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COLUMNA

La ley del menor

Los ciudadanos están en la yema del curso. Ya terminaron los pequeños su pasaje por las etapas primarias y los padres jóvenes experimentan, una vez más, la oscura sombra de sus responsabilidades, la adorable presencia de las crías que gritan, exigen, rompen y se adueñan del dulce hogar las veinticuatro horas de la jornada. Buena parte de la población civil, que se ha afanado durante los meses precedentes en ganar el sustento y satisfacer las hipotecas, se enfrenta, sin haberles llegado las vacaciones, a la ordalía de cargar con una, dos o más criaturas que les quiebran la rutina habitual.

El trámite ordinario encaja los problemas en un transcurso conocido, mientras llega la asistenta, la chica ecuatoriana o la aún joven abuela que se hace cargo de la tropa infantil, mientras los adultos salen disparados hacia sus competitivos puestos de trabajo. Estas semanas finales de junio y presumiblemente las del mes próximo son una pesadilla en los hogares recién fundados. Todo el mundo conocido gira, aunque no nos demos cuenta, en torno a las necesidades y exigencias de los descendientes. En todas partes comienzan las vacaciones veraniegas al mismo tiempo, lo que supone que las personas mayores se acomodan asimismo al ritmo de los más pequeños. Cuidadoras, niñeras, personal que se llamaba doméstico, porque ejercían su actividad en las casas, se largan en estas fechas, a las lejanas filipinas o caribeñas patrias.

Los sucesivos Gobiernos piensan en ello, pero los propósitos no suelen convertirse en realidades. Prolongación de la jornada escolar, guarderías permanentes, recogida, manutención y entrega de los hijos más chicos y demás exigencias no tienen correspondencia con el personal que debería ocuparse de ello. Lejos, en el recuerdo, aquellos días o semanas de vacaciones posparto, coincidentes o sucesivas, pagadas y compensadas por la biológica satisfacción de perpetuar la especie. La realidad son esos diminutos, revoltosos y estridentes pedazos de nuestro corazón que reclaman una perseverante atención sin pausas ni desmayos. En la tele aparece el acusador fantasma de la infeliz madre que ha bajado a comprar el pan sin haber maniatado previamente al nene o a la nena, cuyo inmediato gesto suele consistir en asomarse a la ventana de aquel quinto piso y lanzarse al vacío.

Por eso vemos, con mayor frecuencia en estas fechas, a papás atribulados que durante los fines de semana deambulan por la ciudad, entran en los grandes almacenes con el propósito o la necesidad de adquirir algo preciso, arrastrando a la parejita o al trío, con el ojo alerta y avizor para no perderles de vista y ocasionen algún estropicio o que tengan que recurrir, desalados, a que les localicen por la megafonía. Agotadas las fuerzas y con los nervios a flor de piel, los infelices progenitores pretenden restaurar fuerzas en algún bar o cafetería, donde son mal acogidos por la clientela adulta y por los camareros. El papá, desmañado, lleva bajo el brazo a los dos mayores y la madre empuja animosa el cochecito con el bebé, sin fijarse en nadie, con un rictus que quiere ser una sonrisa. Pero los pequeños están, a su vez, cansados, nerviosos y excitados, gritando o llorando por turno o solidariamente. Nadie se atreve a otra cosa que dirigir aviesas miradas a los infelices progenitores, que acaban siendo conscientes de que, verdaderamente, aquél no es el lugar adecuado para acarrear la escandalosa célula familiar.

Les estuve observando el sábado anterior, con un inicial gesto de disgusto porque, en verdad, sostengo que algunos lugares públicos no son idóneos para que por ellos transite la gente menuda: el olor a alcohol, el tufo de los cigarrillos, el murmullo o el griterío de las conversaciones de los mayores son incompatibles con el mundo infantil. Sin embargo me inundó la piedad y conmiseración hacia aquella joven pareja que, antes de pedir la consumición, y ante la patente imposibilidad de controlar a los menores, que correteaban entre las mesas, lanzando alaridos de comanche cabreado, derramaron una patética mirada en torno y recogieron a los diminutos energúmenos sin haber degustado el más que merecido aperitivo.

Lo que vi el otro día fue excepcional. Lo corriente es que los papis se arrellenen y vean complacidos las evoluciones de su prole haciendo la pascua a los asistentes, pensando que, en una consolidada democracia, todo el mundo tiene derecho a hacer lo que le dé la real gana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de junio de 2004