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Subdesarrollo sostenible

La emigración de latinoamericanos y africanos hacia Estados Unidos y Europa es masiva y cada vez mayor. Hace más de veinte años que empezaron a establecerse regímenes democráticos en casi todos los países de América Latina, así como en algunos de África. Pero en la mayor parte de estos países la democracia no ha comportado más crecimiento y desarrollo económicos, sino, acaso, más libertad para protestar y para emigrar.

Algo sabemos sobre los factores del desarrollo. Muchos economistas y politólogos han corrido miles de regresiones estadísticas y han llegado a identificar las variables más significativas, sobre todo la educación y las instituciones económicas. Estas últimas, es decir, los derechos de propiedad, la competencia en los mercados, las monedas fiables, las garantías de los contratos, han sido también asociadas a algunas instituciones políticas democráticas, aunque, a medida que pasa el tiempo, el efecto de estas últimas parece indirecto y menor. En esencia, pues, si hay educación y mercados, habrá desarrollo. Pero lo que nadie ha explicado muy bien hasta ahora es por qué la carencia de educación y de mercados, y por ende el subdesarrollo, es tan persistente en ciertas áreas del mundo.

Dos economistas americanos pueden haber dado recientemente con el enfoque socio-político adecuado (R. Rajan y L. Zingales, The persistence of underdevelopment, www.nebr.org, marzo 2006). Los puntos clave de su análisis son dos. Primero, las personas con escolarización y estudios profesionales, si son relativamente pocas y gozan, por tanto, de ventaja relativa, rechazan la difusión de la educación porque les comportaría pérdidas de posición. Como muchos sabemos, cuando los estudios se generalizan, tener un título académico sirve para competir a un nivel más alto, pero no garantiza una salida profesional mejor que los demás. Segundo, las personas sin escolarizar rechazan la introducción de mercados porque carecen de habilidades y recursos para competir en ellos. Estos dos supuestos son crudos, casi crueles, pero probablemente no mucho más que la realidad misma, de modo que pueden generar una gran capacidad explicativa.

Si una sociedad puede comprenderse de un modo simplificado a partir de la existencia y la interacción de tres grupos básicos -los digamos oligarcas, la clase media educada y los pobres sin educación-, siempre podrá haber una coalición capaz de bloquear los cambios que conducirían al desarrollo. Por un lado, los oligarcas y la clase media educada bloquearán la difusión de la educación porque con ella perderían su ventaja relativa. Se formará así una coalición conservadora, capaz de paralizar un país durante varias generaciones. Por otro lado, los oligarcas y los pobres analfabetos bloquearán las reformas favorables a la competencia mercantil porque con ella perderían posiciones, dadas su ineficiencia y su baja productividad. Ésta es la que podríamos llamar coalición populista, tan tradicional como actual en algunas antiguas colonias, que suele cubrirse con ropajes nacionalistas y, más recientemente, de antiglobalización.

Hay, pues, tras la persistencia del subdesarrollo, un juego político decisivo. Pero también parece que hay continuidades históricas, especialmente desde la época colonial. Cuando los colonos procedentes de Europa se establecieron en tierras poco pobladas y fueron la inmensa mayoría de la comunidad -como en América del Norte-, se partió de condiciones muy igualitarias que favorecieron la difusión de la propiedad, la competencia y la educación. Cuando, por el contrario, los colonos europeos se enfrentaron a una numerosa población indígena o donde la migración de pobres analfabetos desde Europa dejó a las clases educadas en minoría, éstas recurrieron al autoritarismo y la exclusión social para mantener su dominio y sus privilegios. Resulta, pues, relevante el legado colonial, pero no tanto con respecto a las instituciones, como otros autores han enfatizado, ya que en muchos países las instituciones tradicionales han sido sustituidas por nuevas fórmulas democráticas, sino sobre todo por la continuidad de los apoyos sociales a los mecanismos de aislamiento, bloqueo y exclusión.

Esta explicación del subdesarrollo persistente también puede ser utilizada para tratar de entender, por contraste, las historias de éxito en otros lugares. Según Rajan y Zingales, la difusión de la educación en algunos países puede haber sido un resultado de motivaciones no económicas, incluidas las de ciertos líderes religiosos con interés en que los fieles puedan leer directamente los textos sagrados, gobernantes belicosos necesitados de una soldadesca numerosa y preparada o algunos ideólogos mesiánicos con pretensión de redimir a la población. Este tipo de factores, así como los choques externos, podrían iluminar el arranque del desarrollo económico en la Europa central y nórdica en periodos ya remotos o, más recientemente, el de algunos países que se libraron de las dictaduras comunistas.

Revisando con esta perspectiva el caso de España, parece que está bien aclarado que, en la segunda mitad del siglo XX, algunas instituciones de mercado se impusieron por agotamiento del moldeo autárquico y el choque de los capitales, las rentas y los turistas europeos. Pero no está tan claro, al menos para el autor de este artículo, por qué se difundió la escolarización; es decir (por plantearlo en los términos del modelo a que nos estamos refiriendo), qué indujo a las tradicionales clases educadas a aceptar la llamada masificación de las escuelas y las universidades si el resultado previsible era, como ha sido, una mayor igualación social.

¿Fueron la nueva competencia de mercado y las consiguientes expectativas laborales y profesionales, a partir de los años sesenta, las que generaron en España una masiva demanda popular de educación? ¿Cabría, pues, inferir que la reforma a favor del mercado es prioritaria porque ella puede generar las condiciones para la reforma a favor de la educación? Si es así, ¿por qué, entonces, no se genera una demanda de educación parecida en muchos países subdesarrollados cuando sus economías se abren por un choque exterior? ¿Es precisamente porque los que podrían generar esa demanda, es decir, los relativamente más despiertos, inconformistas y ambiciosos, optan por emigrar?

Josep M. Colomer es profesor de Economía Política en la Universidad Pompeu Fabra (CSIC).

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 01 de mayo de 2006.

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