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COLUMNA

Animales que hablan

No quería mencionar la Feria del Libro porque tal día como hoy escribí el año pasado en esta misma página sobre sus libros, sus casetas, su calor, su polvo, sus lectores y sus autores, y odio repetirme aunque la vida se repita en ese eterno retorno en que consumimos nuestros días, nuestros deseos y decepciones. Un eterno retorno bastante extravagante por otra parte en que, al contrario de lo que dice el refrán, el tiempo no pone casi nada en su sitio. Por lo menos ya sabemos que el tiempo es relativo. Incluso aunque no lo hubiese descubierto Einstein, simplemente observando la vida de los animales (algo que ha hecho por nosotros Sergio Ramírez en su divertido, tierno y agridulce libro El reino animal, publicado en Alfaguara) nos daríamos cuenta de que la existencia de 70 días de la mosca no tiene por qué ser menos vida, ni menos intensa, ni a su modo menos larga que la de 80 años del elefante.

Para empezar, la mosca no sabe que el elefante vive tanto, ni al contrario, por lo que no se pueden comparar. Es como si coexistieran en dos dimensiones temporales distintas y espaciales porque la mosca vuela y por tanto viaja más rápido, disfruta de otro estilo de vida. Y además goza de una perspectiva aérea que el elefante aunque durase mil años jamás tendría. Por supuesto no posee la increíble memoria de los elefantes porque total, para 70 días ¿para qué la quiere?

Dos medidas diferentes de tiempo contempladas desde una tercera que es la nuestra. Seguramente los grandes misterios de la vida se nos revelarían si nos interesáramos más por lo que nos rodea, que es mucho y variado. Por ejemplo, para observar a los elefantes sólo hay que acercarse por el Zoo de la Casa de Campo, pero para observar a las moscas no hace falta salir de casa, sólo abrir la ventana. Y en lugar de ir corriendo por el spray, centrarnos en sus movimientos. Puede que las moscas sean tan pegajosas y molestas porque están tratando de comunicarse, porque están diciendo una y otra vez "¡mírame, atontado!" De hecho, los científicos siempre están analizando la mosca del vinagre, por algo será. Los antiguos, sin embargo, todo lo relacionaban con la naturaleza, y hacían hablar a los animales, cantar a los ríos y se reencarnaban en plantas. Su historia estaba unida a la de los otros seres vivos y escribían maravillosos libros como Las metamorfosis, de Ovidio, El asno de oro, de Apuleyo, o las fábulas de Esopo (por cierto, no estaría de más rescatar las de Iriarte o Samaniego. O los fascinantes Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga).

En cualquier caso, este vínculo lo hemos perdido por completo gracias a nuestra insoportable megalomanía que nos ha conducido a querer reinar sobre todo bicho viviente, incluidos nuestros semejantes. Ahora ya no nos admira la agudeza visual del águila o la capacidad organizativa de las hormigas. Y eso que si algo ha logrado pasar de generación en generación de niños españoles es la caja de zapatos agujereada con gusanos de seda dentro. Ahora bien, en cuanto las mariposas salían volando nuestra formación científica acababa. La dichosa impaciencia que no nos permite ver nunca entero un documental sobre el escarabajo verde, como si la naturaleza fuese más lenta que nosotros.

Creo que estos cuentos de Sergio Ramírez le interesarían mucho a un taxista que un día, mientras cruzábamos la Casa de Campo, comenzó a hablarme de los árboles, de cuánto medían sus raíces y cómo buscaban el agua del subsuelo. Lo contaba de una manera tal que uno se imaginaba a aquellas raíces alargándose en la oscuridad, abriéndose paso con gran esfuerzo en la tierra compacta entre gusanos hambrientos, haciendo, en suma, el trabajo sucio para que luego sus ramas nos deslumbrasen con un verdor esplendoroso. Así que mientras las ramas gozan del aire, el sol y la fama, las pobres raíces viven en el anonimato y la invisibilidad. Algo en completa contradicción con esta sociedad que ha puesto de moda la palabra visibilidad y que justifica cualquier reclamo para serlo. Y en la que cada vez interesa menos echar raíces. Por supuesto, a nadie le apetece ser raíz. Prefiere ser flor, aunque sea por un día.

Pues bien, continuó el taxista, en esas copas frondosas de la Casa de Campo se ocultan multitud de loros y cacatúas que, como sabemos, pueden imitar la voz humana y repetir frases de sus dueños. Algunos de estos pájaros se han escapado o los han dejado escapar de casas donde han oído muchas cosas inquietantes. Y a veces estremece, mientras uno va dando un paseo, escuchar conversaciones encriptadas y chillonas que no se sabe de dónde vienen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de junio de 2006