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Análisis:A PIE DE PÁGINA

Samuel Beckett siempre se escabulle

Recuerdo del escritor irlandés Samuel Beckett, premio Nobel de Literatura en 1969, en el centenario de su nacimiento. Dramaturgo, novelista y poeta, el autor de clásicos del siglo XX como Esperando a Godot o Final de partida representa mucho más que los tópicos que hablan de su relación con James Joyce o que lo reducen al teatro del absurdo. En el fondo, toda su obra está atravesada por una duda radical: ¿para qué escribir?

Beckett llegó a ser Beckett con cuarenta años cumplidos. La maduración literaria tardía fue motivo de no poco sufrimiento para alguien que desde siempre había querido ser escritor. Luego, naturalmente, sería un escritor muy especial (alguien más cerca del escritor-artista que del escritor-intelectual, para entendernos).

No cabe duda de que Beckett tuvo su ocasión y su oportunidad en la desolada Europa de posguerra, que fue la que le descubrió y ensalzó. Pero eso en realidad es perfectamente incidental, es algo completamente casual. Su mundo mental podía encajar con aquello, pero era anterior a todo aquello. ¿Y hoy? Está su teatro, que leído puede coger desprevenido al lector, pero que bien montado es algo formidable, un juego que se tiene en pie y emociona. Está su prosa. La trilogía Molloy, Malone muere y El Innombrable (los textos con los que se asedió a sí mismo en su apartamento de París en la segunda mitad de los cuarenta y que lo convirtieron en un escritor famoso) son ejemplos formidables de literatura de monólogo, con una mezcla de comicidad, sordidez y quieta desesperación que fascina y conmueve. Todavía tenemos oído para eso, pero no es una música fácil. Sus prosas posteriores parecen el producto de una alambicada labor literaria. Es como si hubieran sido arrancadas a la duda de si hay algo más que valga la pena de ser dicho. Exigen un esfuerzo que ofrece recompensas a los valientes que lo intentan, pero la recompensa nada tiene que ver con la diversión y la amenidad. ¿A qué tipo de lectores interesa hoy Beckett? A veces me siento tentado a responder que Beckett en realidad sólo interesa a los lectores que quieren ser escritores. De ser así, ello no supondría ninguna merma de valor ni para él ni para sus lectores. Se puede leer a Beckett para desentrañar algo parecido a la duda moral radical de la escritura (¿para qué escribir?, ¿por qué escribir?) sin necesidad de traicionarse con alguna respuesta concreta que vaya más allá de la lección beckettiana.

Pese al estereotipo, lo que él hace no tiene nada de absurdo. Lo razonable es la desesperación

Luego, naturalmente, están los estereotipos: el teatro del absurdo es uno de los grandes recursos para desenfocar su literatura. Y aunque nos entendamos hablando de literatura del absurdo, la verdad es que es como si siempre hablásemos de otra cosa en realidad. Lo que hace Beckett no tiene nada de absurdo o paradójico y su comicidad es muy diferente de la de Ionesco, por ejemplo. Lo suyo es más bien una especie de lógica del sinsentido. Lo razonable es la desesperación. Pero hay que saber llevarla con un cierto sentido del estilo, con un mínimo sentido del humor. Si Esperando a Godot y Final de partida son piezas indispensables en el rompecabezas del imaginario del siglo XX, ello se debe a este sentido del estilo y del humor convertido en gramática de lo limítrofe y lo vacío.

Otro estereotipo de acceso es Beckett y Joyce. El joven Beckett haciendo de secretario de Joyce y escabulléndose de su hija, ante el enfado de su mentor (Beckett y las mujeres: casi nadie recuerda que fue el gran amor de Peggy Guggenheim, supongo que porque resulta muy difícil imaginarlos juntos y porque ella, ay, no fue el gran amor de Beckett). Pero la relación de Beckett con Joyce es demasiado complicada como para resolverla con cuatro anécdotas. En cierto modo Beckett escribió contra Joyce, fue su modelo y por ello tuvo que convertirlo en su antimodelo para encontrarse a sí mismo como escritor.

En algún lugar cuenta que él hizo al revés de Joyce: el autor del Ulises llenaba, él vaciaba. Es una verdad que roza el estereotipo, pero sigue siendo una verdad. Y luego está su formidable ensayo sobre Proust, uno de los pocos textos de crítica literaria que produjo, todos en su primera juventud. ¿Podía ignorar Beckett lo mal que había tratado Proust a su amigo Joyce? Sutiles formas de salvación y de búsqueda de sí mismo. Leer a Beckett es como situarse en los antípodas de Proust. ¿Pero por qué deberíamos parecernos a aquello que nos forma?

En su Carta alemana de 1937 está el programa literario más nítido y más coherente para acercarnos a su escritura (o a las voces que pone en juego su teatro). Allí aparecen algunas claves de su momentáneo abandono del inglés a favor del francés: "Desde luego, cada vez me cuesta más escribir en un inglés estándar. Me parece algo carente de sentido. Y mi propia lengua cada vez se me antoja más un velo que ha de rasgarse para acceder a las cosas o a la Nada que haya tras él. La gramática y el estilo. Para mí son tan superfluos como el traje de baño en la época victoriana o el porte impertérrito de un caballero genuino. Mera máscara". (Cito la traducción de Miguel Martínez-Lage publicada por La uÑa RoTa en 2004.) Más adelante dirá que se pasó al francés para escribir sin estilo. Pero Beckett será siempre un escritor en dos lenguas, y usará las dos.

Y luego está Beckett y las artes (otra forma de acceso): Beckett y la pintura de Bram van Velde, Beckett y Bruce Nauman (o más bien: Bruce Nauman y Beckett). El escritor dispuesto a atravesar el lenguaje se interesa por los artistas que atraviesan lo visible y por aquellas prácticas artísticas situadas más allá de lo imaginario, en la inmanencia del velo rasgado, del desgarrón mismo.

En 1937, al final de un periplo de meses por Alemania jalonado por visitas crepusculares a los museos que los nazis iban demoliendo, el escritor (todavía "en ciernes") se encontró con Karl Valentin, el gran cabaretista que había colaborado con Brecht y que intentaba sobrevivir en medio del vendaval. Este encuentro espectral en las catacumbas de la cultura alemana podría servir para dar con la horma del teatro beckettiano. En La última cinta de Krapp el escritor alude a una visión en una noche de tormenta en un espigón que le permitió desatascarse como escritor y saber lo que tenía que hacer. Tanto romanticismo elemental quedó convertido luego, según una confesión tardía a su biógrafo James Knowlson, en una revelación tenida en el dormitorio de su madre. Estas dos ideas (la tormenta nocturna, el dormitorio de la madre) ofrecen las dos caras de lo sublime culto y de lo sublime coloquial: Beckett siempre se escabulle, siempre está en el reverso de la cara que estamos contemplando.

El escritor cumpliría cien años. Nubes, truenos y relámpagos sobre una cuna. Una voz llega de la oscuridad. ¿Quién habla aquí? ¿Quién ha dicho quién habla aquí?

Jordi Ibáñez Fanés es profesor de Estética de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y autor del ensayo La lupa de Beckett (Antonio Machado Libros).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de abril de 2006