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Reportaje:JUEGOS PARALÍMPICOS | España acaba con 71 medallas

La benjamina campeona

Sandra Gómez, de 18 años, oro en los 100m braza tras bordear la anorexia por la depresión en que la sumió su repentina retinosis pigmentaria

Jovial, extravertida, locuaz, Sandra Gómez es algo así como la niña prodigio del equipo paralímpico español de natación. A sus 18 años, y con poco más de tres meses de entrenamiento, la benjamina del grupo ha conseguido algo al alcance de muy pocos: proclamarse campeona en los 100 metros braza SB12, para deficientes visuales, después de dos años sin apenas pisar una piscina y de estar a punto de abandonar para siempre la natación.

A eso parecían conducirla las múltiples y consecutivas lesiones que, en los dos últimos años, se han sumado a una enfermedad que sembraba dudas sobre su futuro. Campeona de Euskadi a los 11 años, cuando sus ojos estaban todavía en su plenitud, Sandra sufre ahora una retinosis pigmentaria, una enfermedad degenerativa, que ha heredado de una de sus abuelas y que se le manifestó de forma abrupta el pasado verano. Sin ningún signo externo manifiesto -sus ojos siguen siendo igual de bonitos y puede hacer vida casi normal-, su campo de visión, de repente, empezó a reducirse progresivamente. "Si alguien me hace monerías por los lados", explica gráficamente Sandra, "no lo veo. Tampoco por arriba ni por abajo, sólo frontalmente".

Esa limitación, que ahora se toma con excelente humor, la martirizó hasta hace poco más de tres meses, justo cuando supo que competiría en Atenas. Hasta entonces, la repentina irrupción de la retinosis la había sumido en una profunda depresión que a punto estuvo de desembocar en anorexia. Sandra comenzó a darse cuenta de que no veía bien e, iniciado el curso, de que no podía seguir las clases al ritmo de antes. "Para leer tres folios me tiraba más de una hora", cuenta, "y comencé a ponerme nerviosa porque veía que no iba a llegar a tiempo ni a las evaluaciones ni a la selectividad". Empezó a desesperarse, a sufrir ansiedad. Su estómago se cerró y pronto se vio con 1,66 metros y 45 kilos. Al borde de la anorexia.

En esa frontera se movió hasta mayo, cuando Nacho Oyarzun, su entrenador en el Club Natación Laguna, la animó a volver a la piscina y a luchar por una plaza en Atenas. En poco más de dos semanas, pese a su debilidad, ya lo había conseguido. Animada por el hecho de saber que no tendría que pasar la angustiosa selectividad -sus profesores le propusieron retrasar la prueba a septiembre-, Sandra logró la marca mínima para Atenas y, de paso, halló un clavo al que agarrarse para salir del pozo.

Su humor fue mejorando. Su ánimo y su cuerpo, también. "¡Sólo en las concentraciones ya he engordado casi ocho kilos!", dice orgullosa. De pronto, las lupas y los telescopios con los que afronta las limitaciones de la retinosis pigmentaria dejaron de ser un problema. "Tengo una lupa, una telelupa, una lupa pequeña, otra de mano, unas gafas de lupa, una lámpara de luz fría, un telescopio y un atril. Vaya, que necesito dos escritorios para poner todas mis cosas", cuenta divertida. Ahora, ni siquiera el hecho de tener que esperar un año más para iniciar sus estudios de Fisioterapia en Madrid -los exámenes de selectividad coincidían con los Paralímpicos-, su gran ilusión, le afecta. La medalla de oro -la ha tenido guardada bajo llave en el cajón de su mesilla en la Villa- lo supera todo. "Todavía no me lo creo. Es mucho más de lo que yo esperaba", admite entusiasmada.

Ahora, esta pamplonesa, admiradora del zar de la natación, el gran Popov, sólo espera llegar a Barañain, su pueblo, donde, dice, sus familiares, amigos y vecinos "la van a liar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de septiembre de 2004