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Reportaje:ESCAPADAS | Lanestosa | Fin de semana

Una villa estratégica

Algo tuvo que apreciar don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, en el término de Fenestosa para dar a aquella pequeña aldea el fuero de villa en 1287, trece años antes de que Bilbao consiguiese igual reconocimiento. Situada en un estrecho valle que el río Calera recorre, el lugar era un enclave decisivo en el tránsito comercial entre el puerto de Laredo y Castilla. Y, además, suponía un paso estratégico en cualquier conflicto armado, como muestra su ajetreada historia. Lanestosa, como se llama desde entonces, conserva todavía esa nostalgia de aduana que le otorga su especial configuración orográfica y administrativa: un valle estrecho, auténtica cuña vizcaína entre Cantabria y Burgos.

En el extremo occidental de Vizcaya, suma la nostalgia de su historia fronteriza a su atractivo turístico

Eso sí, ya no existen aranceles que pagar, ni sus habitantes gozan de aquellos privilegios forales que llevaban a las madres del vecino valle cántabro de Soba a dar a luz en Lanestosa. La última villa de la comarca de las Encartaciones se ofrece hoy como un destino ideal para un fin de semana tranquilo, con atractivas posibilidades de senderismo que parten de la propia localidad hacia las cumbres del Zalama, La Lobera o el Mazo. No hay que olvidar su situación privilegiada, a tres kilómetros del yacimiento rupestre de Covalanas, a apenas 20 minutos de la playa cántabra de Laredo y a un cuarto de hora escaso del parque de dinosaurios El Karpin o de las cuevas de Pozalagua. Esta caverna carranzana surgió a partir de una voladura de cantera: la dinamita abrió el paso a uno de los mejores yacimientos de estalactitas excéntricas de Europa y uno de los principales recursos turísticos de la zona, al que se llega por una estrecha carretera plagada de curvas.

El dificíl acceso a este extremo de Vizcaya supone un notable inconveniente, pero también permite al viajero sentirse como el descubridor de un lugar en teoría desconocido

Sin embargo, siempre hay quien prefiere disfrutar del paso del tiempo sin prisas ni esfuerzos, olvidándose del automóvil y de las botas de monte. Es entonces el momento de recorrer el pueblo, pasear por sus calles empedradas en las que se entremezclan las casas de inspiración cántabra con los palacetes de indiano de altos muros de más de dos metros que esconden jardines y huertas. Un recorrido por el que se entrecruzan Espartero y Alfonso XIII con los trabajadores de sus minas de galena, hoy abandonadas, o los yunteros, que departían con los camineros en las numerosas tabernas que salpicaban todo el pueblo.

El punto de partida bien puede ser la iglesia de San Pedro, que vio pasar por delante de su recién inaugurado pórtico al emperador Carlos V cuando viajaba en 1556 desde Laredo a su retiro en el monasterio de Yuste, donde falleció dos años más tarde. Carlos V no pudo tomar un refrigerio en La Abacería, pero el viajero de este principio de siglo XXI todavía puede disfrutar con un comercio singular, centenario, el corte inglés local, mezcla de ultramarinos y ferretería, tienda de congelados y bar. Además, cuenta con una aceptable oferta de vinos, que incluye la posibilidad de acompañar la cata con los embutidos y las conservas que se venden en la propia tienda. Con estas ventajas de las que que no pudo gozar el emperador, el paseante continúa su recorrido por la calle Real, hasta llegar a la Casa Colina, donde pernoctó el monarca.

El paseo prosigue por la carretera que baja desde el puerto de Los Tornos y que se encajona en el casco urbano hasta tal punto que marca el ambiente de la localidad en los días de tráfico denso entre la costa y la meseta. Afortunadamente, las calles Correo o Lehendakari Agirre vuelven a introducir al curioso en la tranquilidad habitual de la villa, que sólo se altera en las sucesivas convocatorias festivas que van marcando el verano.

Lanestosa esconde en su aparente placidez una oportunidad para los amantes del buen vivir. Quizá haya perdido su papel clave como centro comercial de toda la zona, pero sus habitantes siguen conservando el espíritu del buen anfitrión, siempre dispuesto para la fiesta.

Cita indiscutible es la del 5 de agosto, el día de su patrona, la Virgen de las Nieves, cuando los mozos del pueblo recuperan la danza de los arcos, un pasacalles que recorre la villa abriendo paso a la procesión religiosa. Unos días después llegan las celebraciones de San Roque, el mercado de los oficios, la feria agroalimentaria,... Un programa apretado e inaudito para un pueblo que no supera las 300 almas. Es la reacción comprensible de una villa que trata de superar el olvido en el que ahora le obliga a vivir su antaño envidiable posición dentro del territorio vizcaíno. Signo de los tiempos.

El calero y las marchas

Cómo llegar: Desde Bilbao, el mejor acceso es por la A-8 hasta la salida de Colindres, donde se toma la N-629 hasta Lanestosa. En autobus, existen servicios de la compañía Ansa.

Qué ver: Además del recorrido por el casco urbano de la villa y la iglesia de San Pedro, también se puede visitar el calero (donde se fabricaba cal a partir de la piedra caliza de la zona), recuperado despues de más de un siglo en desuso. Se encuentra a la salida del pueblo en dirección hacia Ramales (en las cercanías del cementerio).

Dormir: Casa Oregi (tel. 94 6693204). Centro de turismo rural que, además de los servicios habituales quer tiene un albergue, ofrece servicio de restaurante, con menú del día.

Comer: El restaurante La Taberna (tel. 94 6806371) elabora comida de siempre, con el aliciente que ofrece desde hace un año el nuevo equipo de cocina, gente joven que va introduciendo pequeñas sorpresas en sus cartas.

Qué hacer: Lanestosa convoca todos los años sendas marchas de montaña y cicloturista. Más información en el 94 680 61 16

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de febrero de 2006

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