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A TODA VELOCIDAD | Atenas 2004

Voley playa

La verdad es que el deporte que menos olímpico parece es el voley playa. Hasta el nombre resulta poco serio. Remite a las vacaciones, a bronceador con olor a coco, a ligar, a cuerpazos intrascendentes. En vez de anillas, un potro o un trampolín de vértigo, simple y fina arena blanca y música de los Beach Boys.

Su cancha es un trozo de playa a la que le falta un chiringuito que sirva cervezas y berberechos. Los jugadores recuerdan a los Vigilantes de la playa con gorras viseras, gafas de espejos, provocadoras camisetas sin mangas y pantalón corto hasta medio muslo. Y no como los y las baloncestistas, que les caen hasta las rodillas sin ninguna gracia.

Me da rabia ver a las chicas de nuestra selección tan monas y tan buenas jugadoras con esas camisolas cerradas hasta el cuello y pantalones que han debido de ser ideados por lo menos por las monjas del Sagrado Corazón (lo pongo al tuntún), como si por ser altas hubiese que cubrirlas con metros y metros de tela.

En cambio, en el voley playa, ellas llevan bikini, o casi, además de la visera y las gafas, por lo que podrían pasar por los Ángeles de Charlie matando el rato. Y además, el sudor y el esfuerzo quedan rebozados de arena, lo que las aleja de la gravedad de las atletas a pesar de que también vayan ligeras de ropa.

El balón que usan suele ser de alegres colores, festivo. Qué diferencia con el sable, la escopeta, el arco, la dura bicicleta, los otros balones. Se diría que está concebido para que vuele entre las notas de la canción del verano de forma que, a su lado, una inocente raqueta parezca un arma peligrosa.

Para mí, todas éstas son cualidades, con el añadido de que es el único deporte que no quita las ganas reales de hacer deporte. Digo reales porque una cosa es trabajar con la fantasía y otra muy distinta encerrarse en un gimnasio y no salir hasta que se te ponga la espalda y las piernas de Jorkina.

Por el contrario, nada más ver a estas chicos macizos del voley playa apetece ser uno de ellos. Apetece marcharse a Alicante y comprarse el uniforme en la tienda de las toallas y las chanclas y unirse al equipo.

De antemano se sabe que la relación no será complicada, que a la playa sólo se va a jugar por jugar, a ponerse cachas disfrutando, a olvidarse de todo, a recuperar la sencillez del momento sin épicas, ni imágenes grandiosas y sin darle más vuelta.

Ningún otro puede ser el espíritu de unos Juegos hoy en día si no nos queremos pasar de listos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de agosto de 2004