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CARTAS AL DIRECTOR

Oasis en Cuenca

Las vacaciones de Semana Santa son prolíficas de viajes y quizá también motivo de alguna reflexión. Nuestro habitual desplazamiento desde la costa cantábrica hasta la mediterránea nos lleva a atravesar toda la meseta castellana. Conducimos siempre con mucha prudencia, respetando las normas de tráfico y las insistentes advertencias de los coches modernos que avisan al cumplirse las dos horas de conducción. Al parar en una gasolinera, por motivos de descanso y no de repostaje, encontramos ante la máquina de café a una abuela de apariencia norteafricana. Obviamente, ni su bereber o árabe, ni nuestro euskera o castellano, ni siquiera el francés nos facilitó la comunicación. Pero bastó una mirada y un gesto para ayudarle a conseguir un café largo, como quería, de aquella cafetera de aceptable infusión pero inadmisible monolingüismo.

Este encuentro y nuestra sostenida sonrisa común no se recogieron en los periódicos, porque millones de coincidencias como ésta sucedieron en el planeta. Las portadas se llenaron con guerras y terrorismos, pero esta pausa conquense fue testigo de uno de esos actos que por miríadas marcan la historia de la civilización.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de abril de 2004