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Reportaje:TOUR 2005

Unas gafas en el paso del Gois

Zülle perdió sus lentes y 4 minutos en una caída en 1999 y propició el primer triunfo de Armstrong

"¿Qué buscarán: mejillones o las gafas de Zülle?". La pregunta del paseante, surrealista aparentemente, no dejaba de tener su pertinencia en aquel paraje. Un camino de asfalto de apenas cuatro kilómetros y medio que une el continente con la isla de Noirmoutier, en la costa atlántica francesa. Un camino invisible cuando la marea está alta, un camino que se abre en el mar cuando baja la marea, una llanura en la que los lugareños recogen habitualmente animales con concha, pero que estos días de asedio del Tour se ha convertido prácticamente en yacimiento arqueológico para los mitómanos del ciclismo, un lugar llamado paso del Gois. Prehistoria ciclista -aquí empezó a ganar Lance Armstrong su primer Tour- a tres kilómetros del puente en el que ayer el tejano empezó a ganar el séptimo.

El paraje es casi un yacimiento arqueológico para los aficionados mitómanos

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El Tour lleva a la gloria a quien sube sin oxígeno por cuestas inhumanas, al que pedalada tras pedalada llega a tocar el cielo, al que metiendo codos alcanza el primero la meta con un golpe de riñón imponiéndose al sprint y al que se vuelve loco, se escapa y, en contra de cualquier lógica, llega antes que nadie, pedaleando en solitario. Pero en el Tour hay recuerdos que hablan de caídas. Y, cuando el ciclista cae, crujen los huesos, corre la sangre, acecha la muerte.

La fractura de cráneo que Casartelli sufrió al golpearse contra un mojón en la bajada del Portet d'Aspet mató a la persona, pero dio vida a la leyenda, a su leyenda. En 1960, Rivière se partió la columna en dos bajando el col del Perjuret, en el macizo central; Ocaña se dejó el hombro y un Tour en el de la Menté, en los Pirineos, en 1973, y Beloki algo más que la cadera, hace sólo dos años, cuando conducía a Armstrong en un descenso con el que buscaba subir peldaños en el podio de los Campos Elíseos. La bajada fue tan rápida que le mandó en avión a un hospital de Vitoria.

Pero la carretera no sólo rompe huesos y las ilusiones de los corredores con caídas en el descenso de las grandes cimas. No hace tanto tiempo, en 1999, Zülle perdió sus gafas y las posibilidades de ganar el Tour entre fango, algas, ostras y caracolas. Fue en el passage du Gois. Un paso de 4,5 kilómetros construido en el siglo XVIII sobre nueve balizas y que hasta 1971, cuando se construyó el nuevo puente, fue el único camino a la isla.

La imagen era dantesca al final de aquella etapa entre Montaigu y Challans: sobre el miope suizo cayeron a decenas los ciclistas; otros lo hicieron sobre las rocas eternamente húmedas; los más afortunados rodaron sobre el barro que deja la marea al bajar y bordea el camino mojado, cubierto de algas. Dicen que Zülle se cayó porque sabía que allí era fácil caerse y se puso nervioso. Otros sostienen que se le empañaron las gafas por efecto de la humedad.

Tan cierto es que para los muchos turistas que acuden cada verano a la isla (11.000 habitantes en invierno, más de 150.000 en verano), resulta inolvidable el paseo por el paso del Gois como que tampoco Zülle olvidará nunca ese brazo de piedra sobre el océano Atlántico. Aquella caída le costó cuatro minutos; Armstrong le sacó apenas 5m 5s al llegar a París.

No, Zülle no lo olvidará. Pero hay quien sigue buscando sus gafas cada vez que, cuando baja la marea, cruza por el paso del Gois.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de julio de 2005