terminal. Lo importante es que el sentido se muestre y se mantenga abierto, como en un haiku; que su diseño se lea como una silueta muy nítida trazada a mano alzada.

Las metáforas que describen el efecto del aforismo son siempre las mismas: dardos, centellas, instantes, luces. (Porchia llama a sus ocurrencias "Voces"). Da igual. Unas más cursis que las otras, todas dicen lo mismo: que algo queda atrapado en el aforismo, algo se fija o se rescata para que no muera por efecto de la velocidad de los cambios. Sin embargo, obsérvese que el buen aforista -el auténtico, no el que deliberadamente se instala en el género para parecer inteligente frente a los incautos- no pone nombre a sus anotaciones, ni siquiera se declara aforista, sino que escribe y deja libre al lector para que éste califique sus anotaciones. Se supone que escribe así porque así le salen las palabras, que la forma elegida -sobre todo en el caso de la prosa fragmentaria- no se distingue del contenido. Por eso las mejores colecciones de aforismos suelen ser las compuestas a partir de escritos póstumos, cuadernos de notas, dietarios; o con fragmentos de escritura privada, ideas naufragadas ("pecios" los llama Sánchez Ferlosio); o bien son repertorios de citas sacadas de obras mayores donde a veces es tan importante el que escribe como la mirada del compilador. Los escritos póstumos, por cierto, son siempre mucho más fieles a la espontaneidad original del aforismo (aunque no nos engañemos, que no falta quien escribe pensando ya en cómo será su Nachlass).

Lo habitual es que el escritor de aforismos sea algo gruñón y pesimista

Una colección de sentencias ha

de tener un tono uniforme, con sesgo e inspiración escéptica (aunque esto también se ha convertido en lugar común). Se puede ser socarrón pero no es aconsejable excederse: ni solemnidad ni prosopopeya; el lector espera la boutade pero no conviene exagerar para no aparecer como un payaso. Por lo demás, en este terreno nadie supera al maestro Groucho Marx y a su discípulo Woody Allen; es inútil intentarlo. De ahí que lo habitual es que el escritor de aforismos sea algo gruñón y pesimista. Es lógico: una colección de aforismos optimistas se convertiría de inmediato en un repertorio de eslóganes publicitarios. Este pesimismo es síntoma de una enfermedad moral. Acierta Puig en su prólogo a la compilación de sentencias de Pla cuando observa que los aforistas siempre han sido moralistas: los clásicos del helenismo, los autores de emblemas del Barroco, los ingeniosos de salón dieciochesco, los dandis decimonónicos y nuestros polígrafos modernos, hombres que miran a su tiempo con estupor, ironía, recelo o espanto, salidos de contexto, como sus epigramas.

El atractivo de los libros de aforismos también está en que son fáciles de leer: los abres por cualquier punto y los dejas en la mesa de noche o entre las facturas que has de pagar, y los retomas cuando quieras. No tienes que estudiarlos ni memorizarlos. No contienen nada.

He aquí tres ejemplos de este género menor. El primero es equívoco porque los fragmentos escritos por Kafka en el llamado Cuaderno de Zürau claramente no son aforismos. En verdadero rigor, estos apuntes deberían haber sido presentados como apólogos y parábolas, típicas reflexiones como las que se suele encontrar en las enseñanzas de los rabinos de la tradición jasídica. No esclarecen nada, sino que lo ponen todo mucho más oscuro. Típico de Kafka: un escritor demasiado hermético y oracular para ser considerado un aforista, hermetismo que por cierto la abusiva intervención del editor Calasso en esta edición (¡prólogo y epílogo!) en modo alguno contribuye a dilucidar. Se encuentra aquí la frase que Steiner escoge como lema del drama vital y literario de Franz Kafka: "Hay una meta, pero no hay camino. Lo que llamamos camino son vacilaciones" (página 42). El resto son enigmas.

El pequeño volumen de Rivarol publicado por Periférica, nuevo sello con sede en Cáceres, reúne una selección de sus Pensamientos y un breve repertorio de anécdotas de este típico intelectual de salón del XVIII, uno de los primeros libelistas que denunció excesos de la Revolución Francesa y tras unirse a los monárquicos emigrados acabó convertido, malgré lui, en numen de la extrema derecha. Rivarol es un aforista típico, como Chamfort o Lichtenberg. Jünger amaba de sus Pensamientos su conservadurismo aún capaz de irreverencia, su esteticismo literario aristocratizante, un punto esnob, que él practicaba; y ese aire de dandi en los antípodas de Wilde que Jünger tenía por signo de distinción y que rara vez consiguen reproducir sus imitadores.

Dandismo aún más exótico es el

de Pla, él mismo todo un prodigio del espíritu, como se prueba en la sugestiva compilación de citas realizada por Andrés Gómez-Flores. Pla era un ser superior, capaz de trascender la abrumadora, aplastante, cazurrería del campesinado, la frontera infranqueable de las lenguas y la guerra civil, la irreductible diferencia entre la ciudad y el campo, la modernidad y la tradición, y ser uno de los primeros catalanes -junto con Dalí- en descubrir la universalidad de lo que es local, arte de transformar la sabiduría ramplona en inteligencia; como Dalí, que hace del mal gusto una obra de genio. Pla se muestra aquí en toda su elocuencia, pero sus comentarios, fuera de su contexto y de su paradigma, pueden resultar excesivos. Ya tenía razón Wittgenstein cuando advertía: "Las pasas son lo mejor del pastel, pero un saco de pasas no es lo mismo que un pastel". Todo un caveat para el género epigramático.

Aforismos de Zürau. Franz Kafka. Edición de Roberto Calasso. Traducción de Claudia Cabrera, Edgardo Dobry y Valerio Negri. Sexto Piso. Madrid, 2005. 168 páginas. 11 euros. Pensamientos y rivarolianas. Antoine de Rivarol. Edición y traducción de Luis Eduardo Rivera. Periférica. Cáceres, 2006. 89 páginas. 10 euros. Sentencias e impresiones. Josep Pla. Edición de Andrés Gómez-Flores. Con un prólogo de Valentí Puig. Edhasa. Barcelona, 2006. 260 páginas. 16,15 euros.

Tres maestros de la chispa

"Más de un escritor está convencido de haber hecho pensar a su lector cuando lo ha hecho sudar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de junio de 2006

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