Reportaje:Atenas 2004 | ATLETISMO: EL PRESTIGIO DE LOS 400 METROS

El imprevisto Wariner

Un novato de 20 años, blanco, aspira a romper el dominio mantenido en los últimos decenios por los atletas negros en las pruebas de velocidad

Jeremy Wariner es un muchacho que abre ciertas cuestiones sobre la denominada enfermedad del blanco. Es cierto que durante los últimos 20 años ha sido rara la presencia de atletas de raza blanca en las pruebas de velocidad. Su clamorosa ausencia ha suscitado agitados debates sobre presuntas carencias que les impiden competir con alguna garantía frente a los sprinters de raza negra. En la polémica no ha beneficiado mucho el escándalo protagonizado por el atleta griego Kostas Kenteris, sorprendente campeón en los 200 metros de Sidney 2000. Siempre bajo sospecha, se consideró que sus éxitos estaban animados por el efecto de anabolizantes, EPO y demás fármacos de moda. Atrás quedan los años del ruso Valeri Borzov (Múnich 72), del británico Allan Wells (Moscú 80) o del italiano Pietro Mennea (Moscú 80), campeones olímpicos de 100 o 200 metros. En Estados Unidos los velocistas blancos prácticamente han desaparecido desde los tiempos del tejano Bobby Morrow, campeón olímpico de 100 y 200 metros en los Juegos de Melbourne 56. Algún especialista como Kevin Little, un buen especialista de 200 metros en el decenio pasado, fue considerado como la excepción a la norma. Pero Wariner es otra cosa. Es el favorito para ganar la final de los 400 metros y convertirse en el heredero de los fabulosos Michael Johnson, Quince Watts, Steve Lewis o Lee Evans.

Recuerda a Michael Johnson en su facilidad para enfocar las carreras, para no distraerse

Mientras la discusión se centra en los aspectos fisiológicos que determina la abundancia de velocistas de raza negra en Estados Unidos, apenas se pone el acento en las cuestiones económicas que propician convenciones no demasiado reales. Hasta hace bien poco se consideraba que el puesto de quarterback, el pasador en los equipos profesionales de fútbol americano y generalmente el jugador que más dinero cobra, sólo podía pertenecer a jugadores de raza blanca. Se decía que eran menos atléticos, pero más cerebrales, por no decir más inteligentes. Por supuesto, era una premisa absolutamente falsa y racista. La aparición de maravillosos quarterbacks de raza negra en los últimos diez años -Donovan McNabb, Steve McNair, Michael Vick- ha hecho trizas una mal fundamentada teoría. Los jóvenes estadounidenses de raza blanca han dado la espalda al atletismo durante los tres últimos decenios. Es un deporte sacrificado que sólo ofrece algún dinero a las estrellas. Pero a los muchachos de raza negra les permite, al menos, conseguir una beca universitaria y salir en muchos casos de dramáticas situaciones económicas y sociales. Durante cuatro años, su calidad atlética les supone integrarse en el privilegiado sistema educativo y, en el mejor de los casos, prosperar en el deporte hasta convertirse en auténticas estrellas del atletismo, el fútbol americano o el béisbol.

Wariner rompe los tópicos porque es un velocista blanco que está en condiciones de convertirse en el campeón olímpico en Atenas. Su procedencia es tejana, la tierra de la mayoría de los grandes especialistas de los 400 metros. De allí surgió Michael Johnson y en Texas nació Tommie Smith, el gran cuatrocentista de los años 60. Wariner ha sorprendido en Atenas por su fluidez, su conocimiento de una prueba muy difícil de interpretar por los atletas y, también, por el aire optimista que le acompaña. En Atenas ha disputado sus únicas tres carreras en Europa. Con 20 años, no conoce el circuito profesional de verano. Es un novato que apunta condiciones extraordinarias. Desde luego, no impresiona por su tamaño: mide 1,81 metros y pesa 70 kilos. Este flaco se mueve como un tiro entre atletas que parecen esculpidos con cincel. Aunque prácticamente desconocido hasta esta temporada, Wariner venía precedido por la fama como juvenil. Con 17 años corrió los 200 metros en 20,41s y los 400 en 45,51s. Era el velocista más prometedor de Estados Unidos.

Sus habilidades no pasaron inadvertidas para el viejo Clyde Hart, entrenador de la Universidad de Baylor y más conocido como hacedor del gran Michael Johnson, plusmarquista mundial de los 200 y los 400 metros. Hart encontró en Wariner una pasión casi descabellada por el atletismo y una inteligencia para interpretar la prueba de los 400 que le recordaba a Johnson. "Tiene la misma facilidad para no distraerse, para enfocar las carreras con independencia de los resultados, sin caer en frustraciones", dijo Hart tras las primeras demostraciones de Wariner. Esta temporada ha logrado la mejor marca mundial del año, 44,37s. La consiguió donde debía, en los trials de clasificación para los Juegos. Esta tarde, el novato tejano será el imprevisto favorito de una carrera que permite discutir algunos tópicos raciales.

El estadounidense Jeremy Wariner observa el marcador electrónico tras su semifinal.

María Muttola.
El estadounidense Jeremy Wariner observa el marcador electrónico tras su semifinal. María Muttola.REUTERS

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