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Crítica:

Un pulso con la literatura

El filósofo estadounidense Stanley Cavell recopila veinte años de sus trabajos en Reivindicaciones de la razón. Aunque el libro profundiza en la filosofía por sí misma presenta un desenlace tan creativo como su propia historia de pensador independiente: conduce a la conversión del escepticismo en tragedia y, especialmente, de la filosofía en literatura cuando recurre a un impresionante estudio del Otelo de Shakespeare.

Este libro, que publica ahora Síntesis en presentación y traducción impecables, es una obra de aluvión de veinte años, construida con retazos y revisiones de tesis doctoral, artículos, manuscritos, ensayos... comenzando con el famoso de 1957: "¿Hemos de pensar lo que decimos?". Fruto de innumerables cambios de opinión confesos. A pesar de ello es una de las obras más significativas de la filosofía norteamericana de la segunda mitad del siglo veinte (se publicó originalmente en 1979). Y la obra maestra de uno de los autores más representativos de ella, hoy día profesor emérito de Harvard. Probablemente, junto con Rorty, el más lleno de espíritu independiente y original. De espíritu mediador, también, entre la filosofía continental y la anglosajona, entre filosofía y literatura. Y una de las figuras más importantes del panorama filosófico actual.

REIVINDICACIONES DE LA RAZÓN

Stanley Cavell

Traducción de Diego Ribes

Síntesis. Madrid, 2003

656 páginas. 29,8 euros

El libro consta de cuatro partes. Resumiendo su título: Wittgenstein, Escepticismo, Moralidad y Tragedia. En él confluyen los escritos anteriores de Cavell y de él parten, como continuación, los posteriores, proporcionando unidad a todo su pensamiento. En el prólogo (julio de 1978) dice: "Si hoy tuviera que seguir desde el lugar en que termina la parte cuarta podría empezar haciendo la observación de que no soy más escéptico acerca de la existencia de los otros de lo que lo soy de la necesidad de mi propia muerte: Sé que no puedo dudar de ello, sin embargo no sé que lo sé". ¿Es éste el lazo de unión de toda la obra de Cavell? Sí, por lo menos, el de las ideas de escepticismo y tragedia que recorren estas páginas: sé que no puedo dudar de ciertas cosas, sin embargo no sé que lo sé. (Pero sí sé que no lo sé, añadiríamos ad infinitum al drama.)

La unidad propia de este escrito de aluvión reside en la conciencia de que las ideas se resisten a su profesionalización, y en el empeño filosófico en reconocer perpetuamente la necesidad de comenzar de nuevo, de volver atrás como si se hubiese perdido algo en el camino, o como si se hubiese perdido el camino mismo. En la perpetua sorpresa y desconcierto por el hecho de que lo humano exija incesantemente este volver sobre sus pasos, y de que los reencuentros con nosotros mismos deban conformarse siempre a términos lingüísticos corrientes y normales (yo, tú, nosotros, ellos, mío, mi...), cuyo significado se oculta en su familiaridad. En este sentido, esta obra intenta descubrir las fuentes del impulso filosófico a escapar de lo ordinario. No enuncia, pues, las conclusiones de una aventura filosófica, sino que describe la tortuosa aventura filosófica misma. Como las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein, su modelo (junto con algunos escritos de Austin). La destrucción wittgensteiniana (casi ingenua, porque surge espontáneamente del mero análisis del uso del lenguaje) de las "estructuras de aire" de todo lo interesante, todo lo grande de nuestra cultura, significa sólo un cambio de consideración de las cosas, una especie de conversión que asume Cavell: ninguna base o dirección del pensamiento puede aceptarse como más fundamental que otra.

Cuando este escepticismo concierne a las otras mentes no es escepticismo, sino tragedia. A lo largo de estas largas páginas Cavell va descubriendo distintas fórmulas para relacionar ambos conceptos. Sobre todo en la parte cuarta, que representa el aspecto más característico de la filosofía del autor, y que comienza con una interpretación original del argumento del lenguaje privado de Wittgenstein y termina con un impresionante estudio del Otelo de Shakespeare, en el que tiene su origen lo que se ha llamado posteriormente "escepticismo literario" o "crítica filosófica del arte". Desdémona para Otelo, Dios para el hombre: he ahí cúlmenes de la tragedia del escepticismo. El otro o lo otro, todo lo que no soy yo, en general.

El descubrimiento de este

problema del otro para la filosofía es lo que caracteriza las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein, y no una refutación teórica del escepticismo (imposible porque éste es teóricamente insuperable: no hay lenguaje para hacerlo, diríamos), como cree la interpretación oficial oxfordiense. A ella se enfrenta Cavell en la primera parte del libro con ideas originales como ésta, y otras, que suponen la base de su propia posición filosófica. El escepticismo se diluiría, en tal caso, en la dialéctica extraña de ese diálogo con el interlocutor tácito omnipresente en las Investigaciones. Diálogo en el que recurren incesantemente voces escépticas y voces que responden, en un juego extrañamente casual y a veces extrañamente conclusivo, tortuoso a veces y a veces definitivo, en el que el lenguaje muestra la capacidad de refutarse a sí mismo y de superar todas sus limitaciones convencionales, para decir de algún modo -y a pesar de todo- lo real y el mundo. Son los vericuetos de la búsqueda de una voz propia.

De una voz propia como la de Emerson y Thoreau cuya tonalidad, y no la del pensamiento pragmatista, caracterizaría la filosofía más representativa de América. Esta sorprendente afirmación de Cavell nace, en la segunda parte del libro, de una revisión de la epistemología tradicional centrada en el escepticismo y de su crítica por los filósofos del lenguaje ordinario. La tercera parte, dedicada a la moralidad, es la más académica, más sometida a los condicionamientos de su tesis doctoral y menos original del libro. La que el autor supera, más que continúa, en obras posteriores (principalmente en Conditions Handsome and Unhandsome). Claro, que lo había puesto difícil: "El discurso moral no constituye separadamente un orden de debate público sobre cuestiones que se sabe y asume, sino que es una forma de examen íntimo, cabría decir privado, de un alma por otra".

La literatura ofrece mejor conocimiento íntimo, tanto del alma del outsider como de la propia, que la filosofía. Frente al escepticismo, y con él, sólo queda la autenticidad de "la búsqueda de la propia voz" emersoniana, que libere terapéuticamente de la normalidad patológica de las falsas obviedades comunes, donde se ocultan uno mismo y el otro. ¿Qué significa que un libro como éste comience con una interpretación de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein y termine con una lectura de Otelo, es decir, que un libro de filosofía concluya su argumentación con literatura? Hay que seguir pensándolo. (En esto quizá consista hoy, en general, la aventura de la filosofía misma). Ficciones -conceptuales o intuitivas- son ambas. Este hecho resume y unifica la aventura de Cavell, que reconoce que la presión filosófica que le llevaba a intentar entender la separación entre culturas (inglesa y continental) se fue transformando en la presión a entender la división entre filosofía y literatura como escisión dentro de una y la misma cultura. De modo mucho más claro que Rorty, Cavell queda en la tensión atormentante que manifiesta la pregunta que cierra este libro: "¿Pero puede la filosofía convertirse en literatura y seguir reconociéndose a sí misma?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de abril de 2004

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