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TENIS | Torneo de Wimbledon

La amenaza que llega

Roger Federer, el número uno del mundo, rompe todos los moldes. Cuando concluyó su victoria sobre Roddick y ganó su segunda corona consecutiva en la catedral, se dejó caer sobre la hierba y pareció realmente emocionado. "También esta vez volví a llorar", confesó luego. Pero sus sentimientos estaban bajo control. Recibió el abrazo del estadounidense y sonrió cuando éste le elogió. Después habló por los altavoces de la central. "Y no lloré, como había hecho el año pasado", señaló. "Tenía ya cierta experiencia".

Sin embargo, lo que realmente diferencia a Federer de todos los demás es lo que le convierte en una amenaza para muchos sectores del mundillo tenístico. Es el mejor jugador del mundo, pero viaja sin ningún entrenador desde que el pasado mes de diciembre decidió prescindir de Peter Lundgren, el hombre que le había dirigido desde la infancia. Además, el suizo rompió también todos los lazos que le unían a las compañías multinacionales de representación de jugadores y ahora sus asuntos los controla su novia, Mirka Vavrinec, especialmente los temas de prensa, y sus padres, Robert y Lynette. Y en la pista es una auténtica amenaza para el resto de jugadores, que van a encontrar serias dificultades para hacer crecer sus palmarés con títulos del Grand Slam.

Por el momento, ha ganado las tres finales grandes que ha disputado: las dos de Wimbledon (2003 y 2004) y la del Open de Australia de este año. "Siempre me he dicho, y ya desde que era junior, que debía ganar todas las finales que disputara", explica Federer. "Si disputo el título no quiero perder ni uno. Tuve un mal récord en este sentido al principio de mi carrera: siempre perdía. Mi tesis es que los ganadores permanecen y los perdedores son olvidados".

Cuando alguien le pregunta si va a fichar a otro entrenador, responde negativamente. "Aprendí mucho con Peter Lundgren y me ayudó incluso a planificar la forma en que iba a plantearme las cosas viajando solo. Sigo dándole todo mi crédito. Creo que he crecido mucho en todos los sentidos desde que decidí no tener entrenador. Y pienso que actualmente puedo arreglármelas yo solo y a mi manera".

Entre los aspectos que diferencian a este jugador de la mayoría está también el hecho de que su padre, Robert, no suele viajar a los grandes torneos, a pesar de intuir que su hijo pueda ganarlos. "Prefiere quedarse en casa. Sufre demasiado", explica Federer. "Esta vez, al menos, pude compartir mi triunfo con mi hermana y mi madre, que sí estaban en la central". También su novia estaba en el palco. Pero, curiosamente, a ella ni la mencionó. Es algo también atípico y personal. La olvida siempre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de julio de 2004