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Tribuna:

Marie Laure de Noailles

Marie Laure de Noailles acabó sus días gorda y fea, rodeada de gigolós, pero esto no le impidió haber sido una de las mecenas más importantes de la Europa de los años treinta del siglo pasado. Una fotografía de l932 reúne en su terraza a Francis Poulenc, Georges Auric, Luis Buñuel y Alberto Giacometti. No está mal para una sola tarde. Ella y su marido financiaron L'age d'or, de Buñuel, invirtiendo en el filme 260.000 francos; esta iniciativa les valió la crítica de la buena sociedad parisiense, que los repudió. La historia es conocida: Charles y Marie Laure asistieron a un pase privado de Le chien andalou en el Studio des Ursulins, en junio de l929, (al que también asistieron Breton y Picasso), y salieron del pase tan entusiasmados que le pidieron a Buñuel la realización de otra película similar, "de dos bobinas". Su empeño en ser modernos les hizo aquel junio ofrecer un "baile de materiales", en el que los invitados habían de ir vestidos con "telas enceradas, plumas, vegetales, cuero, papel, cartón, o papel pintado", todo un manifiesto, según se mire, del arte povera avant la lettre. En diciembre de aquel mismo año los vizcondes de Noailles compraron Le jeu lugubre, de Dalí, y le pagaron al pintor ampurdanés 29.000 francos en concepto de adelanto de otra obra, una suma con la que Dalí, arrebatado, pudo comprarse su casa de Portlligat.

Marie Laure de Noailles y su marido financiaron 'L'age d'or', de Buñuel, invirtiendo en el filme 260.000 francos

Algún día será recuperada para la historia del arte, como tantas otras mujeres a quienes no se las trató más que como figuras mundanas o consortes de sus famosos maridos

El año pasado fui a ver la famosa villa Noailles, en Hyères, que se encuentra tan sólo a media hora de Marsella y que está abierta al público, restaurada y convertida en pequeño centro cultural donde en ocasiones se realizan desfiles de moda y exposiciones. "Cuando el pasado no ilumina ya el futuro, el espíritu camina entre tinieblas", reza el folleto que se le da al visitante, abogando por la conservación del patrimonio, una práctica más bien escasa en nuestro país.

Al principio, la casa sólo era una pequeña construcción en el Midi para ella y su marido, situada en un terreno donde se alzaban las ruinas de un castillo medieval y de un monasterio cisterciense. Pero, decididos a impulsar siempre "lo último", pidieron a Mies van der Rohe la reforma del lugar. Al no poder cumplir éste con el encargo, fue Robert Mallet-Stevens, entonces un joven y elegante profesional especializado en decorados de película, quien hizo el trabajo. El resultado es una villa de un estilo similar al neoplasticista, dominando el mar, con un singular por no decir extraordinario jardín cubista concebido por Gabriel Guévrekian. De todo el conjunto arquitectónico, cuya claridad y racionalidad siguen los principios del estilo internacional, sobresalen dos cosas curiosas: la habitación exterior del dueño, más interesado, según se dice, en sus parterres que en su mujer, y unas habitaciones con un reloj idéntico en cada una para que los invitados fueran siempre puntuales a la cena, otra manía del propietario.

La vivienda fue inmortalizada en un filme de Man Ray que éste hizo sin demasiado interés. "Será un trabajo fácil y no cambiará en nada mi decisión de no volver a hacer películas", dijo el fotógrafo. Y sin embargo, Les mystères du château du dé se convirtió en una obra maestra del cine vanguardista y en el mejor reportaje sobre la villa de Hyères. El filme, de 1929, comienza con dos hombres con el rostro cubierto por medias de nailon (¡cuántas veces no se habrá copiado esta idea posteriormente!) que juegan a los dados para ver si partirán de viaje o no. En la villa había una piscina cubierta en la que Man Ray hace participar a los invitados, en atuendo deportivo o con albornoz, en ocasiones siguiendo con los rostros tapados y en la que filma a Marie Laure nadando, cual Eva submarina. Si la villa y los atuendos proyectan el futuro, los rostros tapados convierten en fantasmas de un tiempo pasado a sus protagonistas. Las invenciones formales son espléndidas, como las reflejos del sol en las baldosas de las paredes, o como una ristra de cuadros filmados tan sólo por detrás, mostrando el reverso de sus bastidores (aquí también un Tàpies avant la lettre).

Volví a hablar de Marie Laure en Nueva York, con el biógrafo de Picasso, John Richardson, al que le comenté que Picasso, según se decía, detestaba a la vizcondesa. "Bueno, yo sólo le oí decir: '¡Uf1, he de ir a saludar a Marie Laure, que está allá detrás' en el transcurso de una corrida. Pero a mí me caía bien Marie Laure porque conocía perfectamente la literatura inglesa, porque leía el alemán muy bien; en fin, porque era una dama culta". Entonces John Richardson, cuyas dotes imitativas son espléndidas, imita la pitchy voice de la mondaine: "Oh!, tous ces gens ce sont des collaborateurs", dice que decía Marie Laure, en una ocasión en que la vio después de la guerra. "No quita que ella abría botellas de champaña donde se leía: 'Pour la Gestapo' y se quedaba tan ancha", añadió John.

Marie Laure fue la amante, en la posguerra, del pintor canario Oscar Domínguez, con quien tuvo una tormentosa relación. Y ahora acabo de ver que también pintó y que hizo, como su amiga Dora Maar, esmaltes en el taller de Maud Domínguez, amiga de ambas. Algunos de sus cuadros son más que correctos, en una vena surrealista, y llegrá el día en que la veremos incluso recuperada para la historia del arte, como tantas otras mujeres a quienes no se las trató más que como figuras mundanas o consortes de sus famosos maridos. Marie Laure encarna lo peor del esnobismo pero también un momento en que existía pasión por el arte, por descubrir lo más nuevo y por apoyar, financieramente y con gran generosidad, a los talentos. ¿Donde están, hoy en día, estos mecenas?

Victoria Combalía es crítica de arte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004