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Reportaje:Ciclismo | Lieja-Bastoña-Lieja

Valverde cobra una deuda histórica

El increíble murciano, primer español que se impone en la decana de las grandes clásicas

Todavía hace unas semanas José Miguel Echávarri suspiraba nostálgico recordando el único lunar en el palmarés incomparable de Miguel Indurain, en el historial de sus equipos también. "A Miguel, al Banesto, a mí, nos ha faltado una gran clásica, un monumento", decía Echávarri, que había chocado sin éxito contra todas, contra la Lieja-Bastoña-Lieja, la decana, la clásica en la que más a gusto se sentían los hombres Tour, sobre todas. "Pero creo que algún día la ganaremos, la ganará mi equipo, el ciclismo español".

Ayer, a media tarde, un SMS -un medio de comunicación que simboliza la larga espera: si lo hubiera anunciado en tiempos de Indurain lo más moderno habría sido un fax- luminoso de Echávarri despertó los móviles de sus amigos, alborozó al ciclismo español: "Por fin! Hemos ganado la L-B-L! Lo celebraremos!"

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La noticia más esperada. La clásica más antigua -el largo laberinto a través de las Ardenas belgas se corrió por primera vez en 1894- tenía por fin, 112 años después de su primera edición, ganador español. Lo que no consiguió Perico, lo que no logró Indurain, lo hizo Alejandro Valverde, el chico que vale para todo, el increíble murciano de 25 años que con su victoria en la cima de la cuesta de Ans, conseguida cuatro días después de domar el muro de Huy en la Flecha Valona, se ha convertido en el líder de la nueva ola del ciclismo mundial.

Y como hace cuatro días, como hace diez, 15 años, Miguel Indurain hacía en el Tour, lo consiguió Valverde con tamaña apariencia de sencillez que sus victorias no hicieron sino tomar el carácter de inevitabilidad.

Valverde, inevitable. La LBL de ayer no podía terminar de otra forma. Así lo sentía, a 15 kilómetros de la llegada, cuando aún quedaban tres de las 12 cuestas por ascender, Paolo Bettini, el corredor símbolo de la generación que deja de dominar. Así lo sentía también, al volante, Eusebio Unzue, el director del Caisse d'Épargne, el director de Valverde, que disfrutaba comprobando como Quim Rodríguez, increíble, inagotable, controlaba desde su fuga todos los intentos, frenaba el ataque lejano, desesperado de Bettini. Lo sentía Unzue porque veía a Valverde "reflexivo, tranquilo, sin hacer el bruto, sin exhibiciones"; porque le veía alimentarse, esperar; porque le veía madurar a velocidad agigantada, echando por tierra todos los tópicos que había acumulado en su primera temporada en las clásicas; porque había acabado con su carácter fogoso, con sus famosas crisis de la sexta hora... Lo sentía Valverde, claro, el rematador que no falla, el goleador que llegado el momento, los últimos metros, cuando ya todos, Basso, Schleck, Cunego, Bettini, Boogerd, habían bajado la cabeza, cuando ya Rodríguez, la faena cumplida, se dejaba llevar hasta el final, aceleró en el sprint lanzado por Sinkewitz y en dos pedaladas abrió un hueco imposible de colmar. Por fin Valverde, el que todo lo ganaba desde juvenil, se emocionaba ganando una clásica, por fin sabía lo que era ganar un monumento.

Se siguió emocionando aturdido en el podio, en la rueda de prensa comprobando la inmensidad de la sala, respondidendo a decenas de preguntas, a una sobre todo: a sus posibilidades en el Tour. Y mientras Valverde intentaba alargar la espera a los impacientes, intentaba quitarse de encima el agobio de quienes ya le ven en el podio de los Campos Elíseos, volvió a hablar Echávarri. "Sí", dijo, "Valverde vale para todo, canta igual de bien ópera y rock'n roll. Pero él todavía no sabe qué hace mejor. Y el Tour no lo conoce del todo, aún no lo ha terminado. Hay que ser respetuosos, hay que aprender y esperar..."

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de abril de 2006