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Crónica:FÚTBOL | 11ª jornada de Liga

Otro estilo, nuevo fracaso

El Valencia mejora su juego pero es incapaz de superar a un decepcionante Zaragoza y suma su décimo partido sin ganar

Otro estilo, nuevo fracaso. El Valencia cambió de cara, se puso el traje de Ranieri, pero siguió sin la energía suficiente para ganar un partido. Y ya van 10. Nada menos. Un récord negativo que se acerca al del año del descenso, en 1986. Aunque anoche se fuera a casa con otra impresión. La de que se le escapó la victoria. No supo concretarla. Porque, respecto a anteriores jornadas, es cierto que mejoró. Bastante en defensa, que apenas concedió ocasiones, y un poco en ataque. Gracias a Aimar, que le inyectó calidad desde la posición que le gusta, la de enganche. Y a Sissoko, que proporcionó oxígeno. Insuficiente, en cualquier caso. Fallaron de manera estrepitosa los delanteros: Corradi y Di Vaio, que no aportaron soluciones. Ninguna. Entró Mista tras el descanso, pero le falta ritmo. Y fallaron las bandas, otra vez dilapidadas. En parte por una elección del entrenador; en parte porque Angulo pasa por una fase de aguda confusión alentada por el técnico, contumaz en ubicarlo en el extremo izquierdo mientras Xisco sigue en el limbo. Pese a que el Zaragoza decepcionó profundamente. Se limitó a ver pasar la noche. Sin nada que decir: tan sólo asistir en directo a los nervios de su rival, y a su décimo encuentro sin ganar. ¡Qué tristeza!

VALENCIA 0 - ZARAGOZA 0

Valencia: Cañizares; Curro Torres, Marchena, Caneira, Moretti (Carboni, m. 82); Sissoko, Baraja, Aimar, Angulo; Corradi y Di Vaio (Mista, m. 46).

Zaragoza: Luis García; Ponzio (Cuartero, m. 92), Álvaro, Milito, Toledo; Galletti (Óscar, m. 82), Zapater, Movilla (Generelo, m. 89), Savio; Cani y Javi Moreno.

Árbitro: Rubinos Pérez. Amonestó a Corradi, Luis García, Curro Torres, Movilla, Baraja, Ponzio y Mista.

Unos 45.000 espectadores en Mestalla.

Ranieri quiso romper con el pasado, difuminar la sombra de Benítez, desde la alineación. Fue como un regreso a través del túnel del tiempo, cinco años atrás, con sus ventajas e inconvenientes. Permitió que dos delanteros (Di Vaio y Corradi) dispusieran de un enganche de lujo (Aimar) para ser abastecidos: una rareza en los tres años en Mestalla del entrenador madrileño. También renunció a los extremos y decidió que su equipo saliera lanzado desde más atrás, sin importarle lo más mínimo la posesión del balón, desde el toque de Baraja como medio centro y la panorámica de Aimar como media punta. Los dos cumplieron a la perfección, pero no los delanteros, incapaces de desequilibrar. Corradi y Di Vaio fueron una nulidad. La caída de Di Vaio es la más espectacular, habida cuenta de que tuvo un arranque magnífico de campeonato. Como si a él, más que a nadie, le hubiera afectado la depresión del club.

Dada la escasez física del Valencia, Mestalla redescubrió la exuberancia de Sissoko, un coloso, y se preguntó por qué Ranieri lo había escondido todo este tiempo de crisis. Allá donde Aimar había perdido el aliento, acudía Sissoko, un balón de oxígeno para sus compañeros.

El Zaragoza aterrizó en Mestalla de manera contemplativa. Manejó con cierta soltura la pelota en el centro del campo mediante Movilla y Zapater, pero de ahí no pasó. Resultó un conjunto plano, sin ninguna profundidad más allá que la que le dio Savio.

Angulo comenzó el segundo acto lanzando un pelotazo a ninguna parte, y poniendo de paso en evidencia a Luis Aragonés, que lo convocó esta semana para el próximo partido de España. De manera incomprensible para quienes siguen al Valencia. Angulo ha pasado por épocas espléndidas, periodos donde su vigor físico lo convertía en un gigante tanto para actuar de segundo delantero como de interior derecho. Pero no ahora. Llegó Ranieri, se lesionó Vicente, empezó Angulo a jugar por la izquierda y su fútbol cayó en picado. Por mucho que se empeñe Aragonés.

Al contrario del curso pasado, al Valencia suelen flaquearle las piernas en las segundas partes. No fue ayer el caso por mucho que a eso y a los nervios de Mestalla se hubiera fiado Víctor Muñoz, que no propuso nada más. El Zaragoza se limitó a pescar algún contragolpe. Aimar quiso cada vez más el balón y buscó la alianza de Mista, pensando una pared que rompiera el muro zaragocista. Sin éxito. Demasiados hombres para franquear. Y muy pocos espacios. Sin extremos ni nadie capaz de alcanzar la línea de fondo por las bandas, el ataque valencianista resultó un embudo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004