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Crítica:TEATRO / 'La Celestina'
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Omnipresente escenografía

El espacio físico en el que se desarrolla la tragicomedia de Calisto y Melibea determina la vida de las gentes que pueblan la obra de Fernando de Rojas. Calisto vive en su casa de soltero con sus criados, Melibea en el hogar familiar con sus padres y doncellas, Celestina y las suyas en el burdel de "allá cerca de las tenerías, a la orilla del río". Tres núcleos de convivencia cerrada en tres casas delimitadas por sus muros, puertas y ventanas, que no son más que obstáculos en la consumación de los deseos de sus habitantes, escollos que tienen que salvar con escaleras o trepando y saltando, barreras que acaban por causar la muerte. Un muro provoca la tonta y fatal caída de Calisto, unas ventanas muy altas hacen que Sempronio y Pármeno casi se maten al huir del alguacil y Melibea pone fin a su vida desde lo alto de una torre. Es el espacio el que marca las artimañas de Celestina y es el espacio el que les ahoga a todos. Esta sensación de opresión y asfixia es lo que mejor transmite el montaje de Robert Lepage a través de una compleja maquinaria escenográfica.

La Celestina

De Fernando de Rojas. Intérpretes: Carmen Arévalo, Núria Espert, Marta Fernández Muro, Nuria García, Pep Molina, Nuria Moreno, Roberto Mori, Manuel Puchades, David Selvas, Carmen del Valle. Escenografía: Carl Fillion. Dirección: Robert Lepage. Teatre Lliure, Barcelona.

Muros de madera correderos, con puertas y ventanas, que se abren y se cierran lateralmente y de arriba abajo, como en los escaparates de las tiendas de lujo, conforman, delimitan, determinan La Celestina de Lepage, que hábilmente empieza por el final. Con la escenificación del último auto -Melibea muerta, llorada por sus padres- se pone en marcha esta escenografía omnipresente dando paso al primero en una estampa inicial impactante y bella: Melibea flota en el aire mientras entabla el primer diálogo con Calisto.

Es la escenografía la que permite las imágenes más logradas, como la aparición de Celestina, que se desliza de espaldas al resto de los personajes, reflejando la distancia social y moral que la separa de ellos. Pero éstos no se mueven, nadie camina ni recorre las calles desiertas, son los muros los que se desplazan dando la sensación de movimiento. Calisto tiene su mejor momento en el monólogo que pronuncia a lomos de su supuesto caballo, con el que galopa al ritmo del acto sexual, también sin moverse del sitio.

El bajón viene con la muerte de la protagonista, una Celestina brillantemente interpretada por Núria Espert, que sabe encontrar el tono marrullero de su personaje en los bajos fondos de sus faldas. La convincente y conmovedora Melibea de Carmen del Valle insufla aire nuevo en el ambiente cada vez más sofocante que impregna el final de la obra. Menos creíble, quizás demasiado aniñado y malcriado, resulta el Calisto de David Selvas. Lástima que la traducción al castellano de la versión francesa chirríe alguna que otra vez, porque en líneas generales se trata de una versión clara y actual de un clásico imprescindible.

Nuria Moreno y Roberto Mori, en una escena de <i>La Celestina. </i>
Nuria Moreno y Roberto Mori, en una escena de La Celestina. JORDI ROVIRALTA

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