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Crónica:LA COSTA LITERARIA | Verano 2004

La doble vida

Por extraño que pueda parecer, quienes nacemos en pueblos costeros desconocemos lo que es el verano. Al llegar julio, mi padre nunca envasaba a la familia en un coche con el propósito de emprender ese éxodo ilusorio llamado "operación salida"; mis hermanos y yo nunca nos hacinamos en un piso alquilado escaso de muebles; nunca ingresamos en ninguna manada de primos medio desconocidos; nunca supimos qué era eso de comer fuera de casa a diario, de fabricarse amigos de temporada, de vivir un romance sin consecuencias con alguna muchacha del lugar que tras concluir las vacaciones adquiriese la consistencia de un sueño. Mis hermanos y yo nunca nos fugamos a ningún pueblo remoto ribeteado de playas porque ya vivíamos en uno. Nunca experimentamos, en fin, todo eso que inmortalizó Mercero en su famosa serie, porque si naces en un pueblo costero, el verano siempre son los otros, los que vienen de fuera.

"Si naces en un pueblo costero, el verano siempre son los otros, los que vienen de fuera"

A mí el destino quiso situarme al otro lado del espejo, aguardando el advenimiento de mi primo, que llegaba puntual cada agosto desde la capital para alojarse con mis tíos en la vieja casa de mi abuela. Teníamos la misma edad, incluso el mismo carácter, pero nos diferenciaban nuestras circunstancias, el hábitat en el que habíamos nacido. Desde siempre, aquella distancia que nos separaba se nos antojó injusta, y cuando agosto la disolvía, la certeza de que debíamos aprovechar aquel milagro nos convertía en sombras el uno del otro. Entre la alegría del reencuentro y el dolor de la pérdida, intentábamos que nuestro verano durase toda la vida. Y en el tiempo vasto de aquellos agostos repetidos, mi primo y yo pasamos de apedrear gatos a intentar desentrañar los misterios femeninos, mientras el verano se iba cargando de episodios tan divertidos como cruciales, pero también de largas charlas donde tratábamos de arreglar los problemas amorosos que el otro había arrostrado durante el año con consejos ya inútiles, lamentando no poder vernos nunca con abrigo y bufanda.

Fue por entonces cuando empecé a envidiar a mi primo por su condición de extranjero en mis veranos. Para él las vacaciones acarreaban un cambio de escenario, le ofrecían la oportunidad de vivir durante un mes con la agradable sensación de que aquello no contaba. Para él agosto significaba poder ser otro, llevar una doble vida. Hasta se fabricó un nombre de guerra recortando el suyo. Tras la despedida, yo sabía que mi primo regresaría a la capital y hablaría de nuestro verano como si se refiriese a un mundo mágico, un mundo que él no estaba condenado a ver desvanecerse, pues sólo yo quedaba allí para contemplar cómo su playa se transformaba en un paisaje desierto de cielos grises, las calles volvían a llenarse de caras conocidas y mi vieja timidez, exorcizada gracias a su compañía, volvía a ganarme cuando me encontraba con cualquier muchacha conocida durante el verano.

No recuerdo con exactitud por qué acabó todo aquello. Quizás porque un verano cualquiera, sin ninguna razón en especial, mi tío decidió cambiar nuestro pueblo por algún sitio famoso de la costa alicantina, la vieja casa de mi abuela por un hotel lastrado de estrellas, y aquellos veranos llegaron a su fin de repente, quizás porque ya habíamos ensayado lo suficiente y era el momento de empezar a vivir en serio.

Ahora, veinte años después, cuando algún asunto me lleva a la capital, suelo recalar en casa de mi primo y su mujer. Siempre hay una cena, y tras el postre las fotos de las últimas vacaciones. Durante varios minutos, me dedico a pasar las páginas de un álbum que me muestran a mi primo y su mujer en Varadero, en Grecia, en Egipto. Nosotros también guardamos en casa álbumes similares, porque también veraneamos así, aunque para mí eso ya no es veranear. Quizás por eso, cuando mi primo y yo nos quedamos a solas hablando de nuestras cosas al calor de la última copa, él siempre acaba haciéndome la misma pregunta con una sonrisa melancólica: ¿Te acuerdas de nuestros veranos? Yo asiento, y ambos rememoramos aquellos agostos lejanos de nuestra adolescencia, exhumando recuerdos en una suerte de revival, mientras el gusano de la nostalgia nos roe el corazón. Aquellos veranos remotos en los que llevábamos una doble vida.

Félix J. Palma (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1968) es autor del libro de relatos El vigilante de la salamandra (Pre-Textos) y de la novela La hormiga que quiso ser astronauta (Quorum). En 2001 ganó el premio Tiflos por el cuento Las interioridades y en 2004 el premio iberoamericano de relatos de las Cortes de Cádiz con Los arácnidos (Editorial Algaida).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de julio de 2004