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Reportaje:El último genocidio europeo

Srebrenica, diez años después

Cuando se cumplen 10 años del verano más sangriento del conflicto de Bosnia, Juan Goytisolo, que visitó en aquella época los escenarios bélicos y denunció el silencio internacional sobre los crímenes de guerra, recuerda las matanzas de Srebrenica, en las que miles de prisioneros fueron asesinados en cuestión de días, como "el mayor genocidio ocurrido en Europa desde el fin de la II Guerra Mundial". El escritor afirma que nunca ha sentido "tanto asco por el pragmatismo del que suelen hacer gala los políticos como aquellos días en los que la población civil inerme de Sarajevo esperaba inútilmente a Godot".

En las semanas precedentes a mi tercera y última visita a Sarajevo durante sus cuarenta meses de asedio, 1a ofensiva croata en la Krajina, con la consiguiente expulsión o huida de la minoría serbia, había precipitado la respuesta de los ultranacionalistas de Karadzic y Mladic: el asalto y conquista de los últimos enclaves bosniomusulmanes teóricamente protegidos por la ONU. Se intentaba así poner al día, conforme a las nuevas realidades creadas por la fuerza de las armas, el acuerdo pragmático entre Milosevic y Tudjman tocante al reparto de Bosnia-Herzegovina a costa del Gobierno legítimo de Sarajevo. Desde la irrupción de los Águilas Blancas de Arkan y los Tigres y Escorpiones paramilitares en las poblaciones sitiadas, poco o nada se sabía oficialmente de la suerte de sus habitantes. Milosevic callaba, Unprofor también, y la comunidad internacional, con la Unión Europea al frente, miraba a otro lado y fingía ignorar lo acaecido. No obstante, desde mi llegada a la ciudad el 20 de agosto de 1995, el rumor de las matanzas se había extendido y afianzado con el testimonio directo de algunos supervivientes. Pero la prensa internacional -las grandes agencias informativas y los escasos corresponsales acreditados en una ciudad en la que el horror no era ya noticia- no daba cuenta de ello: seguía la pauta de los mandos de Unprofor, de acuerdo con las declaraciones tranquilizadoras del comandante holandés destacado en Srebrenica, Robert Franken, según las que "la evacuación del enclave se [había] realizado de acuerdo con las normas de la Convención de Ginebra".

Milosevic callaba, Unprofor también, y la comunidad internacional, con la UE al frente, miraba a otro lado y fingía ignorar lo acaecido en la Krajina

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Había ido a Sarajevo con una acreditación de Le Nouvel Observateur, para el que escribí las 'Estampas de una ciudad todavía asediada', publicadas simultáneamente en sus páginas y en las de EL PAÍS cuatro días después de los intensos bombardeos de castigo de la aviación norteamericana a las posiciones serbias del monte Igmán y las montañas desde las que llovían a diario los obuses y morteradas. Mi experiencia de la colusión de Unprofor con los sitiadores y la larga lista de infamias de las que había sido testigo o que conocía a través de fuentes de toda confianza, avalaban mis sospechas sobre lo que se escondía bajo este incomprensible silencio.

Atropellos y crímenes

A la política descaradamente proserbia de Mitterrand, al "realismo" de lord Owen y Butros Gali y a los elogios del general Briquemont al "profesionalismo" de los oficiales de Karadzic se sumaban una serie de hechos que evoqué en mi Cuaderno y en diferentes artículos posteriores al mismo: el asesinato del vicepresidente bosnio, sacado a la fuerza de la tanqueta que lo transportaba del aeropuerto al edificio de Correos de Sarajevo ante los ojos de los soldados franceses que lo custodiaban sin que éstos movieran un dedo para salvarlo (su jefe, el coronel Sartre -¡pobre Jean- Paul!- fue incluso condecorado luego con la Legión de Honor); el secuestro impune de militares de Unprofor por las huestes de Karadzic como instrumento de presión y chantaje para lograr sus fines; las atrocidades cometidas a la entrada de los patriotas en el enclave, asimismo protegido, de Bihac, con la repugnante fotografía del chiquillo a quien habían encasquetado un fez turco en medio del jolgorio de la soldadesca; la tentativa desesperada de Srebrenica de retener de rehén al general Philippe Morillon, al que la prensa francesa enhestaba a la categoría de héroe y denominaba Philippe de Bosnie, y que calló como un muerto después del genocidio, pese a que se había comprometido a impedirlo ante las futuras víctimas.

Tantos y tantos atropellos y crímenes no auguraban nada bueno, y el comentario del inefable mediador de la ONU, Yasoshi Akashi, a los acontecimientos -"los serbios tenían motivos justificados para atacar el enclave"- ponía la guinda al nauseabundo pastelón de mentiras, manipulaciones y complicidades inconfesables con el que se ocultó la verdad de la limpieza étnica de la población musulmana de Bosnia: el mayor genocidio ocurrido en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Nunca he sentido tanto asco por el pragmatismo del que suelen hacer gala los políticos como aquellos días en los que la población civil inerme de Sarajevo esperaba inútilmente a Godot.

Mi familiaridad de lector con el casticismo cristiano viejo español y su reinterpretación por Manuel García Morente y los heraldos de la Falange, me habían preparado para entender mejor que mis colegas europeos y norteamericanos, educados en unos principios menos burdos y atávicos, el discurso vertebrador del totalitarismo identitario serbio, en su busca obsesiva de una pureza étnica, nacional y religiosa exaltada por la Iglesia ortodoxa y los escritores al servicio del mito. En Sarajevo. Diario de un éxodo, Dzevan Karahasan observa que, para los poetas y novelistas mitólogos, la pertenencia al grupo étnico dotado de una misión nacional y de un imperativo histórico, determina el destino y conducta de sus miembros, de forma que todos ellos "sienten, desean, respiran y piensan de acuerdo con su filiación". Tal unanimismo colectivo, presente en el teatro de Lope de Vega y de otros autores del Siglo de Oro, refleja fielmente una tradición castiza: la de una supremacía identitaria dogmáticamente asumida en las costumbres a lo largo de los siglos tanto en Serbia como en España.

Las concomitancias entre el esencialismo español de raíz cristiano vieja, expuesto por García Morente, Ramiro de Ledesma o José Antonio Primo de Rivera, con el de Dobrica Cosic -para quien la comunidad patriótica aparece como Dios y su pertenencia a ella como un destino- no son episódicas ni circunstanciales. En ambos casos, "la patria es la unidad de destino en lo universal", según la conocida fórmula joseantoniana. Si el serbio vital exige que cuanto se oponga a su misión desaparezca o se someta al imperio de su palabra, el caballero español de García Morente, "se siente llamado a cumplir una misión", esto es, "desenvolver su propia esencia hasta el término final y completo". El número de víctimas de esta voluntad rectilínea de imperio -en la España de 1936-1939, en la ex Federación yugoslava en la pasada década- no cuenta. La Patria Eterna los bendecirá.

Misión mesiánica

Como dice la antropóloga belga Christiane Stallaert, "desde el convencimiento de que el propio pueblo es el que más responde a la imagen de Dios sobre la tierra, los responsables de la política etnicista se sienten investidos de una misión mesiánica de alcance universal que los induce a imponer su propio orden étnico al mundo entero". La retórica esencialista e identitaria lleva consigo, en efecto, el desbordamiento sangriento de la limpieza étnica o ideológica por parte de los supuestos héroes o caudillos: las diferencias étnicas, religiosas o lingüísticas, una vez convertidas en un muro insalvable, transforman al compatriota diferente en un cuerpo extraño. Los españoles rojos no eran españoles rojos, sino rojos a secas; los musulmanes bosnios, deseslavizados de un plumazo, pasaron a formar parte del aborrecido invasor turco de 1389.

Si la exaltación delirante del totalitarismo identitario desde la accesión de Milosevic al poder auguraba la destrucción de la Federación Yugoslava y el inicio de las campañas de limpieza étnica, la brutalidad de un genocidio a la escala del perpetrado en Srebrenica creaba una situación inédita para sus responsables y ejecutores. ¿Creían en la posibilidad de ocultarlo a la opinión mundial?, ¿confiaban en que ésta lo aceptaría como una consecuencia de la realpolitik en el trazado de las nuevas fronteras?

La suerte de las armas

Como nos muestra la experiencia, el conocimiento o disimulo de las matanzas colectivas y de otros crímenes contra la humanidad depende en gran parte de la suerte de las armas. La historia la escriben los vencedores y sus atropellos caen en el olvido. La apuesta de los líderes de Belgrado y Pale, compartida con los mandos de Unprofor, por una victoria militar serbia sobre la Armiya bosnia, partía de 1a creencia en la impunidad y en el silencio impuesto a las víctimas. Lo acaecido en los tres años y pico del asedio a Sarajevo les reconfortaba en la idea de que Europa y Naciones Unidas se encogerían de hombros. Si todo el mundo había cerrado los ojos ante los horrores de Foca, Vishegrad o Bihac, ¿por qué no lo haría una vez más? Con todo, los matones de Pale no habían advertido una serie de cambios en el contexto internacional del conflicto. La muerte de su protector Mitterrand y la reacción de Chirac a su última y humillante toma de rehenes franceses, la creciente impaciencia de Clinton ante la ineficacia de Unprofor y la parálisis de la Unión Europea ponían a prueba la solidez de la política de no intervención en la que se amparaban para cometer sus fechorías. Sin los bombardeos americanos ni la imposición de los paticojos e injustos Acuerdos de Dayton, es muy probable que la masa de pruebas reunidas por la Corte Internacional de La Haya hubiera corrido la misma suerte que las del empleo de armas químicas por Sadam Husein en el frente iraní, de la destrucción de Hama por el régimen baazista o del genocidio armenio durante la Primera Guerra Mundial. Como escribió Tito Livio sobre la derrota de los galos, Vae victis!

La ocultación deliberada de la magnitud del genocidio de Srebrenica durante casi dos meses obedecía a la situación de parálisis de Unprofor, la OTAN, la ONU y la Unión Europea, parálisis provocada por sus diferentes enfoques de dar fin al conflicto. Excluida la victoria total de Karadzic y la entrega de Sarajevo a sus asediadores, se imponía la necesidad de forzar un acuerdo entre las partes que desembocaría semanas más tarde en Dayton. Tras lo ocurrido en el enclave protegido de Bihac, la creciente presión de la opinión mundial forzó a Clinton a intervenir decisivamente en el conflicto. Días después del inicio de los bombardeos de castigo, las agencias de prensa divulgaron al fin la información retenida.

Aislados del mundo

El 22 de agosto, unos amigos de la Armiya bosnia me acompañaron al departamento de traumatología del hospital sarajevita de Kosovo, en donde pude entrevistar a tres heridos -uno de ellos con la pierna amputada- que lograron refugiarse en la capital bosnia tras la entrada de las milicias de Mladic en los enclaves sin protección divina ni humana de Srebrenica y Zepa. Dos días después, publiqué en EL PAÍS (Llovió sobre nosotros un diluvio de fuego, 24-8-95) el testimonio de uno de ellos, del que reproduzco los siguientes párrafos:

"Durante más de tres años vivimos aislados del mundo, cercados y bombardeados por los serbios, padeciendo de hambre y de frío, sin medicamentos ni medios de tratar decentemente a los heridos y mutilados por minas y morteros. Las milicias de Karadzic impedían el paso a los convoyes humanitarios y se apoderaban de la comida y medicinas destinadas a los sitiados sin que la

[Fuerza de Protección de las Naciones Unidas] Unprofor moviera un dedo para impedirlo".

"Cuando los chetniks (radicales serbios) iniciaron el asalto e irrumpieron en la zona protegida por la ONU, el comandante holandés -que luego vi fotografiado, brindando con champaña, tras la ocupación del enclave, con el general serbio Mladic- nos mintió. Aseguró al alcalde que los aviones de la OTAN bombardearían las líneas serbias e impedirían el asalto. En realidad, se reunió con Mladic y pactó con él el lugar en donde arrojarían las bombas: un campo desierto, con un viejo tanque inservible".

"Luego cayó sobre nosotros un diluvio de fuego. El alcalde pidió a Unprofor que amparara en su cuartel a los heridos, pero el jefe rehusó. Los chetniks llegaron a la ciudad y ocuparon sin resistencia el campo militar holandés. Cuando vimos que nos habían vendido tratamos de huir. Unos centenares de adultos y jóvenes que se rindieron fueron fusilados. Alrededor de quince mil hombres escapamos a campo traviesa intentando alcanzar las líneas bosnias. De ellos, sólo tres mil quinientos salimos con vida. Los restantes han desaparecido, y me temo que nadie los volverá a ver".

"El 11 de julio, cuando cedió el último bastión de la resistencia en Srebrenica, partimos hacia Tuzla en fila india, a causa de los campos de minas. Formábamos una columna de casi diez kilómetros de largo. A lo largo del trayecto nos tendían emboscadas. Dejamos la pista sembrada de cadáveres y debíamos cargar con los heridos. Por fin, entramos en una zona montañosa cubierta de bosque y maleza. Cuando creíamos haber dejado atrás el peligro, nos encontramos con que los serbios nos esperaban abajo con ametralladoras y morteros. Dispararon sobre nosotros y nos lanzaron unos gases que me desestabilizaron y me hicieron perder el sentido de la orientación. Un grupo de soldados quiso rendirse y agitó una bandera blanca. Creían que así iban a salvar la vida y fueron ametrallados y degollados. Los heridos que tuvimos que abandonar corrieron la misma suerte. (...)".

"Los supervivientes retrocedimos y volvimos al monte. Yo buscaba desesperadamente a mi padre entre los muertos y heridos que yacían en el bosque, pero no di con él. En el trayecto de retorno a Srebrenica había pilas de cadáveres en descomposición, devorados ya por buitres. El hedor era insoportable. (...)".

"En todos lados había cadáveres, fosas comunes, bandadas de buitres. Teníamos que cruzar de nuevo las líneas serbias, y lo logramos gracias a un camarada que conocía bien las pistas de montaña. Dormíamos ocultos de día y caminábamos de noche".

"Al aproximarnos a Srebrenica vimos que los chetniks habían incendiado todos los pueblos del enclave y no quedaba un ser vivo. Entonces decidimos huir a Zepa, ignorando que en aquel preciso momento sufría el asalto de las tropas de Mladic. Caminamos dos días y dos noches para descubrir el mismo espectáculo: cadáveres, tierra quemada, bombardeos indescriptibles, visiones del horror. Acudí al hospital a curar a los heridos. El comandante del batallón ucranio, que solía ir a beber vodka al cuartel de campaña de Mladic, no hizo nada para proteger a la población civil. Las mujeres que acudieron a suplicarle ayuda fueron violadas por los chetniks en las mismas barbas de los soldados de Unprofor. Luego oí decir que Mladic soltó a estas pobres jóvenes: 'Vais a tener el honor de ser las esposas de mis valientes soldados".

Testimonio

Este testimonio fue el primero en romper el vergonzoso silencio en torno a lo acaecido. Sadik Ahmatovic, ex estudiante de Medicina en la Universidad de Belgrado a quien la guerra pilló en Srebrenica, su pueblo natal, sintetizó en él todos los elementos y factores del drama. Si la cifra total de víctimas -unas ocho mil y pico- fue inferior a sus estimaciones, lo esencial está allí: la rendición del batallón holandés de Unprofor, la matanza de casi la totalidad de la población masculina del enclave, la barbarie sin límites de las milicias de Mladic. Pero si los responsables del Holocausto fueron juzgados en Núremberg y pagaron por sus crímenes, los del totalitarismo identitario de la Gran Serbia en Bosnia siguen en libertad. El carnicero de Srebrenica fue visto hasta hace un año en el estadio de fútbol y en los restaurantes de lujo de Belgrado. El poetasiquiatra permanece oculto en algún lugar de la entidad serbobosnia creada en Dayton, probablemente en uno de los monasterios de la Iglesia ortodoxa que le proclamó en plena guerra "hijo predilecto de Jesucristo". Sólo su detención y enjuiciamiento, con Milosevic y los demás responsables de crímenes contra la humanidad, tanto de Serbia como de Croacia, puede reivindicar la memoria de las víctimas y mostrar a la opinión pública de Belgrado y Zagreb el verdadero rostro de sus presuntos héroes y patriotas.

No quiero terminar esta evocación del genocidio de la población musulmana de Bosnia sin referirme a sus previsibles consecuencias. Imaginar que la cobardía, complicidad e impotencia de los países occidentales que gestionaron el asedio de Sarajevo y de los demás enclaves supuestamente protegidos, no iban a pasarles factura es vivir fuera de la realidad. En otra ocasión reproduje la carta de un soldado francés de Unprofor de origen argelino en la que, tras dar cuenta de las matanzas, torturas, violaciones de niñas y fosas comunes de Bihac, concluía: "Mis superiores me prohibieron divulgar los hechos que acabo de describir. Pero yo desobedezco sus órdenes para denunciar los crímenes odiosos y bárbaros y he decidido volver a Bosnia para continuar allí, por mi cuenta, la lucha contra el sadismo de los extremistas de Karadzic". Su reacción fue la de centenares, tal vez millares, de voluntarios musulmanes procedentes de Europa, Oriente Próximo y el Magreb. Conversé con algunos en Split y Sarajevo, y advertí su creciente radicalismo religioso y convicciones yihadistas. Fueron ellos, junto a los combatientes árabes de Chechenia, la punta de lanza de un proyecto estratégico global que fraguaría en Afganistán y culminaría con la creación de Al Qaeda y los monstruosos atentados del 11-S y e1 11-M. Como escribí en aquellas fechas al denunciar la pasividad de las democracias occidentales y su indiferencia a cuanto ocurre en zonas ajenas a sus intereses económicos y estratégicos, sus secuelas iban a salpicarnos a todos. Una vez abierta la caja de Pandora, ¿quién alcanzaría a cerrarla?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de julio de 2005

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