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Tribuna:

La degeneración del neoconservadurismo

En estos días en que comienza el segundo periodo de la presidencia de Bush son muchas las especulaciones acerca de la perduración o no del programa neoconservador en sus varias vertientes. Lo que debe ser tenido muy en cuenta, de cualquier manera, es que bajo el calificativo "neoconservador" se ocultan una variedad de posiciones que vienen de lejos y obedecen a razones plurales. Vista la cuestión con la perspectiva que dan las tres últimas décadas, resulta que en el "neoconservadurismo" lo decisivo fue el factor "neo" más que la procedencia conservadora. En esencia fue un movimiento plural, reacción ante una serie de realidades de política interna y exterior. Pero, como en tantas ocasiones ha sucedido en la historia, se pasó de la crítica justificada, total o parcial, a unas posiciones beligerantes excesivas, simplificadoras y estériles. Recuérdese el caso del socialismo de izquierdas al final de los años setenta: a base de criticar al capitalismo y el comunismo existentes, pergeñó la tesis de un socialismo "inencontrable", como le denominó Aron. Los excesos en la evolución ideológica suelen producir patologías. El mundo está poblado de supuestos ultraliberales que fueron estalinistas y de aristocratizantes individualistas entusiastas en su sedicente anarquismo. Más valdría que unos y otros se detuvieran en un común reformismo.

El caso es que un procedimiento al abordar el neoconservadurismo norteamericano puede ser tratar de dos personajes clave, Norman Podhoretz e Irving Kristol, considerados como sus dos grandes gurús. Ambos han escrito sus memorias (Breaking Ranks y My Love Affair with America, las del primero, y Neoconservatism. The Autobiography of an Idea, del segundo) que confirman su procedencia izquierdista. Podhoretz dirigió durante mucho tiempo Commentary, la revista de los intelectuales judíos que durante décadas estuvo con los demócratas y con el "liberalismo" a la estadounidense. Durante los treinta y cuarenta, este mundo incluso tonteó con los comunistas, a los que veía como una especie de "liberales con prisa". Irving Kristol, también judío, fue en sus años universitarios un antiestalinista, más que trotskista, que acabó dirigiendo la edición europea de la revista Encounter junto con el poeta Stephen Spender. La citada publicación, poco conocida en España, tuvo el mérito de ser claramente demócrata, reformista y profesar un inequívoco antisovietismo. Luego se la ha acusado de haber estado conectada con los servicios de información norteamericanos, y algo de eso es cierto, pero lo importante es que también lo estaba con intelectuales de la talla de Aron y Koestler.

Podhoretz y Kristol fueron, sobre todo, ensayistas; es decir, más que teóricos capaces de escribir sesudos tratados, habituados al artículo de mediana extensión con contenido político ligado a la actualidad inmediata. Su cambio desde una posición vinculada al partido demócrata y al "liberalismo" se convirtió en especialmente visible a partir de los años setenta. A Podhoretz le guió, sobre todo, el panorama de la política exterior norteamericana en el contexto de la mundial. Interpretó la guerra de Vietnam como el resultado de un inmenso error de su país, pero no como la expresión de que fuera un sistema político imperialista y rapaz. En un libro cuyo título puede traducirse como Lo que amenaza al mundo denunció la distensión sin principios de Nixon-Kissinger y el angelismo de Carter, para quien la invasión de Afganistán por los soviéticos fue la mayor sorpresa de su vida. Para Podhoretz existía, además, un evidente peligro de "finlandización", es decir, de tibieza y acomodamiento con la URSS. Con el tiempo, desde esta postura pasó a la crítica al mundo de la contracultura de fines de los sesenta, proclive a un pacifismo que no medía las consecuencias de la propia postura.

A Kristol le interesó mucho más la evolución de la política interna que la exterior. Recuerdo un almuerzo con él en Washington en el que se declaró contrario al ingreso de España en la OTAN precisamente cuando nuestro país estaba a punto de confirmarlo. Me pareció entonces un aislacionista norteamericano, deseoso de librar a su país de un exceso de compromisos. Habíamos saludado antes a Jeanne Kirkpatrick, embajadora de su país ante la ONU y defensora de la tesis de la diferencia sustancial entre regímenes autoritarios y totalitarios, opinión confortable porque permitía mantener los acuerdos con dictaduras como la de Franco y declarar la imposible evolución del comunismo. Luego se ha descubierto que tampoco eran tan grandes las diferencias entre el tardofranquismo y el postolitarismo checo, por ejemplo.

Tras su experiencia europea, Kristol fundó sucesivamente The Public Interest y The National Interest, dos revistas de gran influencia. Luego la ha multiplicado gracias al alineamiento de la prensa derechista -The Wall Street Journal- y de fundaciones en su origen no partidistas como American Enterprise Institute. Si se lee su colección de ensayos The conservative imagination, se comprueba, por las fechas de aparición, un proceso de radicalización progresivo. Al principio afirma que un neoconservador no es otra cosa que "un liberal" cuya mente ha sido transformada por la realidad. Luego concluye que los "liberales" se equivocan no por una sola razón ocasional, sino precisamente por ser "liberales". Finalmente concluye que el acontecimiento más importante del siglo no es la crisis del capitalismo, sino la muerte del socialismo. Pero eso resulta cierto tan sólo si por éste se entiende el comunismo.

En 1996 se publicó el libro de Nash The Conservative Intellectual Movement in America after 1945, en que se llamaba la atención acerca de dos rasgos del neoconservadurismo que el tiempo transcurrido ha demostrado ciertos. Se trataría, en primer lugar, no tanto de un movimiento intenso y poco duradero, sino destinado a propagarse y perdurar. Además, se beneficiaría de un inesperado apoyo popular frente a the radical chic, el izquierdismo aristocratizante.

Nash hacía alusión también al carácter plural de los caminos que conducían al neoconservadurismo. Como en política exterior no le faltaban buenas razones al movimiento neoconservador, era una galaxia más que una teoría precisa. Tomemos,por ejemplo, el caso de la protección social. El libro de Harrington sobre la pobreza en Estados Unidos a finales de los sesenta tuvo una enorme importancia en la denuncia de una realidad que ocultaban las luces del éxito económico. Pero vino luego la crítica a la aplicación de las medidas sociales para paliar esta situación. Al senador demócrata por Nueva York Daniel Patrick Moynihan, algún tiempo considerado como posible candidato presidencial, cabe atribuirle el mérito de haber propuesto reformas concretas frente al fracaso de los programas sociales. A él, como también a especialistas (Murray, Losing Ground, 1984), le preocupaba, por ejemplo, la volatilización de la familia negra como consecuencia, en parte, del exceso de protección a la joven afroamericana soltera y con descendencia.

Se pueden citar muchos otros casos de rectificación fundamentada frente a la contracultura de los años sesenta. Es el caso, por ejemplo, de la vuelta al canon clásico proclamada por Harold Bloom. En un terreno más político cabe citar el libro del historiador y asesor de Kennedy, Arthur Schlesinger, The Disuniting of America, preocupado por el exceso a la hora de aplicación de cuotas para las minorías étnicas. En él repudiaba la absurda tesis de que la Constitución de los Estados Unidos fuera el producto no tanto de la Ilustración del siglo XVIII como de las tradiciones de los indígenas. El afrocentrismo, para él, era una manera de escapar a los problemas y exacerbarlos, y de producir mayor victimismo y paranoia.

Pero el neoconservadurismo entendido como rectificación se mezcló también con otras tendencias bastante menos respetables como el resurgir del fundamentalismo cristiano. En un libro de Buchanan, uno de sus más destacados representantes políticos, se encuentra una cita sorprendente del poeta Eliot, la negación misma de la distinción entre política y religión: "Si no tienes a Dios (y es un Dios celoso), otorgarás su respeto a Hitler o Stalin". Para completar el panorama se sumó el populismo estilo Newt Gingricht y su lema electoral del "contrato con América", tan demagógico como incumplido por parte de quien la había propuesto.

En mi opinión, la galaxia neoconservadora ya ha cumplido con creces su papel en la crítica a unas tendencias de la política interna y exterior norteamericanas. Kristol y Podhoretz no erraban cuando se autodefinían como liberales centristas o cuando permanecían en el área del partido demócrata. Todo lo que ha venido después, pese a triunfos políticos, ya ha sido pura exageración y desmesura. La última campaña electoral norteamericana ha producido una oleada de puro panfletismo político. Uno de los libros aparecidos, Bush Country, tiene como autor a John Podhoretz y se limita a ponderar los méritos del presidente reelecto para "volver locos a los liberales". Antes, William Kristol, en The War over Iraq, ponderó sus méritos como promotor de "un internacionalismo específicamente norteamericano" (antes de que estallara el problema de la insurgencia). Se trata, claro está, de los hijos (y epígonos) de ambos gurús de antaño. A falta de otras capacidades, la entrega fidelísima a una causa puede disimular la falta de enjundia. Sobre todo cuando en lugares remotos, como España, se descubren ecos de ese epigonismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de febrero de 2005