Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Y entonces Dada lo sublevó todo

1

Cuando llega el Día Mundial del Tímido me exalto mucho porque pienso que un día al año volver a ser tímido no hace daño. Además, ese día me permite recuperar de golpe la juventud, una sórdida pero maravillosa sensación. Desde hace aproximadamente una década celebro en secreto ese íntimo Día Mundial del Tímido. Es una jornada inventada por mí, una jornada privada, y es siempre un buen día. Lo malo es siempre el día siguiente, cuando ya no soy tímido y me doy cuenta de que hasta el año siguiente no volveré a ser joven. Pero durante ese Día Mundial del Tímido lo paso bien. Aunque después resulte algo trágico el día siguiente; es decir, el día de hoy, porque hoy es precisamente ese día siguiente. Hoy me he levantado sabiendo que, a diferencia de ayer, carezco de esa elegante timidez tan propia de ciertos jóvenes. Y sabiendo, además, que me espera un año entero con esa carencia. Pero ayer -aparte de que fue también el del mediático eclipse anular del sol- fue un día inolvidable, lleno de momentos de una agradable timidez, como ese instante en el que, al ir a bajarme del autobús, descubrí que nadie más iba a hacerlo y que el autobús tendría que parar exclusivamente para mí. Me intimidó tanto que pudiera ocurrir algo así que empecé a disimular, volví a mi asiento y allí busque una cierta invisibilidad al tiempo que observaba que el sol también se volvía incorpóreo. Aguardé a la siguiente parada, que es donde me bajé con mis gafas especiales y supersicodélicas para el eclipse, hacia las once y media de la mañana, bajo un sol en el máximo esplendor de su timidez, casi etéreo allá arriba. Feliz yo, eso sí, con mi cíclica oportunidad de ser joven un día al año.

2

Como suelo inventar citas, voy a inventarme una de Lacan: "La verdad tiene estructura de ficción".

3

En plena Sevilla, a la hora del aperitivo, mientras con Pedro G. Romero y Malcolm Otero hago tiempo para acudir a una cita en la Cartuja, me encuentro en el bar La Campana, a la entrada de la calle de Sierpes, con un amigo y escritor andaluz con quien coincidí en la Feria de Francfort de 1991. Después, ninguno de los dos volvió a poner los pies en esa feria, y ni ganas.

El amigo me pregunta si ya me han contado cuál es el colmo de la frivolidad. No, no me lo han contado. "El colmo de la frivolidad es alguien que, sin ser editor, va a Francfort por segunda vez", me dice. Luego, juntos hemos recordado nuestro estupor de aquellos días, nuestro aturdimiento de pobres escritores perdidos en medio de un inacabable hipermercado de risas falsas, cócteles y agendas atestadas de citas no literarias. Para un escritor serio, Francfort es el infierno mismo.

Luego, ya en el avión, de regreso a Barcelona, decido seguir leyendo a Schopenhauer y entro directo en una página en la que leo: "Dice Herodoto que Jerjes lloraba viendo su inmenso ejército, exclamando que dentro de cien años nadie viviría; quién no lloraría al ver el grueso catálogo de la librería de la feria de Leipzig, pensando que de todos esos libros ya no vivirá ninguno después de diez años".

He anotado al margen: sustituir Leipzig por Francfort.

4

El jueves, Día Europeo de la Depresión, aterricé en París completamente absorto en la lectura de una entrevista con el doctor Randolph M. Nesse precisamente sobre el tema de la depresión. En un primer momento pensé que "ese día europeo" tenía que ser inventado. ¿Un día dedicado a la depresión? No es posible, me decía. Pero sí lo era. Decidí pensar en otra cosa y de pronto París se me antojó un lugar perfecto para huir de cualquier depresión, sobre todo porque en el Pompidou había una monumental exposición dedicada al movimiento Dada, ese movimiento que en julio de 1916, en el cabaret Voltaire de Zúrich, lo sublevó todo y agitó a la deprimente y depresiva Europa de entonces.

Como era de esperar, Dada no ha aguardado a los convencionales números redondos para celebrar su 100º aniversario. Dada se ha adelantado unos cuantos meses con esta genial exposición de París que revela al gran público lo decisiva que fue la aparición de este movimiento que abrió gigantescos espacios a la creación individual. El núcleo duro de Dada fue el espíritu mismo de la revuelta y caben en él desde las teorías de su fundador Tristan Tzara hasta Picabia y Duchamp, los situacionistas de Guy Debord, los grupos punkis de los años ochenta y otros angelitos. ¿Cómo un movimiento tan anticlásico y de vida tan efímera es hoy un clásico y ha ido a parar a un museo como el Pompidou? Tal vez la respuesta esté en el viento o en esta paradójica afirmación del primer Tzara: "Dada existe desde siempre".

Lo curioso fue que en las últimas horas del Día Europeo de la Depresión, ésta viajó a América. Y el alcalde de Nueva York anunció una "creíble amenaza terrorista" contra el metro neoyorquino en las próximas fechas. Si a eso añadimos la silenciosa amenaza de la "gripe aviar", está claro que vivimos como aquellos soldados de El desierto de los tártaros, rodeados de silencios e invisibles enemigos. Tal como están las cosas, y en semejante encrucijada, tal vez fuera conveniente que un nuevo Dada viniera de nuevo a animarlo y sublevarlo todo. Que se cerrara la etapa del aburrido posmodernismo y regresara el esplendor de la revuelta. Y que con la revolución olvidáramos el miedo.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS