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Crónica:VUELTA 2005

El Liberty destroza a Menchov

Heras culmina la exhibición de su equipo en Asturias ganando en Pajares y tomando el liderato con 4m 30s sobre el ruso

A Menchov y Mancebo les esperaba Polícrates a la salida de la curva, y ellos sin sospecharlo.

A Menchov y Mancebo se les había ocurrido en días pasados anunciar en voz alta su felicidad, declarar por escrito que nada podía irles mejor en la vida, ignorando que glorias en la Vuelta sobrehumanas atraen desventuras supremas.

Polícrates, el de los muchos poderes, era aquel que lo tenía todo, pero se negaba a disfrutar de su inmensa dicha por temor a perderlo todo algún día. Polícrates, el de todos los poderes, asumió ayer la forma de director deportivo, se encarnó en las piernas de media docena de corredores vestidos de azul entre la lluvia y la niebla. Polícrates, ayer, se materializó en la Vuelta para cumplir su destino. Polícrates ayer se le apareció a Menchov, primero; a Mancebo, después, en la última curva del descenso de la Colladiella, allí donde a Heras le esperaban cuatro compañeros para transformar los últimos 50 kilómetros de la etapa, los falsos llanos, la ascensión a Pajares, en una lucha desigual y terrible que terminó con la destrucción del ruso impasible, del abulense luchador y con la entronización de Heras, el doliente, el fabuloso bejarano, el de las 15 grapas en una rodilla, imparable hacia su cuarta Vuelta.

El ruso creyó tenerlo todo "controlado". Pero al bejarano le esperaban cuatro compañeros para llevarlo volando

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"Es más fácil pensar que dar pedales". Fue la máxima del día. La verbalizó Manolo Saiz, el triunfador del día. La pronunció a la puerta del autobús, con la camisa empapada del sudor de sus corredores, de Caruso, de Beloki, de Vicioso, que llegó muerto; de sus ciclistas, que, según llegaban al vehículo, se abrazaban impúdicos a su director y lloraban de emoción, de felicidad.

La cabeza la puso Saiz, que se disfrazó de Belda y lanzó a todos sus corredores, salvo a Heras y a un par más, adelante, a lanzar la carrera a toda velocidad, a atrincherarse en todos los puertos del recorrido, a esperar órdenes bien colocados en las montañas mineras de Asturias.

Era un cambio radical de táctica. Era la única táctica que entendía, la táctica que tenía pensada desde hacía días Saiz, quien, al parecer, el resto de las etapas de montaña de la Vuelta jugó con Menchov haciéndole creer que todos los días iba a ser así, que podría ir a rueda de Heras hasta Madrid. Hizo sentirse feliz al ruso, imbatible.

Le engañó y luego le aisló. Menchov ni se enteró. Y en la Colladiella, allí donde Mancebo atacó unas cuantas veces subiendo, allá donde Heras contraatacó otras tantas, el ruso, solitario, dejó hacer. Faltaban más de 50 kilómetros para la meta. Quién iba a atacar allí. Adónde iba a ir el que lo hiciera. Menchov, que no conocía el descenso, mojado con la humedad más peligrosa, con la capa que se forma entre la lluvia, la niebla y el polvo de carretera en la que hace meses que no llueve, dejó hacer a Heras también bajando. Dejó que el bejarano volara como Charly Gaul, que se jugara la vida en cada curva. "Pensé que lo tenía todo controlado", dijo el ruso; "no quise arriesgarme". Mancebo, más atrás, sí que conocía el descenso, pero prefirió arriesgarse menos aún. "Era elegir entre la vida y la victoria", dijo el corredor, que volvió entre la niebla a su rutina de invisibilidad. "Lo que pasa", añadió Menchov, "es que no sabía que abajo le estaban esperando a Heras".

A Heras le esperaban en los falsos llanos Caruso, Vicioso, Beloki y el increíble Scarponi y a toda velocidad, a relevos de contrarreloj por equipos, lo llevaron volando al pie de Pajares, de los 15 kilómetros más largos en la vida de Menchov. Por detrás, el ruso, con Sastre y Carlos García Quesada a su rueda, en contrarreloj individual, iba dejando la vida, iba dejando el tiempo, iba sufriendo el cruel castigo de la soledad, de los ataques postreros de aquellos que habían marchado a su espalda, de los insultos de aquellos que le gritaban que le había llegado el momento de sufrir, que le anunciaban el gran paquete que le iba a caer.

No hay director que no sueñe con un día en el que la táctica más exagerada culmine en exhibición y victoria absoluta. Ese placer lo alcanzó ayer Saiz. No hay gregario que no sueñe con un triunfo arrollador y colectivo en el que sus piernas, su corazón, su alma, sean tan importantes como las de su líder. Eso lo gozaron ayer los compañeros de Heras. No hay escalador que no sueñe con cinco kilómetros a lo Pantani, con cinco kilómetros en los que el último puerto sea una alfombra roja a su paso. En Pajares la gozó Heras, quien lo que no consiguió contrarrelojeando, trepando o sprintando lo alcanzó bajando: despegar a Menchov.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de septiembre de 2005