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LECTURA

El final del culto a la juventud

'El complot de Matusalén. ¡Que no te frene el miedo a envejecer!'. Taurus. El autor, nacido en 1959, es doctor en Filosofía; estudió en Heidelberg y Cambridge. Actualmente, y desde 1994, es codirector del 'Frankfurter Allgemeine Zeitung'. A partir del hecho científico de que por primera vez en la historia va a haber más ancianos que niños y que el mundo se va a convertir en un gigantesco asilo, el autor propone una revolución: redefinir el concepto de vejez, aprender a convivir con ella y sacarle el máximo partido.

Vemos a esos jovencísimos padres a diario en las revistas, la televisión y el cine. Anuncian olores y placeres, pronuncian mensajes y comentarios, envuelven sus cuerpos con materiales que son mucho más que simples telas. Son narraciones y promesas de un mundo maravilloso, cuentos de felicidad que nunca deberían dejar de contarse, porque de otra manera, como le ocurría a la hermosa Sherezade en Las mil y una noches, podríamos perecer. Pero me temo que Sherezade dejará pronto de contar cuentos.

Retrocedamos mentalmente: ¿cuándo se impuso económicamente esa fijación absoluta en la imagen de la juventud? No hace demasiado tiempo. A principios de la década de 1960, la gente empezó a seguir el rumbo que marcaba la juventud en la moda, la música, la publicidad y el cine; es decir, en todos los ámbitos en los que miramos, jugamos o buscamos entretenimiento.

Otro factor que ha caracterizado las décadas pasadas ha sido la posibilidad, favorecida por la medicina moderna, de disfrutar de la sexualidad sin el riesgo del embarazo

La dictadura de la juventud se ha convertido en una amenaza. En un par de años nos veremos frente a este concepto del mundo en el que no podremos reconocernos nunca más

Nuestra cultura ha estado marcada por el deseo de las personas de retardar u ocultar el envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición

Diane Vreeland, redactora jefa de una de las publicaciones más influyentes del mundo de la moda, la estadounidense Vogue, fue la que acuñó y difundió el término youthquake (seísmo juvenil) para describir el impetuoso movimiento que dominaba la moda, la música pop y la cultura de los jóvenes. Aunque el término parecía evocar un desastre, el fenómeno habría de convertirse en una bendición: un nuevo grupo de consumidores de proporciones gigantescas que inició ese culto a la juventud que la publicidad sigue alimentando en nuestras conciencias.

Lo malo es que como la mayoría de los consumidores tiene cada vez más edad, nuestra sociedad padece de infantilismo adulto. Es un hervidero de cuarentones que hablan y se visten como críos; abundan los recuerdos infantiles resucitados en la televisión y en los libros, en particular entre los de la mayor cohorte, los nacidos entre 1970 y 1985.

En 1967, el 67% de los artículos de moda fueron adquiridos por jóvenes de entre 16 y 19 años. Como muy tarde en 2010, la vanguardia de los ávidos consumidores de entonces llegará a la edad de jubilación. Por el momento, nadie se atreve a predecir lo que ocurrirá, aunque lo más probable es que entre 2005 y 2010 comience un furtivo cambio cultural, cuyos primeros indicios son perceptibles ya en los actuales debates sobre las pensiones. La verdadera conmoción tendrá lugar entre 2010 y 2020, década en la que la generación de los nacidos entre 1960 y 1970 entrará en su personalísima crisis senil. La humillante imagen de la vejez que muy probablemente siga imperando provocará un clima de gran tristeza y miedo. La mayor esperanza de vida hará que aún vivan personas mucho mayores de generaciones anteriores, y esto dará lugar en Alemania a una singular mezcla de generaciones completamente distintas entre sí, que formarán el conjunto de los biológica, social y económicamente viejos.

Michael Jackson

Para entonces, los que iban al instituto cuando la carrera de Michael Jackson alcanzó su cénit convivirán (con sus 50 años) en el sector viejo de la sociedad con los ancianos de 70 y 80 que vivieron el Mayo del 68, y puede que con algunos representantes de la generación de la II Guerra Mundial, conformando una nueva mayoría social. Pero aún hay más: mientras todo esto sucede, los avejentados hijos del baby boom estadounidense estarán globalizando su propio envejecimiento, al igual que en su día comercializaron su juventud. Y estamos hablando de una generación que controla el 70% del capital en Estados Unidos.

Lo que conocemos como ilusión juvenil es una manifestación de poder adquisitivo. "Esta generación socava la sociedad como un cerdo trufero", escribe la antropóloga Helen Fischer, "y la historia va cambiando cada día, a medida que va haciéndose mayor". Los baby boom modificaron el concepto de infancia y juventud. Transformaron el mundo simplemente por ser muchos, porque accedieron a un poder adquisitivo como nunca tuvo ninguna generación joven.

Ken Dychtwald es un miembro típico de esta generación. Lleva 20 años esperando que llegue su momento. Nacido y criado en el Estados Unidos de la década de 1950, estudió en California a principios de la década de 1970, donde se interesó por el yoga y los efectos de las prácticas orientales sobre el espíritu occidental. Enseguida se dio cuenta de que aquella curiosa mezcla de pop, política y Siddhartha que había transformado radicalmente los campus universitarios y las ciudades, tenía muy poco que ver con las ideas y mucho con el simple poder de las masas. Y como intuyó que todas las crisis de esta enorme generación provocarían conmociones en todo el país, a mediados de la década de 1980 comenzó a desarrollar un modelo de negocio a partir del estudio de los propios miedos. Relata en retrospectiva cómo a principios de la década de 1980, cuando trabajaba como experto al servicio del Congreso de Estados Unidos, de repente se le reveló esta idea: "Sentí una gran angustia al darme cuenta de que el siguiente grupo de mayores no sería la generación de mis abuelos, ni tampoco la de mis padres. No, los más viejos del mañana serían los hijos del baby boom: mi generación". Dychtwald ha construido junto con su esposa un verdadero imperio edificado sobre temas relativos a la vejez. La generación del baby boom, la cohorte que vino al mundo entre el final de la década de 1940 y 1965, aproximadamente, no ha cambiado el mundo con la guerra, sino con su mera existencia. He aquí la fenomenología de Dychtwald sobre los hijos del baby boom:

No sólo han ingerido alimentos: han modificado los bares, los restaurantes y los supermercados. / No sólo han llevado ropa: han cambiado la industria de la moda. / No sólo han comprado coches: han transformado la industria del automóvil. / No sólo han tenido citas: han alterado los roles y las prácticas sexuales. / No sólo han ido a trabajar: han revolucionado el lugar de trabajo. / No sólo se han casado: después de miles de años han transformado la naturaleza de las relaciones humanas y sus instituciones. / No sólo han pedido préstamos: han cambiado los mercados financieros. / No sólo han utilizado ordenadores: han modificado las tecnologías.

Deberíamos darnos cuenta, si es que aún no lo hemos hecho, de que estas personas que transformaron todo un planeta a su imagen y semejanza, a partir del año 2010 empezarán a jubilarse. El proceso lo trastocará todo, y durará por lo menos hasta 2029, cuando se jubilen los nacidos en 1964, el año que registró más nacimientos.

Por primera vez desde Woodstock, la generación para la que se acuñó también el término teenager conocerá una nueva experiencia generacional. En Alemania, el baby boom no fue tan prolífico como en EE UU, y la cohorte más numerosa se da entre 1960 y 1964, mientras que en España la generación más numerosa es la de los nacidos entre 1970 y 1975. Pero esto no cambia el hecho de que para una Alemania que envejece mucho más se repetirá la experiencia cultural de las décadas de 1950 y 1960. Los hijos del baby boom que vayan envejeciendo y muriendo darán paso a una nueva cultura que dejará marcada para siempre a la sociedad.

La crisis que viene

Estados Unidos se prepara ya a gran escala para el suceso. Hay innumerables instituciones, organizaciones, grupos de presión, empresas, páginas web... que se están preparando para la crisis que provocará el envejecimiento social. Todavía no está del todo en marcha, pues la mayoría de los nacidos en el año 1946 sigue trabajando. Pero es como si al menos esa parte del planeta hubiera comenzado ya (murmurante, vacilante, curiosa) a observar su propia vejez en la bola de cristal. The New York Times muestra su asombro en un comentario sobre la undécima edición del Merriam Webster.

Evidentemente, un diccionario es un referente del cambio social, porque constituye una especie de recurso material básico de nuestro pensamiento. Lo más llamativo no es que en este diccionario básico de los estadounidenses se hayan incluido 10.000 nuevas entradas en los últimos cuatro años, sino que por primera vez las entradas referidas a salud y medicina superen a las referencias sobre tecnología e informática y, además, que el 40% de los términos médicos estén relacionados con el envejecimiento.

En una entrevista con The New York Times, el jefe de la editorial dio la única explicación sensata sobre este cambio: la generación del baby boom había comenzado a ocuparse de su propio envejecimiento, y además, del envejecimiento de sus padres. Y este guardián del vocabulario en Estados Unidos añadió: "Esta generación lo ha alterado todo en el curso de su existencia. Ahora asistiremos al último y mejor ejemplo del cambio: la vejez de la generación del baby boom. Si piensa que no había quien les aguantara cuando eran adolescentes, y que de jóvenes eran insoportables, espere a ver cómo serán de viejos. Exigirán un cierto nivel de asistencia sanitaria y atención, al menos el que tuvieron sus padres, aunque éstos eran muchos menos. La generación del baby boom obligará a la sociedad a ocuparse de la asistencia sanitaria y de la gerontología, quiera o no quiera".

Imágenes tétricas

Sobre todo, sus miembros se verán forzados a ocuparse de sí mismos; las tétricas imágenes sobre la vejez acuñadas con la muy activa colaboración de esta misma generación se volverán ahora en su contra. Los sismógrafos de EE UU están empezando a registrar los primeros temblores de este seísmo. La vieja Europa, mucho más amenazada, no está preparada en absoluto, así que todo ocurrirá a la vez: la baja tasa de nacimientos, la ilusión juvenil de la avejentada generación del baby boom, la prolongación general de la esperanza de vida. Hace tiempo que todos sabemos que nuestro culto a la juventud no se corresponde con la realidad. Evidentemente, el espíritu no se deja engañar durante mucho tiempo: llega un momento en que hasta el cuarentón más inocente se da cuenta de que ya no es joven. El remedio elegido por las culturas occidentales, en particular la alemana, se manifiesta en el infantilismo imperante en los medios, los roles sociales y la opinión pública. El hecho de que en los países con baja natalidad los primeros puestos de las listas de ventas estén ocupados desde hace años por libros juveniles como Harry Potter no deja duda sobre quién lee en realidad estos libros. Lo mismo puede decirse sobre la resucitación de bebidas, comidas, coches, películas y series de televisión, memoria colectiva de una generación carente de otras experiencias históricas.

La industria de la publicidad y el cine no parece haberse dado cuenta de que la situación ha cambiado. Sin embargo, de ella depende cómo vivan los futuros ancianos sus roles sociales y, lo que es más importante, implicar a la futura juventud en el gran proceso de transformación de la sociedad.

La cultura socializa y define como generación a los jóvenes; los mayores le atribuyen una parte fundamental del sentido de sus vidas. Dieter Gorny, jefe de la emisora alemana de música VIVA, observa la aparición de "agujeros negros" en el seno de la sociedad. En la década de 1990, el éxito de una estrella del pop dependía de grupos juveniles e incluso infantiles de compradores, y así se fue ampliando el espectro de edad. Las antiguas estrellas se dedican ahora a doblar películas de dibujos animados aptas para todos los públicos, y el que no envejece a la vez que sus coetáneos no tiene ninguna oportunidad. La población que nos sucederá es demasiado escasa, y su poder adquisitivo, insuficiente para competir con el de los mayores.

Las sociedades anteriores, en las que los más viejos eran la excepción, se servían de la sabiduría y la experiencia de los mayores para aprender a cultivar los campos y criar a la descendencia. Únicamente si logramos descubrir esta fuerza en nosotros mismos y nos enfrentamos al odio propio, al rechazo y al miedo al envejecimiento mediante otros sentimientos, paternales y maternales, podremos mantener el contacto con la nueva generación y animarla a traer niños al mundo.

Belleza y reproducción

Mayoría y dinero: hay personas que creen, y no envidio su optimismo, que con eso ya es suficiente. No sólo seremos muchos, como ya hemos visto, sino que además tendremos capacidad adquisitiva como para transformar la sociedad a nuestra voluntad. ¿Acaso lo que lograron nuestros padres o nuestros hermanos mayores en la famosa Carnaby Street londinense no vamos a lograrlo nosotros, los nacidos a lo largo de tres décadas?

En EE UU, los hijos del baby boom empiezan a hacerse viejos, mientras que la cifra de nacimientos sigue constante. Los europeos nos hacemos viejos, pero cada vez nacen menos niños. Por eso aquí envejece todo el país a la vez, mientras que en EE UU envejece sólo el mercado. Será demasiado tarde si esperamos al año 2020 para averiguar que nuestra vida no es un simple juego, sino algo terriblemente serio.

Muchos jóvenes con poder adquisitivo es algo muy distinto a muchos viejos con poder adquisitivo. Los jóvenes son precavidos y construyen. Los jóvenes siguen recibiendo una prima extra de la naturaleza a diario; no cada individuo, sino todos. Esta prima consiste en la fuerza, la innovación, el impulso reproductivo. Los más viejos van gastando sus reservas y sus ahorros; la naturaleza les va descontando algo, como veremos más adelante, a partir de los 45 años de edad. Desde el punto de vista económico, esto responde a la "hipótesis del ciclo vital" de Franco Modigliani, según la cual las personas mantienen un alto nivel de ahorro a lo largo de su vida laboral, y una gran parte del capital disponible se gasta con posterioridad.

Si la biología y la economía diezman las reservas de los mayores, la cultura no puede quedarse atrás. Los conceptos que acuña sobre los viejos los describen como el sector anormal de la especie. Suele decirse, por citar un ejemplo totalmente inocente, que los viejos son cerriles, conservadores, egoístas y pesimistas. Nuestra cultura nos sugiere que en el curso de nuestras vidas vamos cambiando totalmente. Es decir, que cuando envejecemos, la sociedad va consumiendo sistemáticamente las reservas que la naturaleza aún no nos ha arrebatado.

Allá donde miremos, en cualquier revista o programa de televisión, vemos modelos de una existencia que no es la nuestra y nunca lo será. El joven matrimonio de los anuncios resulta un prototipo paradójico, y no sólo desde el punto de vista demográfico. Este ideal de belleza y de juventud nos hace sentirnos culpables e infelices, incluso mientras aún somos jóvenes. Es una infelicidad que en generaciones enteras despierta la sensación de no ser amadas y merecer un castigo.

Cuando los arqueólogos de un futuro lejano estudien nuestros archivos de cine, televisión y otros medios, en lugar de estatuas y vasijas encontrarán imágenes de hombres y mujeres jóvenes y hermosos.

Los investigadores del futuro examinarán también algunos de nuestros huesos. Comprobarán que la constitución física casi siempre será diferente de la que se podría deducir de esas imágenes. Constatarán además que llegamos a ser mucho más viejos que las generaciones anteriores a las nuestras. Y los archivos les revelarán además que a partir del siglo XX se produjo un brutal descenso de la fertilidad. Las personas cuyos restos examinen al parecer se habrán reproducido cada vez menos. Los investigadores que descubran las atractivas parejas en las fotos de la industria de la moda y de la belleza y a la vez averigüen que apenas nos reprodujimos llegarán a la conclusión de que están ante un culto a la fertilidad de los extintos europeos de principios del siglo XXI. Que la misión de las estrellas de cine, la televisión y la publicidad probablemente fuera fomentar la reproducción.

Necesidades ancestrales

Realmente, en las décadas pasadas nuestra cultura ha estado marcada, más bien transformada, por dos ancestrales necesidades biológicas. Por una parte, el deseo de las personas de retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición.

Por otra parte, la posibilidad, favorecida por la medicina moderna, de disfrutar de la sexualidad sin el riesgo del embarazo. Las factorías de cosmética y estilo de vida, junto con la industria farmacéutica y los medios de comunicación, han desarrollado e impuesto ciertas imágenes en todo el mundo equiparables a la religión, la filosofía y la política de los últimos siglos.

Sin embargo, la dictadura de la juventud, la belleza y la sexualidad se ha convertido en una amenaza para la nueva mayoría. El cristal se hará añicos; en un par de años nos veremos frente a este concepto del mundo como frente a los pedazos de un espejo en el que no podremos reconocernos nunca más.

Sabemos que la edad comienza a arrojar su sombra sobre los mayores de 30 años, y cubre por completo a algunos cuarentones de melancolía y tristeza.

Konrad Lorenz denomina "masa anónima" a los mayores que prefieren pasar inadvertidos envolviéndose en ropas de color gris. Dice el autor: "El que los que están completamente indefensos se mantengan firmemente unidos como un enjambre obedece a una debilidad de los depredadores consistente en que muchos, tal vez todos los depredadores que van a la caza de una presa, son incapaces de concentrarse en un objetivo cuando a la vez hay otros muchos iguales dando vueltas alrededor". Las personas mayores se sienten amenazadas por un depredador muy particular: la juventud.

Es probable que la temprana sensación de caducidad y transitoriedad sea una herencia evolutiva procedente de la época en que las personas no llegaban a cumplir 30 o 40 años de edad. Seguimos viviendo y somos jóvenes, cuando en realidad nuestro programa biológico ya ha expirado. Aunque ésa sea la situación individual, del envejecimiento de la sociedad puede decirse lo mismo: ésta sigue activa mientras en su seno, como en el mecanismo de un reloj, la hora ya está fijada, pues suena una alarma: el despertador de varias generaciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de octubre de 2004

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