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Reportaje:RUTAS URBANAS

Sin rumbo fijo por las calles de París

De la Rue Richelieu al barrio de Le Marais, un sorprendente itinerario a pie

El 'flâneur', o caminante ocioso, siente un placer inmenso, decía Charles Baudelaire, "en la multiplicidad, en todo lo que bulle". Un recorrido despreocupado a orillas del Sena así lo confirma.

París, esa ciudad que continúa siendo una gran ciudad aunque ya no sea "la gran ciudad" -Nueva York y Londres la han superado como faros de la cultura occidental-, se presta como pocas a que el turista se disfrace de flâneur. El paseante, cuando sale de su casa -en este caso, del hotel, preferiblemente de oferta-, camina sin objetivo alguno que cumplir, sin rumbo, dispuesto a que sea la ciudad, y no la guía, quien le sorprenda, seduzca o avasalle. El flâneur sale de paseo cuando le da la real gana, y regresa a su madriguera cuando se aburre, recuerda que tiene algo que hacer o simplemente está fatigado. Y le emociona más encontrarse con el cierre azul cielo de un local, una placita semiescondida o un perro callejero, que detenerse a contemplar las reminiscencias históricas que jalonan la ciudad, coto privado del turista. Según Walter Benjamin, el flâneur es una creación genuina de París, ciudad capaz de convertirse en un paisaje que se abre, y en un salón que lo encierra. Así, de falso flâneur, propongo un paseo en el que, casualmente, se cruzan algunas de las plazas o jardines más emblemáticos de París.

POR EL PALAIS ROYAL

Desayunar fuera del hotel suele resultar muy agradable, sobre todo si te encuentras con un lugar como Le Pain Quotidien, que ofrece una sabrosa variedad de panes -acompañados de su correspondiente croissant-, mermeladas, confituras y pastas de untar. El único problema consiste en que, ahíto, decidas que el paseo acaba allí mismo, donde lo vas a comenzar. Bajo por la calle de Richelieu a paso vivo, siguiendo disimuladamente a una esbelta ejecutiva parisiense que lleva un portafolios de cuero gastado -un hombre le espeta "girafe!" a su paso-, y, tras unos giros, descubro que su traje de corte clásico quizá esconda un alma romántica. Me ha llevado hasta los bellos jardines del Palais Royal, hasta aquellos árboles que Cocteau y Collette, los más célebres moradores del Palais en el siglo pasado, miraban desde las ventanas de sus apartamentos. Bajo los soportales, aparte de algunas oficinas gubernamentales, hay restaurantes, anticuarios, galerías de arte un tanto impresentables y una fabulosa tienda de soldados de plomo, Les Drapeaux de France.

He perdido de vista a la ejecutiva; tomo la Rue de Rivoli, que corre junto a la mole del Louvre, y me introduzco en los jardines de las Tullerías, donde algunos parisienses desocupados ven pasar el día sentados en bancos de metal. Cruzo al otro lado del Sena, una masa de agua grisácea que parece una serpiente aletargada, y tomo el bulevar Saint-Germain.

POR SAINT-GERMAIN-DES-PRÈS

Éste es un barrio que pretende conservar un espíritu libertario, intelectual, refinado y bohemio que ya quedó atrás -ahora es sencillamente refinado-, y que abomina de los turistas y de las tiendas de moda que los atraen como moscas. Lo cierto es que por sus calles uno tiene la sensación de cruzarse con verdaderos parisienses, tan serios, llevando la baguette y la bolsa de la compra con gran elegancia. Entro en la librería La Hune, situada entre los renombrados cafés Flore y Deux Magots, y descubro en una de sus estanterías blancas la novela París, de Marcos Giralt, traducida como Une saison parisienne, lo que demuestra que los españoles no somos los únicos en cambiar alegremente los títulos de los libros o de las películas.

Al salir, en la placita de la iglesia de Saint-Germain, una anciana me observa tras sus lentes -sí, los parisienses son, además de distinguidos, algo mirones-, y, cansado de caminar, me permito tomar el metro, pese a que ignore si eso anula definitivamente mi condición de flâneur. En el vagón, los viajeros, multicolores y anestesiados, despiertan con la escena de un educador que se afana por controlar al grupo de niños pequeños que lleva de excursión. El educador se dirige a ellos en un tono de voz elevado, persuasivo y amigable, verdaderamente muy conseguido, y los niños le obedecen aunque parezca que no le prestan atención. En las puertas, para prevenir los accidentes de los viajeros al salir, un adhesivo incluye la leyenda en español: "No pongas las manos sobre las puertas, te expones a una magulladura". Debió de redactarlo un francés que hizo un cursillo intensivo de español del Siglo de Oro en un fin de semana.

POR LA PLACE DU MARCHÉ SAINTE-CATHERINE

Me apeo en Saint-Paul y entro en el Marais, antigua zona de marismas del Sena ennoblecida por palacetes aristocráticos en el siglo XVII, y que tras su lenta degeneración se ha convertido en los últimos años en uno de los barrios más dinámicos. Es un lugar tranquilo, alejado del bullicio de otras zonas de la ciudad, con buenas galerías de arte y tiendas con escaparates muy cuidados. Justo cuando decido que ya es hora de comer, se abre ante mí una recoleta plaza cerrada, adoquinada, de estilo medieval, la Place du Marché Sainte-Catherine. Hay cinco restaurantes con terraza, y me siento en la de Au Bistrot de la Place. Mientras disfruto de una comida casera y sabrosa, me fijo en que algunos parisienses devoran sus baguettes y beben agua mineral sentados en los bancos de la plaza.

POR LA PLACE DES VOSGES

Mi deambular me lleva hasta la estrecha Rue de Rosiers, que forma parte del pequeño gueto judío inmerso en el barrio, cuya comunidad proviene principalmente de Europa del Este y Argelia. Mezcladas con tiendas de moda, hay carnicerías kosher, escaparates en los que se exponen biblias, el restaurante L'As du Fallafel, o La Boutique Jaune de Sacha Finkelsztajn, con productos de cocina yiddish. Un hombre de largas barbas canas, vestido de negro y ataviado con un sombrero hongo, biblia en mano, me interpela en lo que supongo hebreo, y yo me disculpo y sigo mi camino. Llego a la armoniosa Place des Vosges, epicentro del Marais, con sus pabellones del siglo XVIII, y al ver a una mujer leyendo en un banco, decido imitarla y busco un bar con terraza. Una hora más tarde me encuentro en el setentero Etienne Marcel, bebiendo un mojito y leyendo Una mirada inocente, de George Simenon, que mezcla con sabiduría los temas de la pintura y los puestos de verdura parisienses. Buen final para mi jornada de flâneur. Ya como turista, regreso a mi hotel de oferta a descansar.

- Nicolás Casariego (Madrid, 1970) es autor de la novela Dime cinco cosas que quieres que te haga (Espasa).

GUÍA PRÁCTICA

Prefijo telefónico

- 00 33.

Cómo ir

- Iberia ofrece en su web (wwww.iberia.com) vuelos de Madrid a París por 125 euros, ida y vuelta. Desde Barcelona, la companía vuela por 119 euros.

- Air France (www.airfrance.com.es) tiene ofertas para volar a París desde Barcelona y Madrid por 69 euros más tasas.

Comer

- Le Pain Quotidien, Table d'Hote (142 36 76 02). 33, Rue Vivienne. Clásica boulangerie parisiense de alta calidad. Ideal para comenzar el día con un opíparo desayuno mientras se hojea el International Herald Tribune.

- Au Bistrot de la Place (142 78 21 32). 2, Place du Marché Sainte-Catherine. Espléndidas recetas caseras del suroeste en un bistrot de inspiración romántica y preciosa terraza. Unos 40 euros.

- La Boutique Jaune de Sacha Finkelsztajn (www.laboutiquejaune.com). 27, Rue Rosiers. Esta boutique amarilla pasa de padres a hijos desde su apertura en 1946. Delicatessen del barrio judío.

- Etienne Marcel (145 08 01 03). 34, Rue Etienne Marcel (esquina Rue Monmartre). La cocina del chef Xavier Etchebès en un entorno que mezcla el diseño de los setenta y rabiosa contemporaneidad. Unos 40 euros.

Información

- Oficina de turismo de París (892 68 30 00; www.paris-touristoffice.com).

- Maison de la France en España (807 11 71 81; www.franceguide.com).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de octubre de 2004

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