MÚSICA

Para los goces del viajero

QUE CUENCA es una de las ciudades más sorprendentes que se puede encontrar cualquier viajero es cosa sabida. Por su situación, su arquitectura, sus museos, sus iglesias y, claro está, sus casas colgadas. La semana lo sabe y usa el lugar con inteligencia. Los conciertos, además de en el Auditorio que da a la hoz del Huécar, se celebran en la desafecta iglesia de San Miguel, de una sonoridad excelente, en el convento de Las Petras -en plena plaza Mayor-, en el de las religiosas justinianas de San Pedro, en el monasterio de la Concepción Francisca y, extramuros, en esa joya románica que es la iglesia de Arcas. Sin olvidar el Museo de la Fundación Antonio Pérez, cuya sala dedicada a Millares es uno de los lugares más sobrecogedores para escuchar músicas como, por ejemplo este año, la de Johann Sebastian Bach.

No hay que olvidar las procesiones, la calle tomada por un pueblo que vive estos días de manera muy especial. Ni, desde luego, los placeres de una carne que se debilita de tanto darle la razón al espíritu y de tanto subir y bajar cuestas. Del morteruelo al pisto manchego, de los vinos de Manchuela a los de Tarancón -buenos, bonitos y baratos-, el aficionado que se deje tentar -valga la expresión- podrá pecar y ser perdonado en la misma operación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0018, 18 de marzo de 2005.

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