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COLUMNA

Música militar

Afortunadamente, la mayoría de los ciudadanos de ese viejo país ineficiente llamado España siente el mismo entusiasmo por los desfiles que el poeta Georges Brassens cuando cantaba, hace un par de millones de años, aquello de que la música militar nunca le supo levantar. La diferencia estriba en que cuando Brassens cantaba, hace un par de millones de años, contra el fervor patriótico de los buenos burgueses, aquella frialdad acarreaba, indefectiblemente, una reputación indeseable. Por suerte para todos, los desfiles militares ya sólo sirven en España para que haga el ridículo el ministro de Defensa de turno, en este caso el inefable Bono. Lo suyo (me refiero a lo de los ministros de Defensa) debe ser una especie de mili de lujo (la que casi ninguno hizo), un servicio a la patria entre compensatorio y retroactivo.

Decía esta semana Josep Ramoneda en este diario que si las fiestas nacionales significaran algo, deberíamos deducir que España está por construir. Lo del 12 de octubre ha sido, desde luego, poco más que un desfile; una tediosa colección de anécdotas y chascarrillos, algunos de los cuales han pasado directamente al Hola y demás prensa rosa. Después de todo, después de tanta guerra, de tantos muertos y tantos vivos amorrados al pilón de la patria, lo que nos queda es eso: un desfile cañí y unas cuantas meteduras de pata, como la de emparejar a un ex divisionario azul y a un antiguo soldado republicano que formó en la División Leclerc. Puede que los ideales democráticos de estos dos caballeros brillasen por su ausencia en aquel tiempo bélico, pero el asunto es otro. Un combatiente que luchó con los nazis, como el honesto Dionisio Ridruejo, que luego inventaría la socialdemocracia ibérica y ocuparía sus ocios de poeta desterrado traduciendo el Cuaderno gris de Pla, no debería desfilar en una fiesta como la del 12 de octubre. El Estado español, además, ni siquiera fue oficialmente beligerante en el conflicto mundial. Aquellos voluntarios, muchos de ellos forzosos, representaban, además de a sí mismos, una concreta ideología política. La sabia neutralidad de Franco, ¿lo recuerdan?, nos libró del horror de la guerra sin mancharnos las manos.

Todos son españoles, en efecto, pero no da lo mismo, ni entonces ni ahora, haber servido en la División Leclerc que a las órdenes de Agustín Muñoz Grandes. Las guerras son así: se ganan o se pierden. En su optimismo delirante, Anboto confiaba en que, tras derrotar a las fuerzas españolas de ocupación, ella sin duda sería promocionada al generalato de la Ertzaintza. Estaba convencida de la victoria final. Para matar o hacer matar así debe hacer falta, intuyo, toda la convicción del mundo. Seguramente Anboto, en sus mejores días, se imaginaba a sí misma desfilando con su bonito uniforme de general de la Ertzaintza en un Aberri Eguna luminoso. Si en lugar de tramar atentados hubiera oído a Brassens... Tantos años en Francia para nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de octubre de 2004