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COLUMNA

Papa

Juan Pablo II ya ha muerto varias veces. Y acaso ésta sea la última vez que lo hace, aunque puede que todavía vuelva a suceder unas cuantas ocasiones más antes de que su cuerpo ya no pueda ser apuntalado ni reanimado en el Policlínico Gemelli, al que su propio historial médico ha consagrado como un estado de destilación intermedio entre la biología y el espíritu, entre el Vaticano y el cielo. Esta muerte repetida, con una agonía prolongada y abundantes caídas con el báculo a cuestas, ha establecido un conmovedor paralelismo con la pasión de Cristo. Incluso los ateos, los agnósticos y los fieles de otros irreconciliables credos se apenan ante la tortura que le inflige la dinámica del propio cargo, que le impone como condena derrumbarse a trozos con las botas puestas. Y éste es el más mediático y eficaz ejemplo de ecumenismo jamás suministrado por la Iglesia. En todos estos años Woytila ha expresado el sufrimiento del mundo en su propio gesto, elevando la ruina humana a la categoría de sacramento e inmolándose en el ejemplo como un mártir que se entrega a Dios totalmente desguazado por el quirófano. Juan Pablo II fue una estrategia de la OTAN para acelerar la caída del telón de acero desde dentro, poniendo en ebullición la boca del río Vistula para aumentar la presión en el puerto de Gdansk. Gran parte de la izquierda barbuda no sólo no le perdonó que fuera la quintacolumna de Ronald Reagan, sino que intensificó su animadversión con la exhibición de su triunfo, que Woytila metaforizó tirándose en plancha desde la escalerilla del avión en cualquiera de aquellos aeropuertos. Sin embargo, Juan Pablo II también ha sido el Papa que dio la razón a Galileo y que condenó la invasión de Irak, lo que ha contribuido, con la compasión del impacto de su degradación biológica y sin ser santo de su devoción, a rebajar su antipatía entre una izquierda que está a punto de reconocer que su papado incluso ha sido un motor de I+D+i aplicado a su figura como una ortopedia, desde el papamóvil a cualquiera de los sofisticados artilugios que su ocaso ha ido exigiendo. Y quizá ése sea el milagro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de febrero de 2005