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Tribuna:UN TOQUE | Alemania 2006

Todos iguales

Finalmente, Wayne Rooney no llegó. El que estuvo fue Peter Crouch. El jugador del Manchester a lo mejor es más determinante y bonito. Lo que es seguro es que el jugador del Liverpool es más condicionante: con Crouch hay que jugar para Crouch. Y no tengan prejuicios: jugar para él es mucho. Da muchísimo. La sabe dejar, y bien, para Gerrard y Lampard. La sabe peinar, y bien, para Owen en el día de ayer y para Rooney en el día de mañana. Lo sabe hacer, con la cabeza y con los pies. Pero, curiosamente, una de sus mejores virtudes es cómo se asocia. Sabe que juega con diez más y que no sólo está para los centros que le llegan por toda Alemania. Sabe dar continuidad al juego. Las miles de veces que recibe el balón desde el cielo, en el momento que lo recibe empezamos a contar: uno, dos, tres, cuatro... y aún la tiene. Con esto, que parece tan y tan simple y tan pocos delanteros pueden y saben hacer, hace que Terry, Rio Ferdinand y su línea lleguen. Y esto hace que Gerrard y Lampard y su línea se acerquen. Y con esto el eterno Crouch consigue que en su equipo estén viviendo cerca unos de otros.

Ten delanteros que no se asocien con los demás, ten delanteros que piensen que su partido es diferente al de los demás y tendrás un equipo largo, largo, largo. Inglaterra tiene a Crouch.

Steven Gerrard y Frank Lampard juegan con el freno de mano puesto. Gerrard y Lampard quieren estar en su área para llegar a la otra. Necesitan su Xabi Alonso y su Claude Makelele para bajar del coche e irse hacia delante. Pero ni el jugador del Liverpool ni el del Chelsea tienen a su vete, que yo me quedo. Son dos portentos físicos. Qué envidia.

Me contó un centrocampista que estuvo siendo dirigido por Eriksson en Italia que el técnico sueco a sus dos medios centro los quiere juntos, uno al lado del otro y cerca de sus centrales. En el doble pivote inglés, a veces uno, a veces el otro, de vez en cuando dejan de estar juntos, uno al lado del otro y se siguen bajando del coche. Y se van. De su área a la otra. Es una suerte tener a veces entrenadores poco intervencionistas. Dejan que sus jugadores hagan lo que sienten. Aunque ellos no lo sientan.

Plácida tarde para Terry y Ferdinand. Jugaron en una ciudad alemana, contra un equipo suramericano, y parecía que jugaron un partido de la Premier: todo lo que recibieron fue frontal. Absolutamente todo. Y no exagero. Ni un centro lateral para despejar. Ni un movimiento a medio campo a perseguir a alguien. Ni un movimiento hacia la banda para perseguir a Valdez o Santa Cruz. Cuentan que Terry y Ferdinand no pasaron por la ducha.

El pie de Beckham siempre es un gran pie. Cuando todo es frontal, él a veces ve en diagonal. Y se agradece. Es el jugador de balonmano del fútbol mundial: a veces está desaparecido, hay una falta, un córner, un penalti..., y allí aparece Beckham.

Si tienes a Crouch, hazlo. Si tienes a Valdez y a Santa Cruz, que se las tienen que ver con Terry y Ferdinand, mejor no lo hagas. Hazlo de vez en cuando. Para descargar porque te sientes agobiado. Para sorprender cuando no esperan que sorprendas. Pero, sobre todo, contra aquellos dos gigantes que juegan 100 partidos al año a esto, a que les tiren balones frontales, una y mil veces, mejor no lo hagas.

En los primeros 45 minutos de Paraguay es todo lo que hicieron. Fueron más ingleses que los ingleses. Jugaron, con permiso del Arsenal, a lo que se juega en Inglaterra.

Creo que por otro lado el gol les mató. Juegas tu primer partido, en tus primeros minutos y recibes un auto-gol. Un equipo que en sus anteriores Mundiales una de sus mayores virtudes y objetivos a realizar antes de los partidos era la de viajar el mayor tiempo posible con el 0-0. Saben jugar mucho con ese marcador. Saben jugar con el tiempo que va pasando y con la paciencia que saben tener y la impaciencia de sus contrarios. Pero había un guión escrito en el que un auto-gol no aparecía. Pero apareció y les mató. Bueno, al menos les noquearon.

Los interiores no llegaron ni una sola vez a la línea de fondo. Para un pase atrás. Para un centro lateral. Los laterales creo que tampoco. Todo, todo, todo frontal.

Al final salió Cuevas, que juega en México. Hábil. Atrevido. Dinámico. Aquel típico jugador que tanto molesta a los defensas cuando se acerca el final del partido y el cansancio ya te ha visitado. Parecía que algo podía pasar. Sólo lo parecía.

El partido fue muy correcto, muy organizado. Cuatro defensas, cuatro centrocampistas, dos delanteros de Inglaterra contra cuatro defensas, cuatro centrocampistas y dos delanteros de Paraguay. Sistema contra sistema. Todo previsible. Todo muy previsible. Los de banda, en la banda. Los delanteros, en la delantera. Prohibido meterse entre las líneas del enemigo. Repito: todo muy correcto. Muy organizado. Suerte hubo del auto-gol. Si no, todo habría sido mucho más correcto y más organizado.

Los dos centrocampistas, el doble pivote, jamás recibieron un pase de sus defensas. Ni una sola vez. El balón siempre les pasaba por encima de ellos. Unos hacia Crouch. Los otros hacia Valdez y Santa Cruz. Luego, por la inevitable ley de la gravedad, caía al suelo y allí sí la pillaban Gerrard, Beckham. Empezaban a pasársela. Si no, pues no. A lo mejor estaría bien que en todos los partidos los equipos no jugaran de la misma manera. Que no jugaran con el mismo sistema, ni en la pizarra ni en su desarrollo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de junio de 2006