LA CRÓNICA
Columna
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Jabalíes

En su Manual de zoología fantástica, Borges rescata la noticia de una cerda fantasmal que de noche se pasea por las calles y monta unos escándalos que tienen en vela a todo el pueblo; en vela temerosa, pues nadie ha salido nunca a ahuyentarla, ni siquiera a comprobar que se trata, como ellos suponen, de una cerda que arrastra una cadena. Aunque nadie la ha visto, dice Borges que los vecinos aseguran que "a veces se desliza sobre las vías férreas", y otras veces corre "por los cables del telégrafo produciendo un ruido infernal con las cadenas". Cada quién podrá interpretar a su gusto esta historia, pero a mí me parece que esa hembra escandalosa era más bien una jabalina, por nocturna y por su habilidad para correr por los cables del telégrafo.

Los jabalíes, que caminaban con un equilibrio digno de animal fantástico de Borges, quizá eran reyes

Hace unos días, ya sin Borges y en Barcelona, en una calle de Vallvidrera, vi como una familia nuclear de jabalíes -que constaba de jabalí, jabalina y dos jabatos- caminaba, vayan ustedes a saber por qué, alineada sobre una manguera, en una fila solemne y parsimoniosa, con el jabalí a la cabeza y el jabato más pequeño a la retaguardia. Era un domingo en la noche y yo caminaba, cargando un pastel que serviría de postre, buscando el número de una casa; caminaba detrás de la familia de jabalíes, que, aunque iban en línea sobre la manguera, ocupaban tres cuartas partes de la acera, y el intento de rebasarlos me parecía una temeridad y una imprudencia, más que nada por aquellos versos que están en la médula de La muerte de Antoñito el Camborio que en ese momento me parecieron proféticos y brutales: "Les clavó sobre las botas mordiscos de jabalí. En la lucha daba saltos jabonados de delfín". Así que, atemorizado por la idea de Lorca, seguí detrás de ellos, a su paso, sin presionar ni acercarme demasiado, por miedo a los mordiscos pero también por simple respeto a esos vecinos de Vallvidrera que efectuaban su paseo nocturno. Por la acera de enfrente, mientras decidía que lo mío era caminar detrás de la familia, pasaron de prisa, quizá porque llegaban tarde al sitio que iban, una jabalina seguida por cuatro graciosos jabatos, también en una fila ordenada por tamaños, el jabato robusto pegado a la madre y el más pequeño, de cabús. Luego pensé que los mordiscos en el poema de Lorca no los da un jabalí, sino el mismo Camborio defendiéndose como jabalí de sus agresores y esto me hizo confirmar mi decisión de mantenerme detrás de ellos, a su paso, observando su paseo de domingo sobre una manguera que empezaba a ser bastante ilustrativo, aleccionador incluso, pues el jabalí y uno de los jabatos se comportaban de la misma forma, el pequeño hacía lo mismo que el grande; si éste se detenía un momento a olisquear la llanta de un automóvil o la base de un basurero, el otro hacía exactamente lo mismo, mientras que la jabalina y el otro jabato, que seguramente era jabata, llevaban una actitud más bien distante, como si ellas hubieran sido las mujeres de la casa y fueran pensando que los hombres se distraen con cualquier cosa y que por más años que tengan siguen comportándose como críos.

Hace un poco más de un año, frente a la costa de Arenys de Mar, después de un temporal, fue avistado un cuerpo que nadaba mar adentro, con una energía y una resistencia francamente sobrehumanas; cuando la guardia costera fue a ver qué clase de atleta ejecutaba aquella proeza, descubrió que se trataba de un jabalí, que había sido arrastrado al mar por la corriente del río, o eso se dijo entonces porque viendo el gusto por los paseos que tienen los jabalíes de Vallvidrera, no parece tan descabellado que aquél hubiera elegido pasar la tarde nadando, hasta que llegó a arruinarle el paseo una lancha con sirena y altavoz. Pero aquél era un jabalí campestre, no un vecino de Barcelona como los elementos de la familia que yo seguía, ni como la jabalina y sus jabatos de la acera de enfrente, ni como ese jabalí solitario que vi, unos minutos más tarde, amedrentando a un pobre perro doméstico que pretendía acercarse a los desperdicios que había alrededor de un contenedor de basura, le gruñía y dejaba que la luna brillara un poco en sus colmillos, nada más; se trataba de un gesto hasta cierto punto civilizado, no parecía un cerdo salvaje a punto de dar "mordiscos de jabalí", sino más bien un vecino enfadado que defiende lo suyo, y es que se sabe que los jabalíes de Vallvidrera, que a veces se aventuran hasta la frontera de Sarrià, se han ido humanizando de tanto convivir con los vecinos, de verlos pasear y de comer sus alimentos en lugar de hacer el esfuerzo de depredar algo para alimentarse. Quizá lo que sucede es que el aburguesamiento de los jabalíes de Vallvidrera es una estrategia para regresar a la especie a su estado original, ese que tenían en el mundo celta, cuando estaban representados por Twrch Trwyth, el jabalí que le dijo al rey Arturo: "Yo era un rey que cambió de forma por un inexplicable maleficio". Quizá van hacia allá y puede que esa familia que caminaba con parsimonia sobre una manguera con un equilibrio digno de animal fantástico de Borges, fuera una familia de reyes; esto iba pensando cuando vi el número de la casa que buscaba, la casa de la cena para la que llevaba el pastel, y di un paso en dirección a la puerta. La maniobra no le gustó al jabato de la retaguardia, que ya se había acostumbrado a no ser el último, ni tampoco a su hermana, ni a la jabalina, ni al jabalí, que se paró en seco y dio la vuelta para verme y, supongo, para pedirme explicaciones. Antes de que algo sucediera brinqué detrás de la reja y subí las escaleras dando saltos jabonados de delfín.

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