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Reportaje:

Colores del origen del mundo

Cactus y barrancos en los rotundos valles calchaquíes

Los cerros multicolores de Purnamarca y el parque nacional de Los Cardones. De Salta a Cafayate, un sinfín de cuestas. Y las quebradas de las Conchas y de las Flechas. Geología esencial.

Existe cierto tipo de paisajes en los que uno se ve ver, se ve entre las cosas, entre los demás, en el decorado abierto de lo natural cuando lo natural resulta incontestable, imagen en la que uno está incluido y que, al mismo tiempo, está fuera de sí mismo. Recorriendo hacia el sur los valles calchaquíes, en el camino de Salta hacia Cafayate, a medida que ascendemos las nubes de la subcordillera andina nos van dando la pauta de nuestra altura. Atravesamos los pastos intermedios de las Yungas de la quebrada que forma el río Escoipe como un paisaje casi irreal, una selva media esclafada entre la sequedad inferior del valle y la superior de la cumbre, como si la humedad hubiese nacido abruptamente del corazón de la sequedad con tanta fuerza que se hubiese desintegrado en unos segundos. Se siente la pesantez de la altura como un marco que refuerza la gravedad de la tierra y al llegar al altiplano del parque nacional de Los Cardones el paisaje se vuelve antiguo y seco como un pez fósil.

En la Quebrada de las Flechas, junto a la población de Angastaco, el viajero puede por fin dejar de verse y aprender la lección de este paisaje; cruza un camino profundo y entiende; este amarillo, este rojo, este azul, esta luz tan joven, son los colores y la luz del primer día del mundo. El mundo acaba de nacer y todo es virgen

Nos hemos acostumbrado a concebir el origen del mundo como un vergel, a poblarlo de vegetación, a llenarlo en definitiva, y sin embargo ésa es precisamente la primera idea que queda obsoleta cuando se ingresa en este desierto de quebradas y cactus. De pronto resulta mucho más natural y concebible considerar que el origen fuera así, como el paisaje de la Puna, vacío y plano en el inicio. En la Quebrada de las Flechas, junto a la población de Angastaco, el viajero puede por fin dejar de verse y aprender la lección de este paisaje; cruza un camino profundo y entiende; este amarillo, este rojo, este azul, esta luz tan joven, son los colores y la luz del primer día del mundo. El mundo acaba de nacer y todo es virgen.

Pero también es cierto que cada tierra precisa de unos habitantes a la medida de su nostalgia. Los de ésta, desde Cafayate y subiendo hacia el norte los ochenta kilómetros que ocupa la Quebrada de las Conchas, son dignos custodios de su paisaje. Quienquiera que haya contemplado un rostro inca habrá probado, en lo humano, el desasosiego y la fascinación que produce este desierto elevado a una altura imposible. Rostros y seres son aquí duros y antiguos como las figuras de las quebradas; su silencio no es tímido, su rubor no es ingenuo. A veces se llega a tener la impresión de que para ellos las explicaciones tienen poca importancia, y que viven aún, de una manera un tanto mágica, en una era de la evidencia en la que el mundo está cargado de sentido porque no ha dejado de ser cierta la presencia de los dioses. Si, a su vez, nosotros les resultamos inexplicables a ellos es quizá porque no entienden que para nosotros el mundo se haya vaciado de sustancia, que nuestros dioses se hayan cansado de jugar y nos hayan abandonado. Su mundo tiene dioses, por tanto es denso. El paisaje que para nosotros se sucede como en imágenes, para ellos es un objeto colmado, un continuum.

Trinidad incaica

A los lados del camino, las Humitas, unos altares pequeños como hornacinas, señalan al mismo tiempo los lugares en los que ocurrieron muertes trágicas y la presencia del dios en ellos, esa trinidad incaica, Inti (Sol), Quilla (Luna) y Pasha (Virilidad-Maternidad), que el sincretismo religioso trasladó, sin llegar a perderla del todo, a la cristiana, y que sigue manteniéndose intacta. Y estando aquí parece cierto: "¿Qué otra cosa puede adorarse sino el Sol?". La pregunta parece incaica, pero en realidad es de Rousseau...

Si hay un lugar que resume la rotundidad de los valles calchaquíes, ese lugar es Salinas Grandes. Viajar hacia allí desde Purnamarca es algo semejante a asistir a una mutación, en primer término porque es necesario ascender hasta los 4.000 metros. Se siente, más que nunca, la presión. Lejos del vacío que uno podría suponer, lo que la pesantez de la altura provoca es más bien una impregnación, una especie de sustantivación inmediata. La montaña, hermética al ser vista desde abajo, al ser ascendida ha sido, a la vez, penetrada, se ha llenado de significado sólido. La ascensión se convierte así en una especie de inmersión del cuerpo en la montaña. Desde esa altura máxima del alto de Lipam se ve, si el día es bueno, el destello a lo lejos del antiguo mar interior formado hace miles de años por el encuentro de las placas tectónicas del Pacífico y el Atlántico. Desecado ya, el resultado conforma una enorme salina en la que a medida que el viajero se acerca en el descenso la luz es tan blanca que hiere. Si se va a última hora de la tarde, se asiste al prodigio. La luz, la temperatura, las montañas, todo, se vuelve azul. O tal vez sería más exacto decir que "nace", como si el luminosísimo blanco del día hubiese estado preñado de ese color. En ese instante, en el brevísimo instante en el que blanco y azul se unen en el frío de la salina, en que el color se hace objeto, la sal se hace hombre y el silencio se llena de la última luz, se tiene por un momento esa gloriosa sensación de que la tierra es todavía un lugar sagrado, incomprensible.

Andrés Barba (Madrid, 1975) es autor de Ahora tocad música de baile (Anagrama).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de agosto de 2005