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Crítica:TEATRO | Ilusionistas

La soledad es esto

El texto, disgregado a propósito, de Lluïsa Cunillé, una de las autoras punteras de la nueva dramaturgia, alude sobre todo a la soledad y a esa clase de destrucción de quien ha elegido o no tiene otro remedio que vivir de ilusiones. Hay así una ósmosis entre texto y puesta en escena, mediante las situaciones hilvanadas por tres ilusionistas de presunto oficio (un mago, un cantante, una escritora), con un pasado compartido a cuestas y un futuro problemático, repleto de proyectos viajeros que tal vez nunca hallarán el billete de partida.

El abismo entre la realidad y el deseo es aquí notable, pero está desarrollado más que en el dibujo de los personajes, menos individuales de lo que parece, en las referencias a situaciones y sensaciones susceptibles de ser compartidas por cualquier espectador en su propia experiencia. Es por ahí por donde cobra fuerza un relato que está bien montado por Paco Zarzoso, en un escenario donde se mezcla el cabaret con algo del circo y la ilusoria intimidad de los hoteles. El resumen es un cierto desasosiego ante la calma aparente de unos personajes condenados y la brillantez de algunos momentos de la representación, sobre todo de aquellos que desdeñan referirse a unos Juegos Olímpicos que funcionan como trasfondo de la situación. Un buen trabajo de la Companyia Hongaresa de Teatre, que precisamente cumple ahora sus diez primeros años de actividad escénica.

Ilusionistas

De Lluïsa Cunillé, por la Companyia Hongaresa. Intérpretes, Rosa López, Lola López, Paco Zarzoso. Iluminación, Ximo Olcina. Vestuario, Irene Orts, Manuel Bonillo. Espacio escénico, Jorge Ivars. Espacio sonoro, Miguel Alarcón. Coreografía, Amparo Fernández. Dirección, Paco Zarzoso. Teatro Rialto. Valencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de enero de 2005