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Crítica:FESTIVAL JARDINS DE CAP ROIG | CULTURA Y ESPECTÁCULOS

Un Yebra inolvidable

La Luna creciente se reflejaba en el mar Mediterráneo y el cielo estrellado invitaba anteanoche en el paradisiaco marco de los Jardins de Cap Roig, en Calella de Palafrugell (Girona), al romanticismo. Invitaba a dejarse arrastrar a una noche de amores tormentosos e imposibles protagonizados por las parejas de ficción de los más célebres ballets del repertorio tradicional y neoclásico. El espectáculo que bajo el título Igor Yebra & estrellas del ballet europeo se presentó en el Festival Jardins de Cap Roig hacía presagiar una velada inolvidable.

Y así fue, aunque curiosamente no fue el bailarín vasco Igor Yebra la estrella del programa, quien se llevó las más intensas ovaciones del público que llenó a rebosar las gradas del auditorio al aire libre situado en un privilegiado acantilado sobre el mar. Los aplausos más calurosos fueron para la pareja formada por la bailarina española Eva López-Crivillén y el cubano Lienz Chang. Sus intervenciones cortaron la respiración. Si compenetrados y virtuosos estuvieron en Nocturno, la coreografía de Ray Barra con música de Antonín Dvorák, brillantes se mostraron en Ma Paulova, un paso a dos de la coreografía Meditation de Tahis de Roland Petit sobre la música de Jules Massenet en el que el creador francés homenajea a la célebre bailarina rusa. Uno de los momentos álgidos fue ver cómo López-Crevillén se deshacía en múltiples pirouettes entre los brazos de Chanz. Madurez y oficio en simbiosis perfecta.

El programa, compuesto por nueve breves coreografías, estaba hábilmente confeccionado para crear un crescendo emocional en el espectador hasta llegar al final de la primera parte en que Igor Yebra bailó el paso a dos del segundo acto de Giselle con coreografía de Rudolf Nureyev. Su salida a escena no pudo ser más espectacular. Cubierto con una capa de terciopelo y portando unos lirios en las manos, Yebra cruzó el escenario hacia la tumba de su amada. Con una técnica nítida bailó junto a Malenie Hurel, del Ballet de la Ópera de París, este lírico paso a dos. La fría interpretación de Hurel apagó, sin embargo, la vital juventud de Yebra.

El público se reconcilió con el bailarín en La muerte del cisne, el célebre solo concebido por Fokine para Pavlova, que abrió la segunda parte y que Igor Yebra ofreció en su particular versión. La música de Saint-Saëns acompañó el cuerpo desnudo del bailarín, cuyos brazos se quebraban como el aleteo de un cisne. Majestuoso y consciente de su seducción, bailó entregado esta coreografía que ha ajustado a la medida de su personalidad y en la que se percibe la influencia de Maurice Béjart, herencia directa de Víctor Ullate, con quien Yebra se formó. El bailarín volvió a convencer con El Corsario, donde lució un giro preciso y un elevado salto.

Las otras parejas de la noche también tuvieron su porción de gloria. Yat-Sen Chang y Simmone Clarke, ambos del English National Ballet, bailaron con un virtuosismo espectacular, que arrancó el espontáneo aplauso del público El Espectro de la Rosa, con coreografía de Mikhail Fokine y música de Carl Maria von Weber, y Diana y Anteón, de Agripina Vaganova sobre música de Riccardo Drigo.

Con el paso a dos de Carmen, con coreografía de Amadeo Amodio, los bailarines italianos Riccardo Di Cosmo y Letizia Giuliani efectuaron una intensa interpretación de la obra de Bizet, al igual que lograron una correcta ejecución de Spartacus, de Yuri Grigorovich con la intensa música Aram Katchaturian, que llegó a ensombrecer la interpretación de los bailarines.

Al final, el público aplaudió a todas las parejas de bailarines con diferentes grados de intensidad, pero con el suficiente entusiasmo como para obligarlas a salir al escenario a saludar en repetidas ocasiones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de agosto de 2005