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Reportaje:Atenas 2004 | ATLETISMO: HISTÓRICA FINAL EN OLIMPIA

"La emoción me superó"

Manolo Martínez admite haberse sentido desbordado por el peso simbólico del escenario

"Competir aquí no tiene nada que ver con hacerlo en un estadio normal", dijo Manolo Martínez. Competir en el primer gran estadio del mundo es hacerlo a la sombra del monte Cronos, rodeado de pinos, olivos y cipreses centenarios. El ruido de las cigarras enciende el aire con un sonido prehistórico y entre los atletas vuelan las libélulas. Los aficionados se sientan en la hierba y comen baklava y otros pastelitos con miel y frutos secos. El sol calienta la pista de arena y la brisa hace remolinos con el polvo. El contacto con la naturaleza es poderoso. Olimpia, como Delfos, es el clásico santuario griego. Un lugar de culto pagano en el que los hombres, aunque pesen más de 150 kilos, se sienten pequeños. Algo así dijo Manolo: "Este sitio es impresionante".

"Me ha superado", admitió el lanzador leonés, sudoroso y feliz después de pasar por momentos de intensa angustia en los tres tiros de clasificación; "me he emocionado muchísimo. Entras al túnel y, al salir, te encuentras con este estadio donde los atletas competían hace 2.700 años. Creo que el más emocionado de todos era yo. Había españoles animándome y mucha gente de otros países, griegos, alemanes... Me gritaban '¡Manolo!'. Después, mientras me calentaba, he hecho un lanzamiento que creo que ha pasado de los 21 metros. Fue difícil de llevar porque he visto que estaba muy bien y la gente ha respondido con mucha expectativa. He tenido que bajar el ritmo y, cuando me ha tocado lanzar por la clasificación, no he sido capaz de meterme en la competición hasta el tercer intento. Después de tantas emociones, ha sido difícil".

El lanzador español estuvo a punto de quedarse fuera de la final con dos tiros que no llegaron a los 20 metros. En el último, cuando más le atormentaba la idea de desmoronarse, clavó la bola de acero a 20,37 metros y fue suficiente: "La clasificación siempre es difícil porque empezamos a horas intempestivas [las 10.00 de la mañana], hay muchos lanzadores y tienes que esperar mucho tiempo entre un tiro y el siguiente. Piensas que no es una clasificación cualquiera, que estás en unos Juegos y que te va en ello el trabajo de cuatro años, que lo puedes echar por la borda".

Para Manolo Martínez competir en Olimpia fue "un regalo". Pero le llegó envenenado. Las emociones no le dejaron concentrarse en la prueba y es en ese instante cuando algunos atletas se sumergen en pesadillas. "Cuando estás esperando a tirar, intentas evadirte", dijo; "haces ejercicios de introspección, te metes dentro de ti mismo". Así anduvo antes del primero y el segundo lanzamiento, paseándose por la arena con la mirada puesta en el suelo, tal vez pensando en los héroes que la habían pisado, en Leonidas de Rodas, en Astylos de Crotón... Carlos Burón, su entrenador, lo vio un poco perdido, en una dinámica que lo llevó a la frustración en los últimos Mundiales. "He visto que en los dos primeros lanzamientos ejecutaba los movimientos con algo de lentitud", comentó; "le faltaba darle más velocidad. En el primero no le dije nada. En el segundo, tampoco, esperando que él reaccionara solo. Pero después le he dicho que fuera más rápido".

Porque se lo dijeron o porque se dio cuenta, Manolo acertó en su última bola. Fue el desenlace de dos días que el leonés nunca olvidará. Dos días que comenzó visitando las ruinas del templo de Zeus, entre los árboles sagrados, en una suerte de preparación espiritual que le emocionó demasiado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de agosto de 2004