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Ciencia recreativa | GENTE

McClintock en la mente

Les resumo en dos frases el artículo de ayer. Si clonamos 100 veces a Sherlock Holmes, 50 clones no lograrán resolver el caso de la banda de lunares por mucho que los entrenemos para ello, pero los otros 50 lo resolverán por mucho que nos empeñemos en evitarlo. La razón es que el circuito neuronal óptimo para la lógica deductiva se debe a los genes y al azar, mitad y mitad, sin que el entrenamiento ni otros factores del entorno sociocultural puedan hacer gran cosa. Es la pesadilla determinista postulada por el psicólogo de Harvard Steven Pinker, y ayer les prometí una salida. Ahí va.

¿Han visto esas mazorcas de maíz con granos de distintos colores, y con manchas de distinto color en cada grano? Fue la gran genetista norteamericana Barbara McClintock quien explicó ese fenómeno a finales de los años cuarenta. Los granos son de distinto color porque cada mazorca proviene de un ramillete de flores, y cada flor puede ser fecundada por un polen distinto. Pero las manchas de cada grano se deben a que, durante el desarrollo del grano, una célula sufre el salto de una pequeña pieza de material genético, lo que hoy llamamos un trasposón. El trasposón se puede insertar cerca de un gen y alterar su actividad. A veces esos genes tienen relación con la pigmentación del grano. Tras el salto del trasposón, la célula sigue dividiéndose y el conjunto de sus descendientes forma una mancha de distinto color que el resto.

La nave LINE 1 humana, introducida artificialmente en un ratón, empieza a saltar por su cerebro en desarrollo

McClintock sabía que ese descubrimiento era muy importante, y su nulo impacto entre los científicos de la época la dejó desolada. Al parecer, toda la profesión tenía perfectamente claro que los genes eran inamovibles, y nadie estaba dispuesto a dejarse aguar la fiesta por un par de mazorcas con la cara manchada. A los 81 años, cuando por fin recibió el premio Nobel, la genetista se vengó en la cena de Estocolmo con estas palabras: "Debo admitir que al principio me sentí sorprendida, y después confundida. Nadie me invitaba a dar clases o seminarios, ni a intervenir en comités o tribunales académicos. Pero ese largo intervalo resultó ser una delicia. Me dio una completa libertad para seguir investigando por puro placer y sin interrupciones".

Hoy sabemos que la mitad del genoma humano consiste en los restos del naufragio de millones de antiguos trasposones. Pero todavía hay un trasposón humano capaz de navegar, y se llama LINE 1. Fred Gage y su equipo del Instituto Salk de California han comprobado (Nature, 16 de junio) que la nave LINE 1 humana, una vez introducida artificialmente en un ratón, empieza a saltar por su cerebro en desarrollo. Las células precursoras de ciertas neuronas pierden el LINE 1 de su posición genómica original, y las precursoras de otras neuronas lo ganan en una nueva posición. Si los resultados son extrapolables al desarrollo humano, como parece muy probable, implican que el cerebro de una persona adulta no es genéticamente uniforme, como se creía, sino que consiste en un mosaico de zonas con distintas posiciones de LINE 1 en sus genomas, como la mazorca de McClintock. Bien, ¿qué tiene esto que ver con los clones de Sherlock Holmes?

Mucho, porque LINE 1 no navega a la deriva por el cerebro, sino que tiene querencia por los genes importantes para las neuronas. Cada neurona contiene el genoma humano completo, pero el trasposón prefiere insertarse cerca de los genes que están activos durante el desarrollo del cerebro. Estas inserciones pueden tener efectos muy relevantes. Gage ha podido comprobar que una de ellas activa un gen que convierte las células madre cerebrales en neuronas de pleno derecho. Los efectos sobre la función de un área cerebral pueden ser notables.

Los genes explican la mitad de la variedad psicológica humana, y los saltos de LINE 1 pudieran muy bien explicar la otra mitad, la que Pinker atribuye al azar. Cuanto menos azarosos sean los saltos de LINE 1, menos razón tendrá Pinker, y más tendrá McClintock.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de agosto de 2005