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LA BATALLA DE LOS COMERCIANTES MINORISTAS

"Esta vida es demasiado esclava para los jóvenes"

José García y Matilde Gimena regentan una tienda de ultramarinos en el Rastro que abrió sus puertas en 1888

No sabe lo que es irse una semana de vacaciones con su familia. Veintisiete años saliendo de casa a las siete de la mañana y volviendo a las 10 de la noche. Trescientos sesenta y tres días al año. Todos, excepto Navidad y Año Nuevo. Para José García, el próximo mes pondrá fin a esta larga rutina. Los médicos lo han "jubilado". Los médicos y una válvula obstruida en el corazón que le ha provocado cuatro infartos. "No sé qué voy a hacer tanto tiempo en casa", reconoce.

Después de llevar 118 años abierta, José traspasará en febrero la tienda de ultramarinos de la calle de Embajadores, en pleno Rastro, que heredó de su padre. "Seguro que se la quedan los chinos, son los que mejor pagan", interviene Matilde, su mujer. Desde que la familia García se hizo con el establecimiento en 1922, éste se ha especializado en legumbres -"vendemos 26 clases distintas, todas españolas, a granel; así la gente no tiene que llevarse un kilo entero, como en los supermercados"- y en vinos. Además de estos productos, el matrimonio despacha todo tipo de comestibles: desde atún en conserva hasta sándwiches preparados.

El estado de salud de José, de 63 años, no es la única razón para echar el cierre. Ninguna de sus cuatro hijas está dispuesta a continuar la tradición familiar -"cuando llega el viernes por la tarde, ellas se olvidan de sus trabajos; esto es demasiado esclavo para los jóvenes"- y la situación económica tampoco es la más favorable. "El negocio ha ido a menos en los últimos tiempos por la competencia de las grandes superficies; y encima las administraciones públicas nos han abandonado", asegura José con un punto de amargura. En su opinión, el Ayuntamiento está dejando morir el barrio. A la dejadez municipal se le une la delincuencia, para "terminar de rematar al barrio".

Cuando se refiere a la inseguridad, José sabe de lo que habla: en dos ocasiones le intentaron atracar y en las dos los ladrones se fueron con las manos vacías. "Yo tenía un cuchillo más largo que ellos", recuerda. José echa de menos la época en que las tascas de su barrio, "que era lo más grande que había en Madrid", estaban todas las noches a rebosar. "Pero hace tiempo que la delincuencia acabó con eso", se queja.

A pesar de los horarios matadores y de la competencia que trajeron los nuevos usos comerciales, José no puede reprimir su orgullo al hablar de la tienda. "Es de las más antiguas de Madrid y la mantenemos tal y como estaba al principio; aquí se han rodado muchas películas de época y el anuncio ese de galletas en el que un chico recuerda su infancia delante de un escaparate".

Gracias al Rastro, los domingos es el día de mayor actividad, sobre todo por la gente joven que va a comprar botellas de vino después de pasear por los mercadillos. "Esto ya no se parece en nada al barrio que conocí... y dentro de un mes será un poquito más distinto todavía", se lamenta el futuro jubilado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de enero de 2006