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COLUMNA

La pregunta tabú

La oleada roja que ha cambiado el mapa regional francés (20 regiones, de 22, a la izquierda) induce a los amantes de explicaciones vistosas -es decir, falsas- a hablar de efecto Zapatero. Por su composición, la izquierda plural francesa se parece más al tripartito que al futuro Gobierno del PSOE y a nadie se le ha ocurrido pensar que el triunfo liderado por la pareja que forman François Hollande y Ségolène Royal sea atribuible a un efecto Maragall. La elección de Zapatero ha tenido algo de liberación para muchos ciudadanos de este país que pensaban haber caído irremisiblemente en una larga y sórdida dominación neoconservadora y de pronto han descubierto que la posibilidad de cambio no era ninguna quimera. En este pequeño mundo en que un cambio en España es noticia mundial, la fantasía de creer que otros países estaban esperando este momento para dar ellos también el paso forma parte de las ilusiones que genera la apertura de una etapa distinta. Pero no es muy distinta de la creencia aznarista de que su proyecto político era faro y referente de Europa entera. Aunque es cierto que la promiscuidad entre naciones ha crecido y, por tanto, los contagios se dan con suma facilidad, las decisiones de voto son muy complejas y sus causas determinantes son de carácter interior.

La sociedad francesa ideologizada y crítica con sus dirigentes lleva ya un par de décadas castigando sistemáticamente en cada elección al que ha ganado la anterior. El excelente resultado de la izquierda -más del 50% del voto emitido- tiene que ponderarse por la presencia de la extrema derecha, que, al mantenerse en la segunda vuelta en todos los lugares en que superó el mínimo exigido por la ley, limitó las posibilidades de la derecha. En fin, el sistema electoral francés castiga al que se divide. Y la derecha tuvo doble castigo: las divisiones internas y la presencia del Frente Nacional.

Las regionales -como las municipales- siempre han sido una buena ocasión para el voto de protesta. Pero al mismo tiempo siempre han marcado las tendencias que después las elecciones a escala nacional han confirmado. El resultado del pasado domingo en Francia no puede aislarse de la historia reciente. Hace dos años, Jacques Chirac revalidó la presidencia de la República con un resultado excepcional: 80% del voto a favor. La palabra excepcional en este caso no califica la habilidad de Chirac, sino las extrañas circunstancias en que la elección se produjo. La izquierda -Lionel Jospin- había gobernado cinco años en cohabitación. Fue, a mi entender, uno de los gobiernos más serios, con resultados en crecimiento, en reducción del paro y en conquistas sociales, que se estrelló contra la campaña de la derecha en materia de seguridad urbana, contra los recelos antieuropeístas de un sector del electorado y contra la frivolidad del electorado de izquierdas. Siempre se ha dicho que la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia sirve para votar con el corazón y la segunda para votar con la cabeza. A los electores franceses -la izquierda en especial, pero la derecha también- les dio por dispersar el voto, contando enmendar en la segunda vuelta los caprichos de la primera. Pero se les fue la mano. La dispersión fue enorme: Chirac, que llegó en cabeza, sólo alcanzó el 19%. Jospin fue batido por Le Pen, que le apartó de la segunda vuelta. Chirac recibió una oleada de voto republicano para frenar a la extrema derecha. Desde el poder, nunca ha sido consciente de la amplia representación que llevaba. Sólo en la cuestión de la guerra de Irak sintonizó con la mayoría del electorado que le eligió. Ahora paga la factura de esta deslealtad a quienes le votaron. Una batería de reformas que afectaban a elementos clave del modelo social francés ha hecho estallar la reacción.

La izquierda ha sido beneficiaria de las torpezas de la derecha y -como ha ocurrido en España, eso sí- de un evidente cambio de estilo. Hollande y Royal han practicado este modo de hacer amable, tranquilo y confiado que Zapatero representa en España, diferenciándose así tanto del populismo zigzagueante de Chirac como de las abrumadoras exhibiciones de primero de la clase de Sarkozy. Dos fuerzas de la naturaleza entre las cuales el primer ministro Raffarin no ha hecho más que empequeñecerse día a día. Con sensata prudencia ha asumido Hollande la victoria, sabiendo que la batalla de verdad está a dos años vista. Y que en la izquierda casi todo está por rehacer.

En este contexto, la cuestión de fondo que plantea el comportamiento del electorado francés es la cuestión tabú, la que nadie quiere plantearse a pesar de que los hechos la hacen apremiante: ¿puede Francia conservar su modelo de desarrollo capitalista, basado en la cohesión social y en la tradición republicana, completamente distinto del modelo americano, convertido en ilusión universal a través de las grandes instituciones de regulación económica global? Chirac y Raffarin habrán conducido las reformas con mayor o menor torpeza; pero la ciudadanía, una vez más, las rechaza. La ortodoxia reinante obliga a decir que el problema es que Francia está enferma. Y que los franceses están anticuados y son demasiado conservadores. No dudo que Francia está habitado por cierto malestar. La fuerza de la extrema derecha -aunque su crecimiento se haya parado- lo confirma. Europa y la inmigración son los dos chivos expiatorios de este malestar. Si en algún país debía hacer mella el paso de los estados nación a estructuras supranacionales éste debía ser, sin duda, Francia. Pero su potencial económico y su presencia política siguen siendo grandes. A la vista de los desastres que ha producido la ortodoxia fondomonetarista en países como Rusia -que ha acabado encontrando la senda del crecimiento por la vía del régimen autoritario de Putin- o como Argentina, a la que hundieron en la miseria, es perfectamente legítimo preguntarse -como hacen repetidamente los franceses- si hay alternativa. La Europa que renació en la posguerra no está acostumbrada a las desigualdades profundas y sus consecuencias, ni a sostener el sistema metiendo a la gente en la cárcel por millones como en Estados Unidos. Me parece que los franceses tienen derecho a defender la posibilidad de desarrollarse de otra manera y con otras prioridades. Y aquí es donde el resultado de Francia diverge y converge a la vez con el efecto Zapatero. Diverge porque parece que la estrategia económica del futuro presidente español apuesta decididamente por la ortodoxia y converge porque sólo en un ámbito europeo es posible el mantenimiento de una variante propia del desarrollo capitalista. La desaparición de Aznar podría ser un obstáculo menos para hacer posible un reformismo de rostro europeo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 30 de marzo de 2004