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Crítica:

Un espectáculo para ser feliz

A mediados de la década de los ochenta, el Festival Rossini de Pesaro lanzó al mundo la recuperación de la cantata escénica Il viaggio a Reims en una modélica producción llevada por Claudio Abbado y Luca Ronconi con un reparto de primeras figuras. Curiosamente desde el mismo Pesaro se empezó a utilizar muchos años después como un título idóneo para poner en práctica lo aprendido en la escuela o para fogueo de nuevas voces. Veinte años después del descubrimiento hay que situar en ese contexto el maravilloso espectáculo presentado ayer en el Real.

Un elenco de voces jóvenes y una orquesta principiante se han dejado llevar por ese maestro de ceremonias rossiniano llamado Alberto Zedda para hacer posible el milagro y poner patas arriba muchos de los axiomas intocables en la ópera. Los cantantes y la orquesta, estupendos, transmiten al público una energía contagiosa y se hacen querer sin excepción dejándose el alma, musical y teatralmente. Lo que podía haberse convertido en una función colegial fue toda una lección. Qué gracia la de Mariola Cantarero, qué finura el dúo entre Zapata y Casariego, qué personalísima visión de Simón Orfila, qué vitalidad la de María Rodríguez, qué buen gusto el de Laura Giordano, qué presencia la de Itxaro Mentxaka o la divertidísima Beatriz Díaz.

Alberto Zedda volvió a estar genial, con una rítmica chispeante y control exhaustivo de cada situación. Rossini en sus manos suena a verdad. Tiene gracia, fantasía y ese espíritu epicúreo singular. Emilio Sagi, consigue con este título uno de los mejores trabajos de su carrera. Imaginativo en la construcción de los personajes, brillante en la evolución de las situaciones con el apoyo de un inteligente vestuario de Pepa Ojanguren. El público reaccionó con un entusiasmo indescriptible. Verdaderamente, así hecho, Il viaggio a Reims es un espectáculo para ser más feliz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de abril de 2004