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Columna
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Un gran banquete

Se pueden crear burbujas con la voz para que tu sombra juegue con ellas como si fueran pelotas de gomaespuma. Tenemos la ocasión de sentir el pulso sísmico de la tierra o el latido del corazón de nuestro acompañante fundiéndose con el nuestro mientras sujetamos una calabaza. El Centro Cultural Conde Duque ofrece hasta el 20 de febrero todo un festín de sensaciones, visiones y reflexiones.

La semana pasada se abrió la segunda edición de Banquete, más escueta que la del año anterior pero más certera y dinámica. Lo atractivo de esta exposición no es sólo el ingenio y la espectacularidad de las obras artísticas, sino su cavilación. El arte como mera expresión del estado de ánimo o una iluminación del creador, como resultado de una inspiración íntima, resulta muchas veces impermeable para el espectador. Incluso la obra pensada para interaccionar con el público de forma lúdica ha dejado de ser novedosa y, por tanto, interesante.

El arte fruto de un reflejo emocional, de una voluntad de divertimento o simplemente provocador que se ha producido hasta ahora queda disminuido ante una obra que plantea una meditación, que contiene un estudio, una sólida filosofía referente a temas en teoría ajenos a lo artístico como la comunicación, la biología, la matemática, la informática o la neurociencia. De hecho, Banquete no es tan sólo una exposición sino que, como su nombre indica, es una invitación a que el espectador se siente a la mesa donde científicos, técnicos, sociólogos y artistas intercambian los frutos de su pensamiento sobre la comunicación en evolución.

Las nuevas tecnologías han sacudido la estética del arte: la informática, el vídeo, la realidad virtual...~ son formas de expresión artística alejadas de la formalidad de la escultura o la pintura. Sin embargo, hoy la información es imprescindible para que un evento, incluso una obra de arte, nos resulte atractiva, no basta su espectacularidad formal.

Una novela, una película o una canción deben aportarnos información. En cuanto percibimos un aprendizaje, la comunicación de un mundo o una idea desconocida, nos sentimos recompensados y comenzamos a profesarle un agradecimiento y una estima. El espectador se siente cada vez más estafado si concluye que él da más a la obra de lo que ésta le proporciona a él. El arte no puede seguir pidiéndonos su colaboración, su interpretación, sino que debe trabajar para nosotros y no ser el público quien acabe de dotarle de sentido aportando sus propias conclusiones.

En Banquete no sólo son ricas en concepto y en imaginación las obras presentadas, sino que es emocionante el compromiso por el conocimiento y la investigación, por la reflexión y, sobre todo, por la comunicación tanto de los artistas como de los guías que explican al visitante el propósito de cada uno de los elementos.

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Esta exposición, que se ha complementado con tres días de simposio, tiene la intención de establecer un amplio diálogo entre arte, ciencia, tecnología y sociedad. Una pretensión sincera de deliberación que es simplemente admirable como iniciativa, independientemente de los resultados. En los pasillos del Conde Duque se pude conversar con los artistas y los guías, ya no sólo sobre las obras, sino acerca de las incógnitas y los asuntos sociales que las trascienden. Lo emocionante es comprobar que el arte y el debate intelectual dejan de ser ajenos entre sí y respecto al espectador, que tiene la oportunidad preguntar, aprender y comprender. Banquete es, en fin, excepcional porque muestra la existencia de un variado grupo de artistas, científicos o sociólogos que no permanecen encerrados en sus mundos, mirando exclusivamente dentro de sus almas o sus microscopios, sino que se observan entre sí para hallar conexiones con el objetivo de saber más acerca del mundo y de compartir esas elucubraciones con el resto de los ciudadanos a los que acaso no se nos ocurre ni analizar nuestras propias vidas. A Banquete no hace falta aportar tu bocadillo, ni siquiera es imprescindible comer de los diversos platos presentados. Se puede disfrutar del convite viendo lo que han cocinado los demás, conociendo las imprevisibles recetas entre las diferentes doctrinas, respirando, por fin, un aroma nuevo.

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