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COLUMNA

Constitución

Muchos de los comentarios sobre la Constitución aparecidos durante los días precedentes deslizan letanías argumentales que más parecen justificar oficios, pagas y liturgias que obligaciones civiles.

Sin embargo, celebrar fechas es mejor que no celebrarlas, pues no hacerlo, lejos de ser un dato de normalidad constituye una alarmante muestra de adanismo. Hay personas que no celebran onomásticas, ni aniversarios de nada, ni fiestas civiles, ni religiosas. ¿En qué puede derivar una actitud así si se generaliza y lleva al campo de lo político? Cuando no hay fecha capaz de movernos a la reflexión, a la veneración, a la duda, a la renovación, a la crítica, a sentirnos menos buenos de lo que realmente somos estamos políticamente muertos, es decir, maduros para caer en manos de cualquiera y consentir hasta la más atroz -por imperceptible que aparezca-, de las iniquidades sociales, aptos, en suma, para el retroceso y la barbarie.

Aunque las Constituciones ya no son regalos del arquitecto supremo para que a modo de las tablas de Moisés la libertad, la igualdad y la fraternidad reinen entre los ciudadanos, aunque aquél sentido de código moral que venía impreso en las experiencias más tempranas de la era contemporánea (EE UU, Francia, España,...) en los primeros títulos de las Constituciones liberales haya dado paso a textos farragosos en muchas de sus partes ligados a fórmulas consagradas por un imperativo técnico-jurídico que libra a las Constituciones de buena parte de su primigenia ambigua elocuencia, estas Constituciones que ahora celebramos, la vigente española también, recogen con generosidad y operatividad los presupuestos del pacto básico que permite la vida en común de los ciudadanos en el Estado.

Celebrar, pues, y en el veintisiete aniversario de su aprobación en referéndum, la vigencia de ese pacto básico no debería consistir en aprovechar la ocasión para declarar que lo que la hace estimable es su inmovilidad, porque da a entender que es la mejor Constitución que podía hacerse, olvidando que muchas de las fórmulas que adoptó o bien venían prefijadas por una transición vigilada o fueron fruto de algunas genialidades amparadas por cierto grado de improvisación, cuando no por negociaciones donde ganaba la partida el último que se iba a dormir, como han puesto de manifiesto muchos de los protagonistas de la época en un afán de perpetuar su papel de padres de la patria, contando banalidades.

Veintisiete años después de su aprobación, la Constitución española presenta un innegable saldo positivo si se compara el periodo histórico vivido bajo su vigencia con cualquiera otro de nuestra historia constitucional (desde 1812); pero eso no puede ser óbice para que quienes ya observamos serias limitaciones en el texto en el momento de su aprobación tengamos que plegarnos al papanatismo interesado de los que entienden que tocar la Constitución es dislocar la arquitectura del pacto básico que nos permite vivir en paz, juntos y con ilusiones comunes, porque confundir precaución en la reforma con miedo al caos significa blindar la Constitución para que los errores del pasado no puedan ser corregidos.

Por poner sólo un ejemplo, lo que fue una solución a medias en 1978 (la inserción de la plurinacionalidad en un marco constitucional común), quizás la única posible entonces (el 23-F la juzgó excesiva y a derogar), está pidiendo ya desde hace tiempo más imaginación y generosidad. ¿O no?

Vicent.franch@uv.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de diciembre de 2005