Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crónica:LA CRÓNICA

Bajo el sombrero

El martes, en la entrega de los premios de televisión TV Land celebrada en Los Ángeles, se rindió homenaje a los protagonistas de la serie Dallas. Charlene Tilton, Linda Gray, Larry Hagman y Patrick Duffy salieron al escenario a recibir el aplauso del público y las estatuillas típicas de esta clase de fiestas. A primera vista, parecían totalmente sobrios, una auténtica proeza teniendo en cuenta su pasado etílico. Hagman llevaba un inmaculado sombrero blanco, seña de identidad del personaje de petrolero tejano que le hizo famoso en todo el mundo: J. R.Ewing. Sospecho que Hagman tiene que lucir sombrero por contrato y que cuando se lo quita sufre una crisis de personalidad. Por curiosidad, a la mañana siguiente me fui a la famosa sombrerería Obach (calle dels Banys Nous, número 2) y pregunté cuánto cuesta un sombrero así. Tenían uno blanco en el escaparate por 90 euros, que me hizo recordar aquel proverbio americano según el cual el precio de un sombrero no guarda relación con el cerebro de quien lo lleva. Me dijeron que se les llama sombreros cowboy. Hace unos veranos los popularizó Coyote Dax y son uno de los elementos más iconográficos de la película Brokeback mountain.

Minutos más tarde me metí en una librería y me tropecé con un Eduardo Mendoza de cartón, de tamaño natural, con el que la editorial Seix Barral asusta a los lectores de su reciente novela Mauricio o las elecciones primarias (implacable retrato del sociatismo -de sociata- de nuestra ciudad). Supe que no era el Mendoza de verdad porque, a través del auricular de la radio, estaba escuchando cómo entrevistaban al auténtico en el programa Minoria absoluta (RAC 1). Entre otras cosas, el Mendoza de carne y hueso contó que le había regalado un sombrero luminoso a Pere Gimferrer con motivo de su reciente matrimonio. Me asaltó entonces una sospecha: que existe un secreto parentesco entre Gimferrer y J. R. Ewing y que bajo sus respectivos sombreros bulle una efervescente actividad volcánica. ¿Escriben mejor los escritores que llevan sombrero o los que llevan boina?, me pregunté enfrentando virtualmente a Oscar Wilde y Carles Duarte contra Josep Pla y Pío Baroja. Enseguida abandoné este perverso pensamiento porque el médico me ha recomendado que, en la medida de lo posible, evite las obsesiones literarias y procure limitarme a las televisivas, bastante menos peligrosas. Así pues, regresé mentalmente a Dallas y sus circunstancias. Al llegar a casa, desempolvé la biografía de Harry Hagman y releí los párrafos dedicados a una serie que duró 356 capítulos. Estrenada en abril de 1978, Dallas elevó a la categoría de mito la figura de un villano que, en la vida real, era un actor sarcástico, activista antitabaco, buen hijo y que tuvo el atrevimiento de situar los ingresos de un actor de televisión al mismo nivel que las estrellas del cine de Hollywood. En su libro, Hagman cuenta que, tras leer el guión del capítulo piloto, intuyó que iba a ser un éxito: "Dallas es Romeo y Julieta en tierras petrolíferas, con la diferencia que no había ningún personaje simpático. Nada: ni uno solo con el que encariñarse. Para la televisión de la época, supuso una auténtica revolución. La abuela era una vieja prostituta. El abuelo, un canalla alcohólico. Mi hermano pequeño, un mujeriego impenitente. Y yo, J. R., era una mezcla de todos los demás".

Al principio, su personaje era secundario pero, a medida que avanzaba la trama, el público fue reclamando su presencia y consolidando su innovador papel de manipulador malvado, despiadado, peligroso pero con un innegable poder de seducción. El éxito de la serie no llegó de la noche a la mañana. Fue progresivo y consiguió alargar la fecha de caducidad del proyecto pese a algunas críticas iniciales. A la ciudad de Dallas, por ejemplo, no le hizo ninguna gracia la imagen de la capital del petróleo que transmitía la serie. Todavía les pesaba la mala reputación originada por el asesinato de John F. Kennedy y temían una nueva oleada universal de antipatía. Pero la rentabilidad del espectáculo pudo con todo y Hagman acabó siendo tan famoso como otro actor con fama de malvado con el que mantuvo una sana competencia en los índices de popularidad de aquella década: Ronald Reagan. Se ha bromeado mucho sobre el talento político de Reagan, pero Hagman tampoco renuncia a tener un papel en la historia política del mundo y hace una reflexión tan desacomplejada como irónica: "Muy honestamente, creo que Dallas, al cruzar la frontera del bloque del Este, desempeñó un papel importante en la caída del imperio soviético. Cuando los habitantes de aquellos países vieron lo que se estaban perdiendo, comprendieron que el comunismo sólo era una farsa". Sé que semejante análisis no deslumbraría a los expertos en política internacional, pero describe bien el carácter de un actor que, en los momentos de mayor fama de su personaje J. R., llegó a imprimir fajos de billetes de 1.000 dólares con la siguiente inscripción: "In Larry Hagman we trust". Y en el billete aparecía su imagen de malvado risueño. Con el sombrero puesto, por supuesto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de marzo de 2006