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Crítica:

Impresionismo

Soledad Sevilla ha encontrado en el paisaje de Huelva el material para sus obras más recientes. Sus pinturas recrean, a través de detalles de la vegetación, el estado emocional que éstas provocan. Una suerte de impresionismo de nuestro tiempo.

Los pintores "plenairistas" de finales del siglo XIX solían salir al campo en busca de aquellas experiencias estéticas que pueden ofrecer ciertos fenómenos ambientales, tales como los deslizamientos en la intensidad de la luz o el cambio en los matices del color. Cuando quedaban emocionalmente cautivados por algún fenómeno atmosférico pintaban un cuadro que les servía para poder retener el estado emocional o para recordar las particulares condiciones del lugar. A ese tipo de actividad plástica se denominó "impresionismo".

Ahora, cuando se contemplan las últimas obras de Soledad Sevilla (Valencia, 1944) se puede volver a hablar de impresionismo. Ella ha encontrado en el asentamiento onubense de El Rompido un lugar sobre el que proyectarse sentimentalmente y, de la misma manera que lo haría cualquier pintor de finales del siglo XIX, ha recreado pincela a pincelada, brizna a brizna, hoja a hoja, el estado emocional que suscitan los espacios, las luces, los sonidos y, en general, el ambiente de aquel lugar.

SOLEDAD SEVILLA

Galería Soledad Lorenzo Orfila, 5. Madrid

Hasta el 15 de julio

En estas obras se pueden

apreciar representaciones de elementos reconocibles, como hojas y ramas de una vegetación exuberante que, trepando sobre las ruinas de una almadraba abandonada, invaden las resquebrajadas construcciones. Sin embargo, Soledad Sevilla huye en estas obras de la descripción, sus cuadros no nos dicen nada sobre cómo es físicamente el lugar concreto o qué volumen y dimensiones posee la nave de la almadraba.

Lo que nos intenta mostrar es lo que ha sentido ella en ese lugar para lo cual recurre a la abstracción, sirviéndose de la articulación de pinceladas que se repiten mecánicamente generando la convincente sensación de ramaje o follaje, o por medio de la instalación de una cascada de hojas de diferentes formas que, serigrafiadas y troqueladas, generan una contundente cortina de plateada hiedra que cae desde el techo de la galería.

La decisión de apartarse de la copia mimética (necesariamente caricaturesca) para destilar un lenguaje abstracto de trazos que expresan la meta-imagen de lo captado por los sentidos aleja a estas obras de lo meramente perceptivo para introducirlas en el discurso más amplio de la cultura plástica. Así, reclama la artista los nombres de Malevich o de Cy Twombly como referentes de su trabajo, lo que se hace evidente en el recurso a la estructura de un cuadrado inscrito en otro o en la calidad caligráfica de los trazos. Sin embargo, el exceso de explicaciones, el hacer evidentes los referentes, tanto reales como culturales, provoca que las obras se vean desposeídas del aura del encanto que se espera suscite el ejercicio libre de la sensibilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de junio de 2005