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No tiene ninguna gracia

Luis se ha ganado bien la fama de buen entrenador. Le avalan los comentarios de los jugadores, que son los que entienden sobre el juego, y no hay constancia de que sea un técnico difícil para las directivas, sino que en los conflictos más serios se ha puesto de la parte que llevaba la razón. La gente del fútbol le tiene por un hombre tan sabio, tan serio, tan responsable y tan honesto que sus excentridades siempre se juzgaron de manera benevolente, por no decir que han sido aplaudidas por graciosas y atrevidas. A cada una de sus chanzas se ha respondido con el mismo latiguillo: "Son las cosas de Luis".

A Luis se le jaleó cuando reprendió a Romario y nadie se extrañó de que agarrara por la pechera a Eto'o. Hay gestos de naturaleza represiva que se dulcificaban cuando los manejaba Luis, tomado como referente del fútbol español, punto de encuentro de distintas generaciones, ejemplo de jóvenes y veteranos. Nadie cuestionó su maestrazgo y, consecuentemente, se le juzgó siempre desde la comprensión, incluso en su condición de cascarrabias, porque se entendía que actuaba por el bien del fútbol y del futbolista o, como díria él, "por el bien de usted".

A Luis se le permitía esto y lo otro porque educaba y motivaba sin traicionar nunca el código del fútbol, del que era su mejor guardián. Su nombramiento como seleccionador se entendió precisamente como un premio a su saber y forma de ser, pero Luis ha continuado como si tal cosa, como si el cargo no obligara a superarse. A buen seguro que no es racista, pero su referencia a Henry suena esta vez a grosera, irrespetuosa e inadmisible. Si la crítica se metió con la gorra de un seleccionador, el sobaco de otro y el pitillo del más alla, nada es más reprobable que la palabra "negro de mierda" de Luis. Es bueno recordárselo por si no se ha dado cuenta. Hay cosas que no tienen ninguna gracia ni en boca de Luis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de octubre de 2004