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LECTURA

Josep Pla, día a día

'Notas para una biografía de Josep Pla'. Editorial Omega. Como el autor expone en el prólogo, el libro "pretende ser exactamente unas notas para la biografía, aún inexistente, del gran escritor catalán". La obra de Pla, que abarca casi treinta mil páginas originariamente escritas en catalán y castellano y donde conviven todos los géneros literarios, es una memoria vivísima del siglo XX europeo. "Una pared con figuras", como él mismo dijo, de su Ampurdán natal, de Barcelona, de Madrid, pero también de París, Berlín, Roma o Moscú, algunas de las ciudades donde vivió y escribió. Aquí se reproduce el comienzo del libro.

1965

1 de enero

Josep Pla tiene 67 años. Vive solo en una vieja masía de Llofriu, en el norte de Cataluña, cerca de la frontera con Francia. Su ocupación principal es la escritura. Lleva un diario. "No me he levantado en todo el día. Es una manera plausible de empezar el año. Ha hecho un día de poca visibilidad, neblinoso, más bien frío", anota. Luego añade que la censura ha prohibido la publicación de su último artículo.

España tiene ahora 30 millones de habitantes. No más de 30 habrán probado el whisky de Escocia, el Beaujolais borgoñés, las endivias de Bélgica y el Brie de Meaux. Un escritor español cenándose suavemente una civilización

Pla empezó a leer a Proust por la influencia de la peña del Ateneo Barcelonés, y de su mantenedor principal, el rentista Joaquim Borralleras, que señoreó la Barcelona intelectual

El periodismo es un oficio que favorece la ilusión circular del tiempo y que, practicado largamente, induce a una irónica meditación sobre la novedad, santo y seña del oficio

Un hecho frecuente. La dictadura de Franco ha cumplido 25 años y la libertad de expresión continúa en precario. El artículo censurado debía haberse publicado en la revista Destino, fundada por Josep Vergés en plena guerra civil española y donde Pla colabora desde septiembre de 1939. La revista nació vinculada a los vencedores, pero pronto tomó algunas distancias con ellos. Durante la II Guerra Mundial, en especial a partir del hundimiento del ejército alemán en la Unión Soviética, apoyó a los aliados y su actitud política y cultural se ha ido inclinando hacia un suave liberalismo no siempre tolerado por las autoridades. Pla escribe allí en castellano. Una lengua que domina y que ha utilizado literariamente, pero que no es la que prefiere para expresarse. El diario y la mayoría de libros los escribe en catalán. En la prensa se ve obligado al castellano: las dificultades en el uso del catalán son innumerables y las publicaciones escritas en esta lengua son escasas y minoritarias. Gran parte de su vida de escritor ha sido un duro y trabajoso enfrentamiento con la censura. Sufrió la del dictador Primo de Rivera, y un artículo publicado bajo el Directorio le valió el destierro. Sufrió la censura en Italia y Alemania, adonde fue a informar sobre el ascenso del fascismo. Sufrió la intimidación de la República. Y ahora sufre la censura de Franco. En su dietario Notas para Sílvia, que publicará dentro de unos años, escribe que la incansable censura de Franco es la peor que ha conocido: "A pesar de lo mucho que está durando, jamás he conseguido adaptarme a ella. Habría podido dejar de escribir, claro. Habría sido lo más decente. Pero, de haberlo hecho, ¿de qué habría vivido? La censura me produce un descorazonamiento constante. Cojo la pluma para decir algo que me parece sensato y justo, pienso en la censura y se me cae el alma a los pies. Al pensar en sus reacciones, me quedo postrado e inerte. Pero lo que se pretende con la censura es esto, precisamente: descorazonar, inmovilizar, destruir. Es una situación que sólo pide fanáticos -pero fanáticos pagados-, es decir, funcionarios del fanatismo".

El cielo bajo y frío lo pone de mal humor. Quizá contribuya también el ritual de la fiesta, el Año Nuevo: sólo sus ecos alcanzan a los hombres solitarios. "La obsesión de marchar, persistente", anota. La carretera que une Llofriu con el pueblo grande de Palafrugell pasa cerca de donde vive. Pero la casa, amplia y profunda, y rodeada de campos de cultivo, facilita el aislamiento. Hay árboles solemnes: hileras de cipreses en el camino de entrada y soberbios castaños de Indias, los marroniers que el escritor, a la vuelta de su primer viaje a París, pidió a su padre que plantase en la era.

Pla se instaló en la masía después de la Guerra Civil, aunque en los años cuarenta pasó alguna temporada junto al mar, en pensiones y casas alquiladas de Cadaqués y L'Escala. La vuelta a Llofriu, y a la casa, cerró una época de viajes y su dedicación cotidiana al periodismo informativo. Durante los años veinte y treinta vivió fundamentalmente en París, Berlín, Barcelona y Madrid, aunque su oficio le llevó por la mayoría de las grandes ciudades del continente. "Quise saber algo de Europa: lo conseguí": así pensaba sobre su juventud. Cuando acabó la guerra tenía poco más de cuarenta años: había encarado el fascismo, el nazismo, el comunismo, la república española y la Guerra Civil. Había escrito sobre todo ello a uña de caballo. La masía de Llofriu se convirtió en el símbolo del retorno al origen. Y su operación literaria, en un trabajo inequívocamente proustiano. En la cama o al calor de los leños, los dos lugares donde acostumbraba a escribir, Pla decidió someter su pasado a una revisión constante. A veces, el pasado estaba escrito en sus crónicas periodísticas o en los libros que publicó antes de la guerra. La escritura era entonces reescritura. Tal vez en el fondo de esa operación hubiese la confianza, y el miedo, de que el tiempo perdido acabara siendo el tiempo recobrado. Pla empezó a leer a Proust por la influencia de la peña del Ateneo barcelonés, y de su mantenedor principal, el rentista Joaquim Borralleras, que señoreó la Barcelona intelectual en las primeras décadas del siglo. El tiempo recobrado es el título del último libro de la Recherche. Habrá una nota en la vejez planiana sobre este libro: "... el efecto que siempre me ha producido el último volumen de la novela de Proust -cuando el novelista halla y describe en un salón a los amigos de la juventud, a quienes encuentra envejecidos, extraños, monstruosos, irrisorios, horribles-. Impresionante, inolvidable libro -el más aturdidor de toda la novela".

4 de enero

El día amanece soleado. Las incidencias meteorológicas y los modos y la fortuna de la comida no faltan nunca en el diario. Paul Léautaud, al que Pla leerá en sus últimos años, anotaba con frecuencia en su Journal Littéraire las cifras de su tensión sanguínea. Es probable que los diarios deban incluir estos monótonos rituales. Hoy inicia otro rito. Tan obsesivo como el paso del tiempo. "Carta de A. Poco afecto". Cuatro días después: "Acabo una carta a A.". El 10 de enero: "A. obsesión de siempre". El 12: "A veces con A. no sé si dejarlo correr y no escribir más o continuar a pesar de su simple y puro egoísmo". Dos días después: "A. Obsesión intermitente. La preocupación me da más insomnio". El 20 de enero escribirá, con desaliento: "Nada de A.".

Esta correspondencia parece anterior a la propia existencia del diario. Si no fuera así, no hablaría de liquidarla en esos términos fatigados. Cuarenta años después de ser escritas seguirá sin conocerse públicamente el contenido de estas cartas. Ni siquiera si fueron destruidas. Y si lo fueron, por quién. Incluso habrá de pasar mucho tiemo para tener la primera noticia biográfica de A.

Ella es Aurora Perea Mené y tiene 55 años. Escribe desde la ciudad de Buenos Aires, desde una casa en la calle de la Independencia llena de plantas y pájaros sueltos. Hay tantos pájaros que es difícil ver a la mujer sin alguno de ellos sobre sus hombros. El suelo está cubierto de papel de periódico para facilitar la recogida de las deposiciones. Animales. Aurora vive allí con su marido, Pedro Carnicero Garcés, un jubilado de baja estatura y físico extravagante que ha cumplido los 75 años. Los dos viven con gran modestia. Al borde de la miseria, probablemente.

6 de enero

Los días y las noches del invierno. El escritor lleva ahora una vida monótona, sometido a un letargo parecido al de los campos. En la desolación, el recuerdo de Aurora crece. Pla va trazando cruces en los días. El correo que espera y no llega. Las cartas de la mujer son mucho menos frecuentes de lo que él necesita. Cuando recibe alguna, anota un juicio sucinto. Suele ser desalentado. Pero siempre le sucede una respuesta rápida. Pla duerme buena parte del día, en la plena excentricidad horaria. Lee, escribe, dormita. Algunas noches se arrastra. No parece que sueñe nunca. Al amanecer tiene la costumbre de beber un vaso de leche. Y, si es tiempo, come unas uvas. Antes de volverse a la cama anota el saldo. "No he dormido un solo momento en toda la noche. Taquicardia, fatiga del corazón, erotismo". Erotismo es, en apariencia, una palabra vaga. Pero es raro que en la semántica planiana una palabra no designe algo preciso. Tal vez sea la masturbación. Tal vez algo menos ambicioso para un hombre ya viejo: la erección complicada, gozosa, irresuelta, que acaba en dolor. Tal vez sólo materiales del pasado que planean ingrávidos por su cabeza y que se funden cuando la memoria alcanza una temperatura demasiado alta. La vida de un viejo colgando todavía del sexo.

8 de enero

Su madre no está bien de salud. Maria Casadevall tiene ya 88 años. Vive en Barcelona. A ojos de su hijo, los años la han secado y la han oscurecido. Pero la energía y autoridad con las que dispuso de su vida aún le permiten resistir. Maria fue la hija de un herrero con forja abierta en el pueblo de Palafrugell y heredó parte de la considerable fortuna de un hermanastro indiano. Este dinero sostuvo a la familia y ni siquiera los ruinosos proyectos de expansión rural de su marido, Antoni Pla, fueron capaces de agotarla por completo. El escritor reconoce dos deudas fundamentales con su madre: lo alumbró en plena y exuberante juventud, dándole buena madera, y educó su boca. Durante toda su vida, Maria Casadevall cocinó poniendo de todo, aunque en cantidades discretas. Era su máxima. El hijo recuerda su sopa de puntas de espárragos o la que hacía, finísima, con pescado. Esta cocina fue el lado más cálido de una educación familiar que recurrió siempre a una fría distancia como fórmula de obediencia: "Esta obediencia se conseguía, en el caso de mi familia, no utilizando una u otra forma de método contundente, sino creando, entre padres e hijos, una sensación de distancia. Era lo que se hacía entonces en el país -no había otro método- en caso de no utilizar el palo".

El padre lleva bastante tiempo muerto. Su vida discurrió entre las dos frases comunes que, con el intervalo de unos veinte años, le oyó pronunciar su hijo. "En este país está todo por hacer". Y luego: "En este país no hay nada que hacer". En el intervalo quedaron un ambicioso proyecto agrícola, buena parte de la fortuna familiar y las naturales ilusiones que había depositado en sí mismo. Acabado el periodo de la acción, Antoni Pla volvió al café y a la monotonía. Su hijo creía que de no haber salido de allí, su fortuna y su felicidad se habrían doblado.

22 de enero

El editor se presenta en la casa. "A las cuatro llega Josep Vergés. Larga conversación. Hacemos un contrato por las Obras completas. Me da un talón de 100. Le doy El cuaderno gris y -para leer- los papeles de las Notas dispersas". El talón. Cien mil pesetas. A principios del siglo XXI, la equivalencia estimada de esa cantidad será de un millón y medio de pesetas. La cotización puede parecer modesta. Y achacable a la fama de tacaño, algo exagerada, de Vergés. Pero aunque Pla es el escritor en catalán más leído de su tiempo, su mercado lingüístico es reducido. Esta circunstancia siempre la ha tenido presente Vergés, que hasta hace poco no ha abandonado su proyecto de hacer de Pla un gran escritor en castellano, como Miguel Delibes o como Camilo José Cela, a los que también edita. Además, Pla no es todavía, aunque esté cerca de los setenta años, lo que será después de la publicación de El cuaderno gris y del inicio mismo de esta obra completa cuyo contrato está firmando. Ahora es un viejo periodista apreciado y popular, desde luego. Pero su consideración literaria no está, ni mucho menos, generalizada.

Se trata de una tarde clave de su vida y, en especial, de su posteridad. El manuscrito de El cuaderno gris es el símbolo de sus esfuerzos por trascender los límites del periodismo, un oficio que muchas veces ha considerado puramente sanguinario y esterilizador, pero sin el que no se explica su escritura. El cuaderno es, aparentemente, un diario de los años 1918 y 1919. Es decir, un diario de juventud. Sin embargo, ha reescrito una y otra vez muchas de sus ochocientas páginas. La madurez analítica y estilística de su prosa no es, desde luego, la de un muchacho que acaba de cumplir los veinte años. Siguiendo una estrategia de raíz stendhaliana, Pla no aclarará nunca públicamente la pragmática de la escritura de este diario e insistirá en presentarlo como un documento concebido y ejecutado en el tiempo que narra. Sin embargo, una carta a Josep Maria Cruzet, el editor de su primer intento de obra completa, había descrito con claridad, en junio de 1950, el proceso de reescritura: "Me habría gustado poder enviarle muchas cuartillas de El cuaderno gris, pero aún no tengo bastantes como para hacer una muestra. Esto es un trabajo de gran aliento y, aunque le parezca mentira, de una envergadura muy grande. Estoy recopiándolo palabra por palabra, y esto da trabajo por las tentaciones constantes que se producen de modificar el texto".

La desatención crítica ante esta característica vertebral del cuaderno planiano, que arranca del ambicioso e irregular prólogo que el escritor valenciano Joan Fuster escribirá para la obra, durará muchos años. Hasta que el profesor Joaquim Molas, primero, y luego, más detalladamente, el periodista Lluís Bonada aclararán el método. Bonada publicará en 1985 El quadern gris, de Josep Pla, revelando mediante un sencillo e irrevocable estudio filológico las incongruencias y anacronismos del falso diario. Y subrayando lo que será una característica general de la obra que Pla y su editor acuerdan ahora: el acopio de materiales narrativos de naturaleza diversa, inéditos o no, que van zurciéndose a un tejido central. Stendhal es, tal vez, la referencia más ilustre de esta operación literaria. Pero por detrás está el periodismo. El oficio fragmentario, ahorrador, misceláneo del periodismo, donde todo se aprovecha y todo retorna. En una carta a Vergés de este mes de enero, Pla reflexionaba con ironía: "Veo que has publicado un calendario [Calendario sin fechas se titula su columna periodística] antiguo. Es curioso, hay papeles de este tipo que no han envejecido nada. Cuando me muera, como que Destino irá saliendo, tendrás calendarios por siempre más".

Contra lo que suele suponerse, el periodismo es un oficio monótono, cargado de ritos que se repiten de forma maquinal. Un oficio que favorece la ilusión circular del tiempo y que practicado largamente induce a una irónica meditación sobre la novedad, santo y seña del oficio. Hay periodismo en el método planiano de elaboración de la obra. Y en la propia decisión de fabricar una obra completa hay una voluntad de luchar contra el estrago de la memoria que supone la sepultura hemerográfica del periodismo. Esta voluntad de ordenación, de limpieza, de fijación de un texto canónico que le obsesiona desde hace años y que ya ha dado origen al intento de los años cincuenta con la editorial Selecta de Cruzet: hasta el suicidio del editor, en 1962, se han publicado 29 pequeños volúmenes.

La visita de Vergés y la firma del contrato se completarán tres días después con una carta del escritor. Diez puntos en los que precisa algunos aspectos de la edición de la Obra completa. Entre ellos, el formato "que ha de ser el de los volúmenes de la Pléiade-Obras completas" y el color de las cubiertas, "que han de ser rojas -las bibliotecas son en general fúnebres, y los libros rojos hacen un gran efecto-". El punto 8 es importante: "Los libros han de estar bien corregidos, puestos en las normas del Instituto [de Estudios Catalanes], pero no se ha de quitar ninguna palabra que yo haya escrito ni hacer ninguna filigrana preciosista ni medievalista ni cultista". La obsesión por hacerse inteligible: periodismo.

6 de febrero

Viaje a la ciudad de Tarragona. ¿Para qué? Quizá sólo volver de nuevo. "Hotel Europa, en la Rambla. Los recuerdos de A. en esta ciudad". Pla no detalla los recuerdos. Está escribiendo prosa de agenda, que es el máximo formato en que su intimidad alcanza a expresarse. La frase puede aludir por igual a los recuerdos de Aurora que esta ciudad le trae o a los recuerdos que Aurora tenía de esta ciudad.

Aurora estuvo aquí. Un día tras la última guerra civil, según se deduce de un oficio del juez militar de Tarragona: "Esta mañana trajo estos avales la hermana del procesado Manuel Perea, llamada Aurora". Manuel era carabinero de la República, huyó a Francia y volvió luego. Al volver lo condenaron a muerte. Lo condenaron exactamente en el consejo de guerra del 31 de enero de 1940. Estuvo tres años en la cárcel. Dos veces le conmutaron la pena. Primero a treinta años. Luego a doce. Pero quedó libre mucho antes por la forzosa razón de que iba a morirse de tuberculosis. Mientras estuvo en la cárcel, y a horas convenidas, una amiga de la familia se paseaba con un bebé en brazos bajo la ventana de su celda para que el padre supiera cómo era su hijo. El paseo no podía darlo la madre, que había muerto en el parto.

Los recuerdos concretos de Aurora serían los de aquella mañana o los de muchas otras mañanas de avales y trámites, en torno de la cárcel y el gobierno militar. O quizá se remontara en el tiempo mucho más allá cuando la familia, o parte de ella, vivía en Altafulla, un hermoso pueblo de mar cercano a Tarragona. Manuel estaba destinado en la guarnición tarraconense. Modesta, la otra hermana, tenía arrebatados amores con el alcalde republicano, Luis Punsoda. La mañana en que las tropas franquistas entraban en Altafulla, Modesta Perea alumbraba una niña con la ayuda del médico de la tropa. Luis Punsoda iba ya camino del exilio y respecto a su hija y a su mujer de entonces el exilio duró para siempre.

8 de marzo

El amigo Quintà, que vive en Figueres, ya muy cerca de Francia, ha venido a verle. El escritor cumple 68 años y Quintà ha traído "una botella de whisky, endivias, un botella de Beaujolais y queso de Brie". En cualquier circunstancia, la mera enunciación de esos alimentos trae la alegría. Simples, nítidos y favorecedores de la convivencia. Pero es que, además, ésta es la España de mitad de los sesenta. Un país avergonzado de sus pucheros, que ha pasado abruptamente del mesón al snack y cuyo tránsito a la modernidad incluye la consideración de que la comida sólo es un engorroso freno en la fiebre del día. Y donde el refinamiento más inocente ha de adquirirse, tras grandes trabajos, en el extranjero. España tiene ahora treinta millones de habitantes. No más de treinta habrán probado el whisky de Escocia, el Beaujolais borgoñés, las endivias de Bélgica y el Brie de Meaux. Lo que Pla está cenando, gracias a su paladar macerado y a que su amigo ha cruzado la frontera. Un escritor español, especie tan árida, cenándose suavemente una civilización.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004

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